El perrero y su rehala, un amor incondicional


Julián Contreras lleva toda su vida con su rehala de perros, a los que tiene habilitado una parcela acondicionada y una furgoneta para ir de caza perfectamente equipada para ellos

Amable, Sultán, Cariñoso, D’artacán, Rayo … así hasta un centenar de perros de caza. Todos con sus nombres, sus collares identificativos y además triples. Que, ¿por qué? Pues porque según explica uno de los primeros rehaleros de Córdoba, Julián Contreras “hay que protegerles el cuello para evitar que les haga daño algún marrano con los colmillos”. La mañana que van a salir al campo los animales están algo más alborotados de lo normal; ladran, mueven enérgicamente los rabos, se te suben para que los acaricies y hasta chupetean la correa de la cámara. “Aquí pasa algo”. Y no les falta razón, van a salir y lo prevén.

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Rehala Julián Contreras. Foto: LVC.

“Los animales antes campeaban meses antes de la caza pero ahora la Junta lo prohíbe así es que el día de la montería están como locos” explica Julián mientras su hijo desata a los primeros que salen desbocados hacia la verja que saben les llevará a la furgoneta. “A esos déjalos tranquilos que ya no están para trotes” me dice refiriéndose a un grupillo de perros viejitos que “están aquí como en una residencia de Benidorm”, ya no caza pero se quedan al cuidado de la parcela y de los cachorros mientras los 15 elegidos suben a la furgoneta. Otro espectáculo; van subiendo como locos, ladrando y exultantes de alegría. Allí se colocan deliberadamente; evitando poner juntos a quienes pueden pelearse, los grandes, sujetos arriba, los más pequeños abajo.
Todo está controlado por la administración autonómica; las instalaciones, la furgoneta los propios animales. Nada de apilarlos en cualquier remolque, un vehículo con los controles sanitarios pasados y donde no les falte el agua en ningún momento. De todo ellos se encarga el hijo de Julián, que ha heredado la tradición familiar, algo que es difícil de explicar para los ajenos a este mundo. “Venimos a echarles de comer y a limpiar todos los días del año”, se inspeccionan a los animales diariamente y tuve que habilitar este cercado porque como no nos los dejan sacar al campo, los animales tienen que correr” explica Juan sobre la parcela de los animales; en recintos más pequeños puede vivir una familia entera en la ciudad.
Juan con su hijo y sus perros, que forman también parte de su familia
Julián Contreras con su hijo y sus perros, que forman también parte de su familia. Fuente: LVC.

Pero lo de perrero no es un oficio. Julián cuenta que empezó así, como quien no quiere la cosa, con un par de perros y unos amigos que se juntaban para cazar pero que poco a poco fue adquiriendo más animales que para él son parte de su familia. Así, compaginó su trabajo de comercial, del que ya se ha jubilado, con el cuidado de sus perros. “En las monterías no se cobra, te pagan algo simbólico, que ahora es para mi nene, y te dan un puesto”. Pero a él del campo no lo jubilan ni los años.
Se le iluminan los ojos hablando de sus perros, acariciándolos y no está tranquilo si no se asegura de que en todo momento a la furgoneta de dé la sombra para que no pasen calor los animales. Una vez todos en la furgoneta, la dehesa espera. La suelta de los animales es otro espectáculo; felicidad, ansias de libertad, expectación, complicado describir lo que parecen sentir los animales, que van por parejas y con sus collares identificados por si pasa algo. Con ellos, los perreros con sus caracolas, instrumentos de pastoreo con los que los van controlando para que no se despiste ninguno. Pero, ¿y si alguno resulta herido? Lorena Barrena explica que “en el zurrón no nos faltan los desinfectantes y el hilo y la aguja por si hay alguna urgencia hasta que lo llevemos hasta el veterinario”. Cuenta que no han sido pocas las veces que un marrano ha herido a un perro y hay que coserlo para evitar que muera y cogerlo en brazos hasta que o venga el veterinario o lo lleven hasta el pueblo más cercano. Lo que nunca pasa, al menos en este grupo de perreros, es dejar al animal herido y abandonado.
Un podenco buscando caza
Un podenco buscando caza. Fuente: LVC.

Durante la montería, los animales se mantienen en grupo, van ladrando para levantar la caza y cuando un venado cae, van a su encuentro como alma que lleva el diablo para localizarlo y asegurarse que ha quedado abatido. Si no es así del todo, los perreros intervienen.
Después les toca descansar, comer, beber y echarse una buena siesta en su furgoneta mientras los perreros almuerzan; algunos junto a los monteros, otros prefieren sacar sus neveras y descansar alejados del bullicio.