Bar Lucas, la sensación de los perritos calientes


Rafael Gómez lleva junto a su esposa una de las bocaterías más famosas de Córdoba en la que continúa la labor que comenzó su padre hace medio siglo con productos que mantienen el sabor y la calidad

Bar Lucas, en la plaza de Ramón y Cajal. / Foto: JP
Rafael Gómez calienta pan para perritos calientes en su Bar Lucas. / Foto: JP

Es, desde hace medio siglo, la sensación de los perritos calientes en Córdoba. El Bar Lucas ha cambiado lo indispensable desde que abrió en 1969 en la plaza de Ramón y Cajal. Hoy como en sus inicios su producto de referencia y el más solicitado es el bocadillo de salchichas con salsas -tomate, mostaza y mayonesa- y hoy como entonces saben igual sus perritos porque están elaborados con la misma materia prima y de la misma manera y se comen en un establecimiento que apenas ha cambiado su estética, algo que le imprime también cierta solera.

Rafael Gómez Gómez es quien da vida a una de las bocaterías de referencia en la ciudad. Lo hace junto a su esposa, María Aguilera, y a sus trabajadores, que para Rafael no son empleados sino compañeros. Pero la historia de este local la comenzó Lucas Gómez, el padre del actual propietario, que reconvirtió en bar la tienda de ultramarinos que llevaba con su padre, también Lucas de nombre.

En las primeras décadas allí se vendían bocadillos como ahora pero también era confitería y charcutería en la parte en la que actualmente están las mesas. Desde el primer momento el perrito caliente tuvo mucho éxito pues, como cuenta Rafael, “mi padre innovó en Córdoba porque antes el bocata de salchichas lo hacía cualquiera pero no con la máquina para pinchar el pan que lo tuesta por dentro” y que compró en una feria de muestras de Madrid.

Y no solo por eso, su padre decidió que la materia prima fuera de la máxima calidad y cordobesa e, incluso, las salsas las elaboraba él personalmente para que no fueran industriales y así se sigue haciendo con la misma receta. Las salchichas eran y son de Crismona, hechas específicamente para este bar, y el pan, de la Purísima antes y ahora de Pan Recor, que lo elabora igual que el extinto horno. Así, la salchicha “es gruesa, de mucha calidad, el tomate se fríe diariamente, a la mostaza y la mayonesa también les echamos nuestros aliños, la cebolla que ponemos es frita en aceite de oliva…”, detalla Rafael Gómez.

De esta manera no es de extrañar que cuando vuelven clientes que hace varias décadas que no han estado en Bar Lucas le digan a Rafael que están comiendo lo mismo que hace cuarenta años. “Y eso para mí es una gran satisfacción y es lo bonito, que la gente recuerda su juventud cuando vuelve aquí”, dice este hombre que en un día malo puede vender 100 perritos calientes y en épocas como Navidad o Semana Santa, si la meteorología acompaña, hasta 500.

Rafael Gómez y su mujer, María Aguilera, en su bar Lucas. / Foto: JP

Ahora su clientela es muy variada, desde el bisabuelo que va con su bisnieto a sentarlo en el mostrador donde sentaba a su hijo de pequeño hasta jóvenes que siguen apreciando los productos que vende y entre los que hay mucho más que perritos pues la carta de bocadillos, sandwich y hamburguesas es amplia. Y es que la juventud ha estado presente siempre con alumnos del cercano colegio de las Esclavas o, cuando había más tráfico en la zona, con gente de toda la ciudad que acudía en sus vespinos que aparcaban en la puerta del establecimiento, hecho que “obligaba a la Policía Local a venir a poner orden”, relata Rafael.

Y aquí surge una pregunta. Si tanto éxito ha cosechado siempre, ¿por qué no se ha expandido? El dueño de este bar sigue la máxima que tenía su padre: “desvestir a un santo para vestir a otro no es comercial”. Por eso ha rechazado varias propuestas. “Me han ofrecido vender mis perritos en el Mercado Victoria o en Los Patios de la marquesa, pero prefiero seguir mi línea y no faltar de aquí porque no puedes estar en todos lados, también gente del Brillante me ha pedido que monte uno por allí, pero quien quiera un perrito del Lucas tiene que venir aquí a comerlo”, dice Rafael Gómez.

Aunque existe otra opción para quienes no viven en Córdoba. Algo sorprendente. Y es que tiene clientes que lo llaman para hacerle encargos cuando visitan la ciudad, “vienen y se los llevan por cantidades masivas -hasta 30 y 40 perritos- para congelarlos porque son de fuera de Córdoba”, de Barcelona o Madrid entre otros sitios, y luego los van sacando conforme les apetece o para ofrecerlos a sus invitados.

Y Rafael espera que siga siendo así durante muchos años y también cuando él y su esposa se jubilen. No parece que vaya a ser su hijo quien continúe con el negocio familiar pero el dueño de Bar Lucas apunta a su empleada Toñi. “Espero que aquella señorita -dice mirando a la barra- sea inteligente y siga con nuestra tradición y nuestro sistema. A mí no me gustaría que se perdiera”.

Eso sí, asegura que el negocio es “muy sacrificado”, motivo por el cual su padre no quería que Rafael dejara de estudiar, como finalmente hizo, para dedicarse al bar, que no le ha permitido estar con su hijo cuando era pequeño todo el tiempo deseado. Por otro lado tiene la satisfacción de que los clientes, muchos ya amigos suyos, aprecian sus productos. Y todo, precisa, ha sido posible “gracias a la ayuda de Nuestro Padre Jesús de las Penas y María Santísima de la Esperanza”, los titulares de su hermandad a los que siempre ha confiado el éxito del negocio.

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