Paseo sentimental por las piscinas cordobesas


La relación del cordobés con el baño estival a lo largo del siglo XX

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Postal de la piscina del Fontanar. /Foto: LVC

El periodista Ricardo de Montis fue quizás excesivamente duro cuando hace un siglo afirmó que “los cordobeses son poco aficionados al baño que pudiéramos llamar público”. No se refería a la higiene personal, de la que afirma que “hoy sólo se bañan los que se van a casar y no todos”, sino a la necesidad casi imperativa de refrescar el cuerpo cuando llega el verano a Córdoba.

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Casetas para bañistas en Miraflores. /Foto: LVC

Los baños en la época de Montis tenían dos vertientes: la alberca, para quien la tuviera, y el río para quien careciera de reparos tanto en meter su cuerpo en ese agua como en mostrarlo en público, que el concepto del pudor era algo muy valorado en la época. Las orillas del Guadalquivir fueron, por tanto, la opción más popular y arriesgada durante décadas, como escenario de juegos y travesuras de los más jóvenes. 

Las casetas de Miraflores

La década de los años 20 del pasado siglo, que fue el momento de mayor evolución de Córdoba en la primera mitad de la centuria, civilizaron estos baños en el río para hacerlos asequibles a todos los públicos. El Ayuntamiento estableció un régimen de concesión en la margen izquierda, en Miraflores, por lo que remojar el cuerpo dejó de ser gratuito.

El concesionario en esta época era Antonio Ruiz Sola y estaba comprometido a montar unas casetas a modo de vestuario dotadas de tocadores, peines y colonias. En el agua, debía delimitar la zona que no debían traspasar quienes no supieran nadar con una alambrada decorada con banderitas. Además, también ofrecía profesores de natación para quien quisiera traspasar esta barrera y llegar a la otra orilla.

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Niños en la orilla del Guadalquivir. /Foto: LVC

Entre el ganado que pastaba en las orillas y los areneros, el río tenía un aspecto mucho más presentable que en la actualidad y pronto se convirtió en el lugar de moda, con una playa fluvial que llegó a la margen izquierda y expertos bañistas que cruzaban desde los peñones de San Julián a la isla.

Mientras, en la Córdoba interior, las albercas de los huertos eran el refugio más íntimo y recatado. Las de la Fuensanta y Las Margaritas eran las más cotizadas, como era el caso de la de Santa Ana, que cobró justa fama. La última abierta hasta hace sólo unas décadas estuvo en la calle Zarco, junto al cine de verano, y tenía un horario matinal para hombres y otro vespertino para mujeres. El pudor seguía de moda.

La Venta del Carmen

La sociedad evolucionó y llegó el momento en que ni el río ni las albercas bastaban para mitigar los calores del verano. Los cordobeses habían aprendido gracias al cine que había una cosa que se llamaba piscina y que tenía el agua limpia, sin salamandras, culebras y zapateros correteando por su superficie.

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Avenida del Brillante. /Foto: LVC

El primer conato de piscina se dio en los años de la segunda república, pero no llegó a ser muy popular. Fue en la Venta del Carmen, en la avenida del Brillante, especializada en verano en caracoles chicos y en invierno en callos a la madrileña y dio pasos firmes hacía la modernidad sirviendo los cócteles de moda en el momento, como el cobbler o el flip.

El gerente de la Venta del Carmen era Manolo Martínez, el mismo que llevaba el cabaret La Concha, también conocido como club femenino, que estaba situado en la calle José Zorrilla, tras el Gran Teatro. Aquel ambiente no era como para que las familias enteras subieran al Brillante a esta piscina, que no pasaría de ser una alberca con pretensiones, máxime cuando se publicitada bajo el picantón reclamo de “10 formidables nadadoras 10”. Duró poco, como es de suponer.

