La historia del nombre de la Virgen de la Encarnación


Este domingo han comenzado los cultos en honor de María Santísima de la Encarnación, una imagen cuyo nombre guarda una historia muy especial. Fray Ricardo, el hermano mayor del momento, Francisco Vázquez Vacas, y el que fuera cofrade ejemplar, Juan Mata, fueron algunos de los artífices de la llegada de la obra de Álvarez Duarte a Córdoba, mientras que, el primero, fue determinante tanto para que el imaginero realizara a la Virgen como para elegir cuál sería su advocación.

María Santísima de la Encarnación en su palio./Foto: Jesús Caparrós (nombre)
María Santísima de la Encarnación en su palio./Foto: Jesús Caparrós

Como narra el cofrade del Amor y reconocido artista cordobés, Rafael Cuevas, la figura de fray Ricardo “fue decisiva para que la Encarnación llegara a Córdoba”. Estamos en la década de 1970 y el capuchino indica al por entonces hermano mayor del Amor, Francisco Vázquez Vacas, que está siguiendo el trabajo de un joven imaginero, que apunta a gran escultor. Por carta, le envía uno de sus trabajos. Se trata de una Virgen, fotografiada en blanco y negro que, a la postre, va a ser conocida como Nuestra Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos Coronada. La instantánea es parte del primer reportaje que se hizo a la hermosa imagen de San Pablo, por el sevillano Fernand. Los cofrades del Cerro quedan prendados y, más aún, como relata Cuevas, cuando ven la obra mariana sobre la que está trabajando en ese momento. Una imagen de gran personalidad y diferente al modelo de Virgen niña de Luis, María Santísima de la Soledad.
Una vez tomada la decisión, el concepto de María Santísima de la Encarnación es claro: “Una mujer del barrio, trabajadora, que tiene que cruzar el puente”, explica Cuevas. De ahí, su tez morena y, otra curiosidad, la Virgen lleva un moño tallado, al estilo del lienzo que pintara Julio Romero de Torres. Sin embargo, restaba una decisión por adoptar, qué advocación ponerle. En dicha tesitura, Juan Mata va a visitar una mañana a fray Ricardo al convento de Capuchinos y, paseando por el claustro, al sonar las campanas, el fraile le indica a Mata que se disponga a rezar el Ángelus. Al término del rezo, Ricardo exclama: “¡El Ángel del Señor anunció a María! Mata, ya tenemos nombre, ¡Encarnación! Se llamará Encarnación!”
Una vez resuelto el nombre, la primera salida procesional de esa mujer cordobesa, trabajadora, de su barrio y que tenía que cruzar el puente, no la realizó portada por su cuadrilla de costaleras, sino por la que comandaba el capataz y reconocido cofrade Fernando Morillo en la hermandad del Císter. Al año siguiente, un grupo de hermanas pidió poder llevar a la Virgen y los responsables de la cofradía de Jesús Divino Obrero accedieron a su deseo, pero hasta la Calahorra. Éste iba a suponer el principio de una historia que perdura hasta nuestros día porque, desde la siguiente Semana Santa, las costaleras de la Encarnación siempre la han portado. Tal vez, sea una historia de tantas, pero no deja de ser cierto que define un tiempo en el que las cofradías estaban cambiando para llegar a nuestros días.

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