Los cines de verano: algo más que una pantalla


Este fin de semana comienza la temporada de una de las señas de identidad de la ciudad

Cine teatro
Cine Fuenseca. /Foto: JC
cine
Cine Delicias. /Foto: LVC

Este fin de semana arranca en Córdoba la temporada de los cines de verano, con la puesta en marcha de los proyectores en el Fuenseca y en el Delicias. El miércoles lo hará el Coliseo de San Andrés y el jueves, el Olimpia.

De este modo se pone en marcha un medio cultural que en el caso de Córdoba va más allá del arte cinematográfico y se ha convertido en una seña de identidad. El empresario Martín Cañuelo ha adaptado al siglo XXI un entretenimiento estival con estrenos, ciclos temáticos, una programación de calidad así como diversas actividades que aprovechan unos espacios privilegiados que forman parte de la memoria sentimental de los cordobeses.

Los cines de verano han tenido desde siempre gran predicamento en Córdoba. Mientras en otras ciudades son simplemente espacios al aire libre donde se proyecta películas, en el caso de nuestra ciudad son algo más, tanto antes como ahora.

Cine teatro
Cine Fuenseca. /Foto: JC

El gran Ricardo Molina llegó a teorizar sobre los cines de verano en Córdoba hace más de 60 años. En aquel momento había más de 30 en la ciudad y, con esta proporción, afirmaba que a Madrid le corresponderían 300 o a Nueva York, 1.800. 

El poeta del grupo Cántico analizaba el porqué de esta proliferación de cines de verano en Córdoba, por encima de la ratio de cualquier otra ciudad. Las altas temperaturas que se viven/sufren en estos meses hacen que en aquellas décadas no tuvieran los cordobeses más escapatoria, aunque fuera durante unas horas al día, que disfrutar de estos recintos al aire libre, en los que con un poco de suerte hasta corre aire.

Eran los años en los que las infraviviendas abundaban en la ciudad, y numerosas familias malvivían en un cuarto que compartían padre e hijos, prácticamente sin intimidad. Por esto, el cine de verano era la escapatoria a la opción del botijo y el abanico, aunque la película fuera lo de menos.

Si se colocan en un plano de la ciudad los cines de verano que ha habido a lo largo de las últimas décadas, se comprueba que la mayor concentración coincide con las zonas y los barrios donde eran peores las condiciones de vida.

Ricardo Molina intuye que al cine de verano se va a por algo más que por la película y poco el foco en la escasa variedad de títulos que había en aquella época: «Se coge la prensa para elegir y queda uno desilusionado al comprobar que los treinta cines (en números redondos) se resuelven y simplifican en diez películas, de las cuales muchas las estamos viendo desde hace seis o diez años. ¿Quién no recuerda ‘Morena Clara’ y ‘Oro y marfil’? Todavía no han reaparecido este verano; cosa inexplicable, por cierto».

¿A qué se iba al cine, entonces? A echar el rato, a tomar el fresco, disfrutar del bocata y del vaso de ‘vargas’. ¿Y la película? Ah, es lo de menos.

cine de verano
Cine Olimpia. /Foto: LVC

El ambiente que se vivía en los cines de verano de hace más de seis décadas lo describe con tremenda gracia y colorido el propio Ricardo Molina al afirmar que es una «inagotable mina de observación humana», ya que «un cine de verano por dentro supera con mucho a un autobús urbano y a un viaje en tercera». 

Posiblemente exagerara algo el poeta, pero nos dejó escrito que estos recintos son «paraíso de los novios, laberinto ideal para que los niños jueguen a ‘resconder’ durante el descanso, salón de fumar y sobre todo de comer altramuces y pipas, congreso al aire libre donde cada cual expone sin trabas lo que piensa, escenario donde el gracioso profesional se luce espontáneamente».

Poco queda ya de esa época dorada del cine de verano en Córdoba. Ahora, se cuida con esmero la programación, las sillas son más cómodas que aquellas desvencijadas de enea con chinches empadronadas, la calidad de imagen y sonido ha dado un salto olímpico, y el comportamiento de los asistentes es más respetuoso, lo que los convierte casi en templos del séptimo arte, como ocurre con las salas de invierno.

Como vestigios de aquella época, queda el jazmín, el albero recién regado y el timbre que avisa del descanso, interrupción que enerva a los puristas más cursis pero que para el resto de espectadores supone la bienvenida excusa para visitar el ambigú y reponer tanto bebida como comida hasta el fin de la película.