“Dar bienes sin educar es corromper”


34 campañas de la Jornada Mundial de las Misiones (Domund) y 33 años al frente de la delegación. Esa es la cuenta que realiza Antonio Evans de su trayectoria al frente de esta delegación. Ocupa y ha ocupado cargos de alta responsabilidad tanto en la Diócesis como, en sus propias palabras, “en Madrid”. Sin embargo, nada más abrir la puerta de la sede de Reyes Católicos, la figura que se dibuja es la de un sacerdote con un carisma muy definido y, probablemente, de ahí que muestre “la casa” con el entusiasmo de quien empieza, de quien se esmera en dar a los demás, de quien recibe para mostrar lo mejor que tiene. Cualquiera de sus misioneros puede llamarlo de madrugada y su delegado estará ahí para solucionar su problema; como cualquiera que visite la delegación podrá comprobar rápidamente que la labor que realiza se observa, a primera vista, en una de las salas donde se encuentran clasificados los medicamentos que se enviarán. También, dos carteles les mostrarán la cantidad económica a la que equivalen las medicinas o el número de misioneros cordobeses y sus destinos.
Antonio Evans cuenta con verdadera pasión su labor. “Conmigo dieron en la tecla”, asegura sonriente. Y no duda en señalar que, el regalo de los distintos obispos con los que ha trabajado y servido, siempre ha sido el de mantenerlo en acción constante, en ayuda, en permanente labor de servicio a los demás.
-Durante estas más de tres décadas al frente de la Delegación de Misiones ¿Qué momentos le han marcado?

Antonio Evans en un momento de la entrevista./Foto: Jesús Caparrós
Antonio Evans en un momento de la entrevista./Foto: Jesús Caparrós

-Ha habido varios. La primera vez que mandamos a tres misioneros al mismo Amazonas. Una de ellas ya murió por una infección, aunque no fue por la misión en sí, era uno de los peligros. Ése fue uno de los momentos más vividos, más fuertes. El segundo, cuando surgió esta estructura que tenemos y va evolucionando, con la ayuda del Espíritu Santo, y ves que en España se fijan en ello y se propone que todas las delegaciones de misiones funcionen así. Es algo que te llena de gozo. Se trata de cómo hacer misionera a la Iglesia local, crear una red capilar, puesto que cada párroco nombra a su delegado y nosotros somos el cauce. Se trata de educar en la fe, entendiendo que Dios te ha convocado para ser universal. Tienes que detectar el ámbito local, pero sabiendo que vives para el universo. Dicen que es un carisma personal, que no en todas las diócesis es posible, ahí no entro a barajar, pero fue un momento muy bonito. Otro fue cuando dentro de la misión se nombró a un obispo, dentro de nuestros misioneros, y fuimos a centro África a la consagración de Juan José Aguirre. Y, en general, los misioneros. Ellos saben que ésta es su casa. Anoche, por ejemplo, me llamaron a las dos de la madrugada y era un misionero, ¿por qué? Porque sabe que está llamando a su casa.
-Hablaba del carisma universal de la Iglesia ¿Cómo se abren los misioneros de Córdoba al mundo?
-Córdoba tiene, ahora mismo, 186 misioneros, repartidos por los cinco continentes. Es algo que está vivo, por lo que el número puede variar en cualquier momento. El hecho de que Córdoba tenga una misión diocesana pesa mucho, incluso en el aspecto económico. Nosotros estamos aquí para lo que nos soliciten, como por ejemplo medicamentos o cualquier otra cosa. Al Cabildo de la Catedral hay que darle las gracias de “todos los colores” porque están siempre dispuestos para todo lo que se les solicita. Está detrás de todo lo que se realiza, empezando por la casa de acogida, el centro pastoral, tres comedores sociales o un hogar para niños. Córdoba responde siempre a lo que se necesite en todos los aspectos, ya sea social, formativo o litúrgico. Y ello que, por suerte, ahora están los medios y se han creado numerosas fundaciones y, sin embargo, todas entienden que ésta es su casa. Igual que saben que el Domund es poner la colecta en manos de la Iglesia para su misión universal.
-Precisamente, el lema del Domund de este año es Sal de tu tierra.
-Tiene dos vertientes. Una por la línea que ha marcado el Papa Francisco, que dicta que no podemos mirarnos a nosotros mismos y entender que la Iglesia ha sido llamada y consagrada para la misión. Es parte de su naturaleza. Y la otra consiste en ser testigos de misericordia, precisamente, en el año que se le ha dedicado. El mundo está dañado en su corazón y, con respecto al universo, no somos misericordiosos y hay que realizar una transformación de nuestros corazones. Es por eso que el Domund tiene esas dos vertientes, salir de uno mismo, pero a través de la misericordia. Si damos bienes, como una ONG, sin educar, estamos corrompiendo. Si no llegas a la médula del corazón de la persona, lo ayudas, lo asistes, pero no lo estás curando. Por ello, lo que denominan globalización ha propiciado que se alcancen las tres fronteras. La geográfica, las fronteras; la social, la de los más marginados; y la cultural, llegar a los que aún no conocen a Cristo. Gracias a esto estamos conviviendo con las misiones en estos tres aspectos y, por eso, el Domund nos compete a todos.
-El Domund es, por tanto, una obra tanto material como espiritual. Y, además, cuando se habla de globalización, ¿se entiende que un concepto inherente a la Iglesia, desde su principio?
-Que sepas que acabas de decir la frase del Papa, que explica que es una obra de misericordia integral. Por otra parte, la globalización es el equivalente a catolicidad. Este concepto tiene dos dimensiones. Una es que significa que es total y la otra universal, que sea válida para todos.
-Nos enseñaba al llegar a esta casa la sala donde clasifican los medicamentos y la aportación económica que suponen. ¿En qué situación se encuentra esa ayuda a día de hoy?
-En ocasiones encontramos problemas para repartir más. Por ejemplo, cuando se trata de países emergentes hay que buscar, para enviar medicamentos, las fórmulas que los misioneros nos indican porque, de otra manera, no te permiten enviar medicamentos. Todos los meses salen, como mínimo, tres paquetes para la misión diocesana. Previamente, pasan por numerosos controles y reciben lo que ellos quieren. Así, les llegan abiertos, en mal estado o directamente saqueados. Es vergonzoso.
Antonio Evans en uno de los salone de la delegación./Foto: Jesús Caparrós
Antonio Evans en uno de los salone de la delegación./Foto: Jesús Caparrós

