Libres de la calle


Prolibertas brinda en su Casa Libertad un lugar para estar por el día a las personas sin hogar, que se resguardan del frío o el calor, desayunan, hacen actividades y reciben asesoramiento sociolaboral

Entrada Casa Libertad
Entrada de la Casa Libertad, en Lepanto. / Foto: JPS
Casa Libertad Usuarios Francisco Sabariego Fernando Batista Integrador Social Manuel García
Francisco Sabariego y Fernando Batista junto Manuel García, integrador social de Casa Libertad. / Foto: JPS

La calle puede ser una prisión. Una cárcel que hace cautivos en la ciudad aparentemente libre a quienes no tienen un hogar para vivir. La calle es una condena y también una carga pesada de la que no pueden desprenderse en las horas de calor ahora en verano o en los peores momentos del frío invierno cordobés quienes no tienen un techo. Y para redimirlos de ella, al menos durante las horas diurnas, la Fundación Prolibertas, de carisma trinitario, católico, puso en marcha en marzo de 2018 su Centro Social Casa Libertad, un centro de día en el que quienes antes vagaban de un lado para otro, sin rumbo ni destino, con sus pertenencias a cuestas ahora pueden recalar para descansar por la mañana y la tarde, guardar sus cosas en una consigna, lavar su ropa, desayunar o merendar.

Todo ocurre en un buen ambiente de convivencia. Los usuarios de Casa Libertad también ven la televisión o se conectan a Internet en las salas habilitadas para estos menesteres, hacen algunas de las actividades que el centro prepara o reciben asesoramiento del integrador social para facilitar su inserción sociolaboral.

Cada día acuden de media 40 personas a este lugar ubicado en el antiguo cuartel de Lepanto, concretamente donde antes tenía sus instalaciones Cruz Roja. Aunque hay jornadas en las que se atiende a más de 50 personas con picos como el de un día del pasado noviembre en el que estuvieron allí 101 usuarios. La mayoría de los que van son hombres (el 85 por ciento) y españoles (70 por ciento). Ellos suelen tener entre 40 y 60 años y las mujeres tienen una edad comprendida entre los 40 y 45 años de media. La población extranjera que hace uso de este servicio es principalmente de origen marroquí.

Usuarios Casa Libertad
Francisco y Fernando cuidan de las plantas en el patio de Casa Libertad. / Foto: LVC

Uno de los habituales de Casa Libertad es Francisco Sabariego, que tiene 56 años y es cordobés. Aunque ha trabajado a lo largo de su vida como vigilante de seguridad y encargado en negocios de cara al público, las cosas le vinieron mal y se quedó parado, de tal manera que lleva tres años viviendo en la calle. Además, está separado físicamente de su esposa, que al ser diagnosticada de cáncer volvió a Rumanía con su madre. Él le manda el dinero que puede cuando hace algún trabajo suelto, por ejemplo de jardinería, algo que le gusta. De hecho, una de las cosas a la que dedica su tiempo es cuidar las plantas en el patio de Casa Libertad, donde también hay un huerto y pueden dejar los usuarios sus bicicletas y mascotas.

La Voz de Córdoba encuentra a Francisco junto a un amigo que ha conocido allí y que es tinerfeño pero que está casado con una cordobesa con la que vino a vivir a la ciudad. Se llama Fernando Batista, tiene 60 años y tiene problemas de sordera aunque no puede comprarse audífonos para que mejore su calidad de vida por falta de medios. Vive en un piso del Sector Sur con su mujer pero está teniendo desde hace tiempo serios problemas para subsistir, motivo por el cual acude andando, para no hacer gasto en autobús, de lunes a viernes desde la plaza Andalucía a Lepanto y así poder desayunar en las instalaciones de Prolibertas. Además, hace uso junto a su pareja del comedor trinitario.

Su compañero Francisco acude a Casa Libertad desde hace año y medio y, por lo que relata, para él este centro de día ha sido una tabla de salvación. Antes, cuando no existía “me buscaba la vida”, cuenta, en las horas de calor “debajo de una sombrita o en la estación de tren”. El resto del día lo pasaba dando vueltas en la calle. Pero ahora, pese a que no tiene casa, las mañanas y las tardes se viven de otra forma. Incluso tiene un lugar en verano fresco y en invierno caliente para echar una cabezada después de almorzar en el comedor de Trinitarios. Sus ingresos son inexistentes y lleva diez meses esperando una ayuda de la Junta de Andalucía.

Sala Televisión Casa Libertad
Usuarios en la sala de televisión y descanso. / Foto: JPS

Casa Libertad le ha proporcionado una “familia” según cuenta quien ahora se siente integrado en la sociedad pero “solo cuando estoy aquí dentro, porque cuando salgo siento como que la gente me aparta como si viera a un animal sucio. Aquí me tranquilizo, me relajo y es como mi casa”, sentencia contento Francisco. Y es que los servicios que le prestan allí pueden parecer muy básicos para el común de los mortales pero son precisamente los que les faltan a quienes no cuentan con una vivienda.

A este hombre incluso le facilitan la compra de las medicinas que no le corresponden gratis y para las que no tiene dinero. Además, hace uso de la lavadora y secadora y ya no tiene que pedirle a algún conocido el favor de que le lave la ropa como hacía antes. Y todo esto tan sencillo y que a la vez es tan grande para los usuarios de Casa Libertad lo proporciona Prolibertas con escasos medios.

