Lances que acunan sueños


La Escuela del Círculo Taurino enseña a ser toreros dentro y fuera de la plaza a 25 niños y jóvenes que piensan en cuajar la faena que los encumbre y les abra la puerta grande de la historia y la vida

Carlos Fernández da un lance con el capote. / Foto: JPS

Ya hablan, se expresan, piensan y sienten como matadores de toros. Su meta profesional en la vida es convertirse en figura del toreo y al amparo y con la venia de los Califas que escoltan la puerta por la que sueñan salir a hombros algún día -entre otras como las de Sevilla y Madrid- dan sus primeros lances de capote o de muleta o perfeccionan los que ya comenzaron a dar en algún otro lugar cuando les llegó la pasión y la ilusión por ser toreros.

Son los alumnos de la Escuela del Círculo Taurino de Córdoba, 25 niños y jóvenes que acunan sueños con verónicas, derechazos y naturales toreando de salón en el ruedo de una de las plazas que por historia debería estar y tener su feria entre las más importantes del mundo -ese es otro tema- y que les sirve como lugar de ensayo y aprendizaje los martes y los jueves durante dos horas.

El albero del Coso de Los Califas ve crecer a quienes en el futuro deben mantener la Fiesta Nacional y, por qué no -así lo esperan en esta Escuela-, despertar a los cordobeses y llevarlos a llenar su plaza como ocurría en otros tiempos. En el ruedo practican desde niños de seis años que alguna vez se han puesto ante una becerra hasta jóvenes de veinte que ya se han vestido de luces y que siguen formándose de la mano de su profesor, Juan Antonio García ‘El Califa’, y del director de la Escuela, Rafael González ‘Chiquilín’, gran torero cordobés.

Ellos les enseñan todas las suertes, la técnica con el capote y la muleta, con las banderillas y el estoque, a corregir la postura, la colocación ante el animal, y sacan de cada uno la personalidad que los hará únicos delante de un toro. Les enseñan el camino, a ser toreros dentro de la plaza pero también fuera, como cuenta ‘Chiquilín’ a La Voz de Córdoba. Y es que ésta es también una escuela de vida en la que se aprenden valores como el respeto a los mayores, el espíritu de sacrificio, la constancia o la disciplina, así como el saber estar, ser persona agradecida, tener humildad y saber levantarse tras un fracaso, algo esto último muy necesario tras una mala tarde ante un toro así como en el día a día.

La Escuela del Círculo Taurino de Córdoba fue fundada en 1975 y siempre ha contado con un buen número de alumnos. Ahora son 25, una cifra que “está muy bien” en relación a los que hay en otras escuelas andaluzas, señala ‘Chiquilín’. Para pertenecer a ella no hay que pagar nada, los socios del Círculo Taurino costean con sus cuotas los gastos que conlleva la compra de material y viajes al campo a los tentaderos con los alumnos. Además, quienes están al frente de la Escuela lo hacen de manera altruista.

Un alumno de la Escuela del Círculo Taurino de Córdoba entra a matar en el carretón. / Foto: JPS

También lo hacen con una esperanza: que salga alguien que sea un revulsivo para la Fiesta Nacional en Córdoba y despierte a la afición cordobesa, que está dormida, según el presidente del Círculo Taurino, Alfonso Téllez. “Es lo que estamos intentando sacar con mucho esfuerzo y ahínco, un torero que renueve a los actuales, ya hay chavales de la Escuela en los que tenemos mucha fe”, cuenta después de recordar la importancia de la ciudad en la historia de la Tauromaquia.

Uno de los candidatos a ser ese revulsivo es Joselito de Córdoba, que tiene 16 años y empezó con 13 en esta Escuela. Fue a raíz de ver a Talavante aunque siempre le había gustado el toro porque dice que “desde que naces lo llevas dentro y se va desarrollando, es tu forma de expresar y de sentir”. Ahora está de novillero sin caballos después de debutar así en Camas (Sevilla) en el pasado abril, cuando cortó una oreja.

