El Club Guerrita: 125 años de una leyenda


El local de la calle Gondomar se convirtió en un foco de atracción en torno a la persona de Rafael Guerra

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Club Guerrita. /Foto: LVC

Desapareció hace 80 años y su recuerdo sigue vivo en la memoria sentimental de una ciudad en la que pocos, muy pocos, llegaron a conocer el Club Guerrita. Mañana se cumplen 125 años de la fundación de esta entidad que a lo largo de sus 45 años de existencia fue un emblema de la ciudad. Cuando aquel 18 de julio de 1896 se reunieron en los altos de la taberna situada en la plaza de San Miguel 1 -ahora Casa El Pisto- amigos y admiradores de Rafael Guerra ‘Guerrita’ acaso no imaginaban que el nombre de ese club les iba a trascender y a ser recordado 125 años después.

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Rafael Guerra ‘Guerrita’. /Foto: LVC

Guerrita se había retirado de los ruedos en 1889 en Zaragoza y siete años más tarde, cuando se funda el club que lleva su nombre, el diestro gozaba de una popularidad aureolada de mito que lo había convertido en un símbolo vivo de la ciudad. Aparte de rendir culto laico al torero, las intenciones de sus fundadores estaban diáfanas. En sus estatutos dejaron claro que lo que les movía era “facilitar y estrechar las relaciones entre los individuos que la constituyen, proporcionarles distracciones legales propias de esta clase de centros, y fomentar en la capital la afición a la fiesta de los toros”.

Este último punto, que pudiera tener razón de ser en la actualidad, choca que se pusiera de forma tan explícita en un momento que quizás fuese la edad de oro del toreo en Córdoba, que no tenía la competencia del fútbol como espectáculo de masas, con un Lagartijo recién retirado de los ruedos, con un Machaquito a punto de tomar la alternativa y con un Guerrita que, aun sin vestirse de luces, estaba en plenitud de facultades. ¿Alguien da más?

La itinerancia del Club Guerrita

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Interior del Club Guerrita. /Foto: LVC

Los primeros años del Club Guerrita fueron de expansión, lo que indica la acogida y el éxito que tuvo la iniciativa. En su existencia tuvo varias sedes hasta que se dio con la definitiva, la que se convirtió en un icono de un personaje, de una ciudad, de un momento.

Una publicación titulada ‘Madrid Cómico’ dio la clave de que el Club Guerrita era algo más que una peña local al escribir uno de sus colaboradores: “Yo no puedo resistir a la tentación y voy a hacerme socio, si me lo permiten, porque siempre da gusto estar presidido en cualquier cosa, y aunque sea honorariamente, por una gloria nacional”.

Efectivamente, Rafael Guerra fue el presidente honorario del club durante sus cuatro décadas y media de existencia. La presidencia efectiva pasó en este tiempo por manos de José Carrasco, Mariano Franco, Rafael González y Antonio Alarcón.

Entre la plaza de las Tendillas y San Nicolás buscó su sede la corte de admiradores de Guerrita. Aún no estaba allí el centro de la ciudad, pero sí era la zona donde se establecían los clubes sociales, políticos o profesionales, como el Círculo Conservador, el Círculo Liberal, el Círculo Mercantil o el Círculo de Labradores. Muchos círculos, pero un solo club: el de Guerrita.

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Interior del Club Guerrita. /Foto: LVC

De la plaza de San Miguel a los altos del café La Perla. De ahí a la primera planta del Mercantil hasta que en 1902 se dio con el lugar preciso, en la acera sur de la calle Gondomar. Era un salón acristalado, que permitía ver y ser visto, lo que facilitó la popularidad del lugar en una calle que por su densidad comercial era -y es- de las más transitadas de Córdoba.

Si Luis Jiménez Martos escribió una vez que las guías turísticas de Madrid debieron incluir en su momento como reclamo el domicilio de Pío Baroja, en Ruiz de Alarcón 12 cuarta planta, porque era un lugar de peregrinación literaria, con el Club Guerrita debió hacerse algo parecido.

Cualquier visitante ávido de mitomanía taurina sabía que por la mañana y a la caída de la tarde se iba a encontrar en la calle Gondomar, expuesto a la admiración pública, el gran torero del siglo XIX, del que aún pasaban de boca en boca sus hazañas sobre los ruedos. Allí, en el sitio de siempre, vestido de corto, rodeado de amigos y admiradores estaba Rafael Guerra, en “la pecera”, como dijo el escritor peruano Felipe Sassone. No defraudaba.

Si el curioso llegaba y no estaba Guerrita se tenía que conformar con el gran retrato que decoraba uno de los laterales, o con las cabezas disecadas de toros de leyenda, como Listón; Marqués, con el que debutó en Madrid como novillero; Ratón, estoqueado por el Bebe, o Cabrito, al que dio muerte Conejito.

Si este repertorio no es suficiente, el visitante tendrá que agudizar el ojo para alcanzar con la vista la vitrina en la que se exhibe la muleta que usó el Espartero el día de su cogida mortal en Madrid, un castoreño de Pegote, un estoque de Guerrita o la puya partida con la que Zurito mató en Sevilla un toro.

El Club Guerrita y la ciudad

El Club Guerrita, además de mantener vivas las hazañas del diestro también buscó abrirse un hueco en la sociedad cordobesa del momento. Era la Belle Époque y la vida social tenía una intensidad tal que tampoco pasaba desapercibida en una capital de provincias como Córdoba.

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Exterior del Club Guerrita. /Foto: LVC

Fueron muchos los acontecimientos en los que el Club Guerrita estuvo implicado en Córdoba. No faltó su colaboración económica en toda suscripción pública que se hiciese, montó tienda en la Feria de Nuestra Señora de la Salud -aún no se usaba en Córdoba el término caseta-, mandaba corona de flores a toda persona relacionada con el mundo del toro que falleciese en Córdoba y cada año iluminaba de forma extraordinaria su fachada con motivo de la festividad de San Rafael.

En ocasiones extraordinarias también exornaba sus balcones. A la muerte de Lagartijo, en agosto de 1900, puso colgaduras negras, y en 1904, con motivo de la primera visita a Córdoba de Alfonso XIII, lo hizo con capotes de paseo.

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Exterior del Club Guerrita. /Foto: LVC

Uno de sus hitos en la historia del club fue la organización de la denominada becerrada de convite. Era el propio Guerrita el que sufragaba de su bolsillo todos los gastos de este espectáculo taurino que acabó, como ha llegado a nuestros días, en el Homenaje a la Mujer Cordobesa. La primera edición fue en 1898, con reses de doña Celsa Fontfrede (Concha y Sierra) para Rafael Barbudo y Francisco Barrionuevo. El festejo lo presidió Lagartijo y Guerrita hizo de director de lidia. De ahí pasó a convertirse en un ingrediente imprescindible del cartel taurino de la Feria de la Salud.

Los días transcurrían idénticos en el Club Guerrita, con los mismos horarios, con las mismas presencias, con la ausencias que marcaba la ley de vida. Rafael Guerra falleció en febrero de 1941 con 78 años y este hecho no estaba contemplado en aquellos estatutos que prohibían discutir de política y de religión. El día del fallecimiento de Guerrita volvieron las colgaduras negras a la fachada del club, que cerró por luto y no volvió a abrir más.