El entierro de los cofrades cordobeses


Bienaventurados los que mueren en el Señor (Ap.21:4).
Las disposiciones que ha dictado el Papa Francisco sobre la conservación de las cenizas de los difuntos y la celebración hoy de la fiesta litúrgica de los Fieles Difuntos, nos da la oportunidad perfecta para traer del pasado la costumbre sobre el modo de enterrarse que tenían los cofrades de Córdoba en los siglos de la espiritualidad.

Altar de cultos de la hermandad de Ánimas./Foto: José I. Aguilera (cofrades)
Altar de cultos de la hermandad de Ánimas./Foto: José I. Aguilera

Los tiempos que corren han ido deformando costumbres muy arraigadas en la sociedad, dando origen a otras basadas en valores efímeros y superficiales. La forma de enterrar a nuestros difuntos es una de ellas, la desaparición de los crucifijos en los tanatorios y la nueva celebración de entierros civiles confirman el aserto. La instrucción Ad resurgendum cum Christo, redactada por la Congregación de la Doctrina de la Fe indica que “enterrando los cuerpos de los fieles difuntos, la Iglesia confirma su fe en la resurrección de la carne, y pone de relieve la alta dignidad del cuerpo humano como parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia”. El Santo Padre observa que los restos incinerados deben mantenerse en un lugar sagrado, cementerio, iglesia o área dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica. Y esto nos pone en relación directa con el sentido cristiano de la muerte y con la tradición que los cordobeses han tenido a la hora de enterrar a sus difuntos, como veremos.
Los cristianos sabemos que la muerte no es el fin, sino que por el contrario es el principio de la verdadera vida, la vida eterna. El cuerpo abandona esta tierra liberando al alma que gozará de la plenitud de la vida divina. Por eso, los cristianos, iluminados por nuestra fe, vemos la muerte con ojos muy distintos a los del mundo actual. Este sentido se vio implementado con las nuevas directrices que marcó el Concilio Vaticano II, que puso el acento en la esperanza de la resurrección. Esto originó, por ejemplo, el abandono del color negro en los ornamentos usados en los rituales exequiales, donde no había atisbo de esperanza. La iglesia celebra el misterio pascual con la que el difunto ha vivido identificado, afirmando así la esperanza de la vida recibida en el Bautismo, de la comunión plena con Dios y con los hombres honrados y justos y, en consecuencia, la posesión de la bienaventuranza. La muerte es para los cristianos, por tanto, un momento de entrega total en el que volvemos al Bautismo, iniciando el camino de la vida hacía el Paraíso. “Dale Señor el descanso eterno y brille para él la Luz Perpetua”.
En nuestros días, el sentido de la muerte así como el papel que juegan las Hermandades, se entienden de un modo muy diferente a como se entendían en siglos pasados. Como han apuntado muchos autores, en la Edad Media, las cofradías cumplían una función de previsión social, es decir, daban cobertura sanitaria a sus cofrades a la vez que proporcionaban los medios materiales para su enterramiento. En la Edad Moderna, cambiará la sensibilidad y la forma de entender la espiritualidad pues las cofradías, alentadas por las directrices de Trento, empiezan a mirar hacia una religiosidad más externa y dirigida a los sentidos para tocar el corazón de los cristianos. En este contexto, las hermandades de Córdoba irán perdiendo paulatinamente el carácter asistencial que las configuró en origen a favor de un nuevo carácter penitencial. No obstante, todas seguirán ofertando a sus cofrades un modo de entierro digno a las circunstancias.
El estudio y análisis de los protocolos notariales, que se conservan en los fondos de la antigua parroquia de Santo Domingo de Córdoba, hoy Archivo Histórico, nos pone en relación con ese modo de pensar, con la mentalidad que mueve la sociedad de cada momento al ponernos ante las últimas voluntades expresadas por los vecinos de esta ciudad. En los testamentos quedan perfectamente recogidos y regulados los deseos del testador y sus postreras indicaciones sobre numerosos aspectos de carácter patrimonial y espiritual. Dentro de las voluntades espirituales, suelen quedar descritos el lugar de enterramiento, el tipo de ceremonia y los sufragios por el alma del difunto. Estos codicilos suministran una rica información sobre el modo de pensar y la religiosidad de cada etapa. Por otra parte, las Reglas de las cofradías regulan en diversos capítulos el derecho de entierro de sus cofrades y las misas que aplican en sufragio por su eterno descanso. Además, algunas de ellas cuentan con enterramiento propio lo que favorece el descanso del difunto en lugar sagrado.
Como vemos, la pertenencia que tenían los cordobeses a sus cofradías buscaba, entre otras cosas, garantizar un entierro digno, unos sufragios por los pecados cometidos en vida y una ayuda para la viuda que quedaba. Podemos decir, que las hermandades en tiempos pasados actuaban como los modernos seguros de decesos que garantizan hoy el entierro de las personas. Todas las cofradías solían cumplir esta función, por lo que el número de sus cofrades solía ser elevado. De especial relevancia resulta el alto número de misas que la cofradía dedicaba por el descanso del cofrade difunto. Su número variaba de una cofradía a otra, pero todas recogen en sus Reglas este servicio espiritual. La familia quedaba encargada de que estas cargas se cumpliesen puntualmente ante el altar de la iglesia donde se veneraban los Titulares de las cofradías.
Pero había, además, otro elemento de importancia en este postrer asunto como era la mortaja con la que era vestido el difunto. Los testamentos antes aludidos, reflejan que los cordobeses indicaban, tras una invocación a sus devociones con la que se inicia el protocolo notarial, la vestidura con la que querían ser enterrados. Y este elemento, de vital necesidad, quedaba resuelto por el hábito de la cofradía de pertenencia del difunto. Efectivamente, los cordobeses disponen enterrarse “vestido con el hábito de la cofradía del Santo Crucifijo de la que soy cofrade…”, si lo tomamos de ejemplo. Con esta fórmula, los cofrades indicaban la mortaja con la que deseaban ser preparados y enterrados para ser recibidos por el Padre Eterno. La devoción a las Sagradas Imágenes a las que rendía culto la cofradía y el sentimiento profundamente religioso que de la muerte tenían estas personas, les llevaba a vestir un hábito en este trance con el que se sentían íntimamente ligados, su túnica, aquella que vestían en Semana Santa para procesionar con su Hermandad, aquella que les ponía en camino de peregrinación hasta la Catedral en los días santos, aquella túnica que les hacía pensar en las verdades de nuestra fe, en definitiva, aquella primera y última túnica.

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