En su familia lo que más hay es tradición flamenca, pero el toreo es “todo para mí, no pienso en otra cosa”, expresa, aunque cada mañana dedica varias horas a estudiar on line primer curso de Bachillerato. Entre sus referentes están Talavante, Morante de la Puebla, Manzanares padre, Curro Romero, Rafael de Paula, Paco Ojeda y, de Córdoba, Juan Serrano ‘Finito de Córdoba’, Manuel Benítez ‘El Cordobés’ y Manolete.

Joselito tiene mucha facilidad con el capote y explica que “el toreo requiere una técnica muy complicada una vez que te pones delante del toro, requiere base de conceptos y preparación porque es un animal irracional y tú lo diriges y tienes que tener confianza sobre ti mismo y sobre tu técnica”, precisa.

En él se cumple algo habitual en los toreros: es creyente y reza antes de salir a la plaza, aunque comenta que lo hace sobre todo después de la corrida, cuando han salido las cosas bien para de esta manera dar gracias a Dios, pensando en su Cristo Caído. Antes de salir alaplaza reconoce que tiene “miedo a la responsabilidad” porque no sabe “si será la tarde, si saldrán las cosas, que el público te entienda, que tú entiendas al toro y el toro a ti, si será el día y la hora indicada”, reflexiona.

Entre sus objetivos más recientes está poder torear en las novilladas televisadas de Canal Sur, pues son una oportunidad única, un “trampolín y compromiso” también pero que ayudan a quienes empiezan en este mundo, algo que cree que en Córdoba no se hace como sí pasa en Sevilla y en algunos pueblos de Andalucía en los que hay novilladas sin caballos.

No obstante, tanto él como sus compañeros y maestros son conscientes de que “es muy difícil llegar” a ser figura. Y costoso. Por eso, Chiquilín señala que “aquí se les dice a los chavales que es una profesión difícil, dura y sacrificada”, aunque también “apoyamos en todo al que viene para conseguir su sueño”. Y en ello están con muchachos como Joselito de Córdoba, Carlos Fernández, José Antonio Ortiz, David Fuentes Bocanegra, Javier Merino o Álvaro Alfonso.

El niño Ángel Sánchez con la muleta. / Foto: JPS

También con niños como Ángel Sánchez, de 11 años, que explica a La Voz que “desde chiquito he venido a los toros y cuando veía a ese hombre torear yo decía que quería ser como él y aquí estoy intentando ser torero”. Pese a su corta edad ya se ha puesto delante de varias becerras a demostrar lo que lleva dentro, la última vez con Juan Serrano ‘Finito de Córdoba’ en La Carlota, experiencia a la que al principio reconoce que “le tienes respeto pero cuando ves que coges confianza te va gustando y motivando”.

Su padre lo respalda, aunque en su familia no todos llevan bien las intenciones del chiquillo. “A mis abuelos y mi madre les da mucho miedo y dicen que cuando sea mayor a ver si me quito”, relata para después dejar claro que “yo no me quiero quitar, yo quiero ser torero”.

Más consenso hay en la familia de Álvaro Torreras Villegas, al que llaman ‘Villeguitas’. Tiene 7 años y lleva desde los dos y medio en esta Escuela. Cuenta este pequeño que “mi tío es banderillero y mi abuelo era torero -ambos venezolanos- y viendo un vídeo de mi tío dije que yo también quería ser torero”. Con media infancia por delante ya piensa en debutar con picadores. Su referente es Roca Rey y la primera vez que se puso delante de una becerra no tuvo mucha suerte porque “era mala”, según explica, y no pudo hacerleal animal lo que él deseaba.

