Cuando carecer de hogar te cambia la vida


Tres testimonios de personas que han vivido en la calle y que ahora, desde la Casa de Acogida de Cáritas, afrontan su futuro con más esperanza

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Una actividad en la Casa de Acogida de Cáritas. /Foto: LVC

¿Alguien recuerda la mirada de la última persona sin hogar que se encontró en la calle? Están ahí, resguardados en un banco del parque, en un cajero automática, en la puerta de un comercio. Se ven pero nadie los mira. Son invisibles a la sociedad. Ángel Sánchez ha cruzado el ecuador de 60 años y ha vivido en primera persona esta experiencia: “Invisibles no son porque están, pero la gente no quiere verlos porque ven algo negativo, un alcohólico, un drogadicto, pero no es así, porque hay verdaderos diamantes en bruto, pero hay que tallarlos”.

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Ángel Plata. /Foto: LVC

Para hacer visibles estas personas sin hogar, Cáritas inició antes de la Navidad una campaña para centrar la atención de la sociedad en este colectivo, al que atiende en la Casa de Acogida ‘Madre del Redentor’ por donde en 2021 pasaron 549 personas. El objetivo era trasladar el mensaje de que en estas fiestas tan hogareñas había personas que carecían de hogar, y su ámbito se limitaba a la fragilidad de una caja de cartón con la que salvaguardar su intimidad y protegerse del frío de la noche.

Esta situación la conoce bien Ángel Plata, barcelonés de 50 años que lleva una década en Córdoba. “La vida en la calle es muy dura, porque duermes a la intemperie, y sí, te llevan comida por la noche, pero es muy duro porque la gente te margina, van a su casa, tienen su comida, sus hijos, pero los que estamos en la calle no tenemos nada, simplemente pedir limosna y poder sobrevivir”, explica.

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Ángel Sánchez. /Foto: LVC

No hay dos casos iguales. Si Ángel Sánchez se vio en el paro con 63 años tras trabajar toda una vida como encuadernador, Ángel Plata llegó a vivir en la calle tras una separación. En la Casa de Acogida de Cáritas también está Francesca Solinas, nacida en Italia hace 62 años, quien después de toda una vida dedicada al cine y de recorrer diversos países y continentes, ha llegado a dormir entre cartones ante la Biblioteca Municipal de Lepanto o en las Setas de la plaza de la Encarnación en Sevilla.

Un hogar entre cartones y coches

“La vida en la calle es muy dura, porque no es cuestión de estar o no acostumbrado, sino que es más difícil para quien necesita un espacio para recogerse, para estar tranquilo”, comenta Francesca, acostumbrada a dormir con el ruido de los coches. Allí, en el Marrubial, en plena calle, pasó la Navidad de 2019. Después vino la pandemia y ella estuvo confinada en el Colegio Mayor Séneca y después en la pensión Lucano.

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Francesca Solinas. /Foto: LVC

Este no tener nada, más que unos cartones y unas bolsas con los enseres imprescindibles como hogar callejero es una solución que se repite todos los días requiere de una fortaleza mental extraordinaria para saber ver más allá de una situación que día tras día parece irresoluble. Ángel Plata reconoce que “emocionalmente se pasa muy mal y si no eres fuerte te vienes abajo”, como ha sufrido personalmente y lo ha visto a su alrededor: “Muchos compañeros que han estado en la calle han muerto, muchos se han suicidado por lo que estaban pasando”. 

Ángel Sánchez ha pasado por una situación similar. “He estado a punto de perder el rumbo, porque te encuentras en una situación muy fastidiada y hay momento en los que no piensas bien y tienes malas ideas, pero he sido fuerte, he aguantado”.

La llegada a la Casa de Acogida

Se trata de superviviencia. “Cada uno de nosotros es diferente”, afirma Francesca, quien en el tiempo que ha estado viviendo en la calle conocía los escasos recursos de los que podía disponer, como el comedor de los Trinitarios, o aquellos aseos en edificio públicos a los que podía acudir, aunque critica que la Administración sólo les preste atención de lunes a viernes y de 08:00 a 15:00.

A ellos tres les cambió la vida cuando cuando les dijeron que tenían plaza en la Casa de Acogida de Cáritas. Allí, Francesca resuelve el papeleo para lograr el NIE como ciudadana europea y Ángel Sánchez dedica todas las horas del día a su único vicio, la encuadernación. “Aquí tengo papel, cartón y cola”, describe sus materiales para un trabajo que luego destina como regalo a los que le ayuda.

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El obispo, en la Casa de Acogida de Cáritas. /Foto: LVC

Durante décadas trabajó como profesor de encuadernación para la Comunidad de Madrid hasta que el desempleo le hizo perder su hogar. “Conozco bien la Administración -apunta-, y era reacio a las instituciones católicas, pero me he dado cuenta de que están, es cierto, y gracias a ellas pienso que voy a salir adelante, porque me están ayudando mucho”.

La vida de Ángel Plata también ha cambiado desde que está en la Casa de Acogida, su hogar actual, donde recibe tratamiento médico para su dolencia y espera un futuro para el que pide “prosperidad, un trabajo, un techo, porque esto no es para toda la vida, aunque gracias a Dios que me están ayudando mucho”.

 

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