La procesión del Rescatado, a través de una mirada


El regreso de la corporación del Domingo de Ramos al templo trinitario deja imágenes que escriben un capítulo más en la historia espiritual de Córdoba

La procesión de la hermandad del Rescatado ha paralizado, durante unas horas, la ciudad en el mejor de los sentidos posibles. Historia, patrimonio y devoción se aunaban en un cortejo que ha recorrido numerosos emplazamientos de la capital y, entre los mismos, la Catedral ha vuelto a ser el eje vertebrador de otra cofradía más que acudía al templo donde la comunión con la Iglesia se ha ratificado en lo que siempre fue.

Fieles al paso de Jesús Rescatado./Foto: Eva Pavón
Fieles al paso de Jesús Rescatado./Foto: Eva Pavón

Desde la salida a la entrada, buena parte de las miradas se centraron en él porque, pese a los avatares del tiempo, éste no se traiciona a sí mismo. Tal vez, lo hagan las personas y su memoria idealice o suprima los momentos vividos. Hubo uno, de tarde de Domingo de Ramos y plaza llena, del que hace tanto que el año dejó de ser importante. Con unas décimas de fiebre, una abuela acompañaba a su nieto para ver salir al Señor. No importa el lugar ni el nombre, en cada ciudad, en cada pueblo hay una imagen de la que no hace falta decir más que su dignidad para, antes de musitar el nombre, dibujar su rostro más allá de las retinas. Y en Córdoba hay dos que así se piensan, en San Jacinto y en Trinitarios.
Así fue siempre. Y aquel Domingo, perdido en la memoria, también acudió a su cita. Pudiera ser que la mirada de aquella abuela fuera más intensa, tal vez serena, que la del nieto que temía que el indicio febril le arruinara la Semana Santa que tan larga Cuaresma había aguardado. El Señor, el Nazareno Rescatado, salió a la plaza, hierático, majestuoso, con la mirada al frente para dejar caer sobre el nudo que le ase las manos cada mirada, cada suspiro, cada jirón de historia personal que se ha proferido sobre él, durante tres siglos. Las dos miradas han vuelto a él esta noche, separadas. Una desde la pantalla que actúa como muleta imprescindible de a quien el camino ya se le hace largo. La otra, en mitad del Patio de los Naranjos, reconocía al niño en el brillo, ahora sereno, de las pupilas que observan la historia de su ciudad, en el rostro trascendente de quien se deja ir, a la orilla misma de la acera. Desde Santa Victoria, a la Compañía y a las inmediaciones de San Jacinto, donde una representación de los Dolores aguardaba el paso de la otra cofradía que aglutina el pulso de una ciudad que se explica en sus nombres. Ya era domingo cuando, en las inmediaciones de San Agustín, la urbe de las caballerías áureas que recordaba Pablo García Baena se descubría al paso del Nazareno Rescatado. La silueta en las paredes blancas, el aroma de clavel de una primavera infinita dejaban la huella en el corazón de cada espectador. La madrugada dictó el epílogo de la procesión. Ya era domingo, tal vez, de Ramos, con unas décimas de fiebre, para quienes allí los despidieron con un, hasta pronto.
 

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