El padre de ‘Villeguitas’ lo apoya sin fisuras. La familia entera está “ilusionada” aunque cuando con dos años y medio el chiquillo dijo que quería ser torero “nos quedamos todos mirándolo”, cuenta Francisco José Torreras, que es sabedor de lo complicado que es este mundo del toro pero asegura que “la ilusión a mi hijo no se la voy a quitar”. Cuando sea mayor dirá si quiere seguir o no este camino pero, por lo pronto, él se presentó como “Álvaro el torero” el primer día que llegó al Parque Cruz Conde, donde practican los alumnos de la Escuela del Círculo Taurino cuando la plaza de toros está ocupada por algún evento.

El padre de este niño no entiende que haya quien quiera prohibir que entren los menores a las plazas de toros. “Más violencia hay en un campo de fútbol y alrededores y van niños a acompañar a sus padres. Yo respeto y me tienen que respetar a mí, esto hay que vivirlo y sentirlo desde dentro porque además es cultura de España”, sentencia.

‘Villegutias’ torea ayudado por un compañero que le embiste. / Foto: JPS

Son ya más de las siete de la tarde y por la arena del Coso de los Califas los más pequeños, entre los que hay una niña que se llama Lola y es la única del grupo, juegan al toro con una carretilla a la que ponen banderillas mientras que los mayores se afanan delante del carretón toreando por naturales o entrando a matar. No todo lo aprenden practicando, también hay días en los que reciben clases teóricas y ven vídeos de corridas o de ganaderías para conocer los encastes. De esto se encarga Salvador Jiménez pero en el ruedo el maestro es Juan Antonio García “El Califa”, quien no llegó a tomar la alternativa pero que abrió la Puerta Grande de Las Ventas, en Madrid, en junio de 1976 como novillero con picadores.

Precisa este hombre que las clases con los alumnos comienzan cada día con la preparación física, que es fundamental. Por eso corren y hacen flexiones. A esto hay que añadir que aquí les inculcan llevar una vida sana en la alimentación y sin nada de alcohol. Y por otro lado, hacen hincapié en que los chavales vayan bien en sus estudios porque si no, “no les damos becerras”, cuenta El Califa, que está en contacto junto a ‘Chiquilín’ con los padres de todos ellos.

‘El Califa’ se va fijando en las virtudes de cada uno y las comenta para La Voz de Córdoba en la arena. “Andrés Membrives ha toreado en el campo becerras y entrando a matar con el carretón es uno de los mejores, tengo ganas de comprobar si es capaz de hacerlo en la plaza”, señala. Y también está Luis Montero, que “le ha cogido el aire a capote y muleta aunque lleva solo mes y medio y tiene 16 años, próximamente tenemos un tentadero y estoy loco por verlo, le coge muy bien el aire a todo lo que le dice uno, tiene unas maneras increíbles”, prosigue el profesor, que no es capaz de decantarse por uno de sus alumnos como futura figura. “No sabemos si va a salir alguna de aquí, Dios quiera, somos tantos lo llamados y tan pocos los elegidos… pero nunca se sabe porque yo la primera vez que vi al Fandi dije: ¿este va a ser torero? Y me equivoqué”, confiesa.

No obstante, los hay en la Escuela del Círculo Taurino de Córdoba que apuntan alto ya. Carlos Fernández es uno de ellos. Este joven nació en La Puebla del Río (Sevilla) y actualmente vive en Lora del Río, desde donde viene a Córdoba dos días en semana para asistir a las clases en Los Califas. Lo suyo con el toreo fue un flechazo. Con diez años acudió con su padre a ver a Espartaco en un festival en su pueblo y en ese momento le dijo llorando a su progenitor que quería ser “como el maestro”. Así que, como estaba apuntado a jugar al fútbol, comenzó a escaparse de los entrenamientos sin que su familia lo supiera para irse a la finca de Morante de la Puebla y allí toreaba de salón con los trastos que le dejaban.