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Grupo Colón. /Foto: LVC

Aunque el general Primo de Rivera inauguró el Grupo Colón con tantos adelantos que hasta contaba con una piscina, lo cierto es que sólo podían usarla los niños por la mañana y las niñas por la tarde. Tampoco servía para la población en general.

La necesidad de una piscina en condiciones motivó una campaña en mayo de 1934 de cartas a los distintos periódicos que en aquel momento se editaban en la capital. Pedían al alcalde una piscina en condiciones, “sin tener necesidad de recurrir al peligrosísimo Betis”. Al final, como siempre, quedó en nada.

Además, en los años de la guerra civil se hizo una piscina en el Campo de Aviación de Turruñuelos, junto a la Electromecánica, pero pillaba lejos y desapareció, al igual que aquel primer aeropuerto de la capital, con la expansión del barrio para los trabajadores de la factoría.

La primera piscina moderna

Hubo que esperar hasta 1949 para que en Córdoba abriera la primera piscina de concepto moderno. Se inauguró en la víspera del día de Santiago en la calle Felipe II, en Ciudad Jardín, y el constructor Manuel Mialdea se esmeró en su hechura: “aljibe admirablemente alicatado, con las dimensiones reglamentarias, pérgolas, vestuarios, terrazas y servicio de repostería y bar”. Vamos, un paraíso para la Córdoba de aquella época.

El río y las albercas siguieron cada verano con su papel subsidiario  hasta que comenzaron a decaer en la década de los 60 del pasado siglo, por ser la auténtica época de oro de las piscinas en Córdoba debido a su proliferación y a los cambio de hábito.

La modernidad había llegado sin marcha atrás. Las imágenes en el NO-DO de la piscina del Parque Sindical en Madrid o películas como ‘Operación bikini’ o ‘El abominable hombre de la Costa del Sol’ espabilaron a los cordobeses y les hicieron ver que los encantos del baño nada tenían que ver con una alberca o con la orilla de un río. No se concebía entonces un chalet en la Sierra sin piscina.

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Piscina del Camping Municipal. /Foto: LVC

En un alarde de belleza, el arquitecto José Rebollo diseñó la piscina del Camping Municipal, con todos sus equipamientos, que se inauguró en el verano de 1963. Era la primera totalmente pública y a partir de ella vendrían otras más, como la del Frente de Juventudes, en la calle Marbella, abierta en 1965, la primera con dimensiones olímpicas donde cada verano se disputaba el Trofeo Regional de Natación ‘Andrés Arroyo’.

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Postal de la piscina del Fontanar. /Foto: LVC

La gran aportación de las Hermandades del Trabajo fue la apertura en 1968 de la piscina del Fontanar, la más popular de Córdoba en toda su historia y la más llorada tras su cierre en 2003. Hubo días en los que llegó a acoger a más de 5.000 personas.

Las piscinas de los clubes sociales

Si la década de los 60 fue la de la eclosión de las piscinas institucionales, en la década de los 70 llegaron las promovidas por los clubes sociales. Todo un hito. La primera se adelantó un poco, fue la del Club Banesto, en Santa Rosa, abierta en 1964 para los trabajadores de esta entidad bancaria.

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Piscina del Club Figueroa. /Foto: LVC

Después vino la del Club Figueroa, de 1971, inserta en el corazón del barrio surgido de los arquitectos De La-Hoz, Chastang y Olivares, considerada en su momento como la segunda de España en capacidad, con 7.000 metros cúbicos de agua y una lámina de 4.300 metros cuadrados. En el mismo año abrió la del Club Asland, junto al arroyo de Pedroches, para esparcimiento de los trabajadores de la cementera.

En 1973 hubo otra oleada de nuevas piscinas en la capital. La del Club Santuario, en la Fuensanta; el Club Neptuno, en El Higuerón, y la Escudería Córdoba, en la carretera de Alba. Dos años después le tocaría el turno al Club de Golf Los Villares y a otras más que nos acercan ya al momento actual.