-Todos los grupos misioneros de la Diócesis se reúnen aquí ¿Cómo los definiría?
-Es una comunidad que se distribuye dentro de lo que es la estructura pastoral de la Diócesis, con cuatro vicarías, con sus arciprestazgos, con personas que asumen cada arciprestazgo, esos son mis colaboradores. Luego, cada párroco nombra a su delegado, creando una red capilar misionera que abarca toda la Diócesis. Eso es Domund, siguiendo el espíritu de Pentecostés. Y vamos recorriendo, a lo largo del año, todas las vicarías con diversas visitas.
-Es, casi, como una misión dentro de la misión.
-Casi, no. Es una auténtica misión. También realizo retiros con sacerdotes y seminaristas. Cada uno de estos 33 años, al inicio del curso, enciendo la llama de la Diócesis y los seminaristas me dicen en broma que, cuándo voy a ir a meterles fuego. Estoy con ellos una tarde entera y se realiza un seguimiento porque es muy importante el carisma misionero porque van a ser sacerdotes y los pueden destinar, por ejemplo, a la misión en la parroquia de Picota, en la prelatura de Moyabamba en Perú.
-¿Qué destacaría de esa misión?
-La caridad humana. Hay que tener en cuenta que es la cuna de sendero luminoso. Es una comunidad tremendamente empobrecida. Los accesos a la parroquia, que tiene 109 poblados que son como media provincia de Córdoba, son muy complejos. Tienen que ser a base de unos todoterrenos especiales, mula, moto o barco, ya que está en una de las cejas del Amazonas, allí lo llaman Guayaba. Se recibe mucho cariño y calidez humana, pero es muy duro. Por eso, tienen que ser sacerdotes jóvenes y el obispo no quiere que estén más de tres o cuatro años. Ahora, acaba de llegar Francisco Granados, que la primera vez que fue me llamó para decirme que, desde ese momento, estaba en mis manos y ha regresado el padre Leopoldo Rivero. Y éste me contaba que tiene un sabor agridulce. Dulce porque regresa a ver a su familia y agrio por lo que deja atrás, tanto cariño y trabajo. De hecho, Francisco Granados se va porque no aguanta, después de haber probado aquello. Tiene el gancho de lo afectivo. Pero es peligroso porque, por ejemplo, no puedes salir de noche porque te asaltan bandoleros, el rescoldo de Sendero Luminoso, que te asaltan y desaparecen en la selva.
-Atendiendo a la gran labor que realizan ¿Cuál es el proyecto fundamental para este curso?
–Como estamos concluyendo el Año de la Misericordia, el proyecto fundamental es poner a la Iglesia en salida. Se trata de cómo adaptar a la Iglesia de una pastoral de sociedad a una misionera; de una catequesis nuclear, a una de anuncio. Y eso se da mucho la mano con el Encuentro diocesano de laicos. De hecho, trabajamos en paralelo.

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