Carlos Fernández da un lance con el capote. / Foto: JPS

Aunque es sevillano, asegura que con Córdoba “tengo algo especial, veo vídeos de Manolete, de la plaza de Los Califas, conozco gente cordobesa y me identifico con ellos y siento algo especial cuando estoy en Córdoba”, cuenta a La Voz. Él trabaja en una empresa de remolques pero su vida es el toreo. Cada vez que puede ve vídeos para formarse sobre corridas antiguas o el campo bravo. Sigue lo que hicieron Curro Romero, Rafael de Paula, Joselito El Gallo o Juan Belmonte porque “me gusta ese tipo de toreo”, indica, si bien su referente actual es Morante de la Puebla, con quien se puso delante de una vaca por primera vez.

Ese día, como en el que mató su primer becerro, fue “mágico, se te quedan en la retina porque después de tanto tiempo de entrenamiento llega al fin el día de ponerlo en valor y es muy bonito”, recuerda. Pero Carlos ha tenido más ocasiones para guardar en la memoria de sus bellos comienzos.

Hace poco fue el triunfador de las novilladas de la Feria de La Algaba, donde también se hizo con el premio a la mejor estocada. El novillo de su triunfo se llamaba ‘Canario’, número 88 del hierro de Astolfi. Piensa por ello que “el sacrificio y el esfuerzo dan sus frutos y espero que vengan muchos días más así, he tenido otros triunfos pero este ha sido uno de los más importantes porque La Algaba tiene una feria muy taurina, que suena mucho, es un sitio muy simbólico”, comenta.

Y si Carlos Fernández viaja desde Lora del Río, otro compañero suyo llega a Córdoba desde Llera, un pueblo pequeño de Extremadura que está a dos horas en coche de la capital cordobesa, por lo que cada martes hace cuatro horas de camino para asistir solo dos a la Escuela Taurina. Se llama José Antonio Ortiz y tiene 19 años. Aunque estudia un Ciclo Medio de Gestión Administrativa, “estoy cien por cien con esta profesión, mis entrenamientos y tentaderos son como si fueran mi trabajo”, dice convencido.

José Antonio Ortiz con el capote. / Foto: JPS

Ya de pequeño José Antonio les dijo a sus padres alguna vez que quería ser torero pero “no me hacían mucho caso, no me llevaban a los toros y fui a una novillada con mi abuelo a un pueblecito de Extremadura y me gustó”, recuerda. Luego “echaron una vaquita para quien quisiera, y un hombre que llevaba una ganadería me dejó un capotito”, dice para terminar entre risas contando que “estuve más tiempo en el aire que toreando”. Tenía entonces 12 años. Y a sus 19 ya ha debutado de vestido de luces y toreado novillos.

Confiesa que su sueño es torear con José María Manzanares, con el que nunca ha coincidido ni en el campo y con quien “me daría mucho respeto torear”, algo que sueña que ocurra en Madrid o Sevilla. Sobre sus aspiraciones, dice que quiere “dejar una huella, que me recuerden por algo bueno, tener mi sello”, algo que van puliendo los “maestros” en la Escuela del Círculo Taurino de Córdoba. Ellos, dice este joven, “te saben sacar las cosas y dirigirte por el buen camino dentro de lo que a ti te guste”.

La tarde se ha hecho noche en la plaza de Los Califas y los aspirantes a torero recogen sus trastos para abandonar el coso que cede la Propiedad para que puedan dar allí sus clases. José Antonio hará sus dos horas de vuelta a Extremadura, y Carlos regresa a Lora del Río. Algunos de sus compañeros vuelven a sus pueblos de la provincia de Córdoba y otros son de la capital.

Todos llegan a casa con un nuevo paso dado, con el sueño más cerca, y con más ganas aún de ser torero de las que llevaban esta tarde de martes cuando llegaron a la Plaza de Toros de Córdoba. Quizá algún día, quién sabe, el redondel que los ve formarse a día de hoy sea el lugar en el que triunfen con los tendidos llenos y el cartel de ‘No hay billetes’ colgado solo por verlos a ellos. Dios repartirá suerte.

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