Faltan voluntarios

La financiación que tiene Prolibertas no es suficiente para todo lo que necesitan en este espacio que es el único de sus características que hay en Córdoba para personas sin hogar. De hecho, la atención es de lunes a viernes (abre de 9.00 a 13.00 y de 15.00 a 20.00 horas) pero el fin de semana el centro permanece cerrado. Por eso todas las ayudas públicas, que se han visto reducidas en los últimos años, o privadas son bien recibidas.

El delegado de Prolibertas en Córdoba, Eduardo García, se refiere a que los escasos medios con los que cuentan les hacen tener pocas personas para prestar los servicios necesarios a quienes allí van. “Un hándicap que tenemos es la falta de personal”, explica Eduardo, pues cuentan con dos técnicos dedicados al centro de día, un trabajador social compartido con el comedor de Trinitarios y una persona que hace labores de limpieza. Esto se ve reforzado en algún momento del año con quienes van a hacer prácticas, pero el resto del tiempo, para la atención al público, hay poca gente.

Sala de lavandería Casa Libertad
Sala de lavadora del centro social. / Foto: LVC

Además, una de sus fortalezas en el comedor es aquí una de sus debilidades: los voluntarios. El perfil que se busca no es el mismo y parece que no hay tanta gente dispuesta a ayudar en este caso, por eso Eduardo García hace un llamamiento para que colaboren con ellos más personas. El voluntariado que hay que hacer en la Casa Libertad es “más directo, más de hablar con la persona, que ejerzan labor de acompañamiento, de apoyo afectivo, de charlar un rato, que la gente se sienta escuchada”, describe García. Y es que el vivir en la calle supone también la indiferencia de la sociedad y el sentirse solos para quienes así están, de ahí que el acompañamiento sea algo muy necesario.

Quien acuda como voluntario recibirá su pago en forma de emociones y aprendizaje, porque tratando con quienes menos tienen en esta vida se aprende mucho. Manuel García, uno de los integradores sociales de este centro asegura que “aprendemos a valorar lo que tenemos y el esfuerzo que este colectivo hace por mejorar su situación y los gestos de bondad y humildad que tienen muchas de estas personas, cualquier cosa que les hagas saben valorarla”.

Aunque Manuel no olvida que también es complicado “ver las situaciones duras que hay aquí, pero una vez superado el shock lo interesante es reaccionar y ver cuáles son las necesidades de las personas que acuden a nosotros y ponernos en marcha”. En muchas ocasiones llega también “el momento de alegría, de recargar pilas y de ilusión”, señala Manuel García. Y eso ocurre cuando ven que hay gente que mejora su vida gracias a la ayuda recibida. Por ejemplo cuando le han hecho a alguien su curriculum y vuelve diciendo que ha encontrado empleo.

Sala ordenadores Casa Libertad
Dos usuarios en la sala de ordenadores del centro de día. / Foto: JPS

Y es que elaborar el curriculum o enseñar a utilizar los ordenadores para hacer gestiones son solo algunos de los muchos servicios que se prestan en Casa Libertad. Así, al apartado asistencial que tiene que ver con el cuidado, la imagen personal, higiene y vestimenta o dar el desayuno y la merienda, se une otro aspecto que es el sociolaboral. En este centro orientan a las personas para formarse y encontrar un trabajo. Y dan un paso más para que quienes allí acuden sean sujetos activos en la ciudad y participen de su día a día, normalizando así sus vidas.

En este sentido, Casa Libertad tiene un programa de actividades socioculturales. Desarrollan talleres ocupacionales, trabajan áreas como resolución de conflictos, habilidades sociales o primeros auxilios, y organizan actividades de ocio en las que se enmarcará su próxima visita al Museo de Bellas Artes. Hacen actividades de carácter abierto a toda la población y eso ayuda a que los vecinos no perciban el centro como algo “cerrado” donde hay personas estigmatizadas, detalla Eduardo García. Por eso han sido abiertos los dos conciertos que han organizado allí o las fiestas por Feria y Navidad, cuando fue un coro a cantar villancicos.

En su programa de inserción sociolaboral entra también la ayuda al acceso a la vivienda. Según explica Manuel García, hay personas que cobran una pequeña ayuda y por sí solos no tienen para alquilar un piso, y aquí potencian que se junten varios para irse a vivir juntos, algo que se ha conseguido en algunos casos.

Dificultades para encontrar vivienda

Pero también en esto encuentran dificultades “por los precios del alquiler que son altos para su nivel adquisitivo y porque es un colectivo que cuando contacta con los dueños de los pisos, estos suelen tener reticencias” para alquilarlos, matiza el integrador social. Por eso, prosigue, “nos gustaría que hubiese una oferta público-privada de alquiler social para que este colectivo pudiera utilizarlo para poder salir de la calle”. Y es que nadie está en ella por gusto ni por una decisión consciente, libre y normalizada. En muchos de los casos, quienes no tienen hogar son personas que sufren enfermedades mentales y necesitan apoyo para salir de su situación.

Entrada Casa Libertad
Entrada de la Casa Libertad, en Lepanto. / Foto: JPS

Algo, esto último, que hiere la sensibilidad del delegado de Prolibertas en Córdoba, quien no entiende cómo “esta sociedad y las Administraciones no son capaces muchas veces de ponerse de acuerdo y dar respuesta” de manera que en pleno siglo XXI “haya personas tiradas en la calle viviendo como animales”, lo que a su juicio es una muestra de una sociedad “injusta que no funciona”. Por eso es tan necesaria la labor de Prolibertas, que al menos de lunes a viernes en horario diurno saca de la calle a quienes no tienen un techo, los libera fiel a su espíritu trinitario.