Los coches no van al cielo, Valdenebro sí

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A continuación, les reproducimos de forma íntegra el artículo realizado por Antonio Bolívar, en homenaje al que fuera responsable del Tráfico de la ciudad, Antonio Valdenebro

Antonio Valdenebro

A continuación, les reproducimos de forma íntegra el artículo realizado por Antonio Bolívar, en homenaje al que fuera responsable del Tráfico de la ciudad, Antonio Valdenebro, que fallecía en fechas recientes:

Singularmente religioso y cofrade, su Cristo de Ánimas y su Virgen de las Angustias, que Antonio colgaba en su despacho. Dos imágenes junto al plano de Tráfico de la ciudad compartiendo chinchetas, como si, de alguna forma, pidiera la protección e iluminación desde “arriba”.

Antonio Valdenebro

Lo de ser cristiano, no lo escondía, como tampoco su devoción y conocimiento de la Mezquita, obra cumbre del Islam incrustada en el barrio más vivaz y con menos coches de la ciudad: la Judería. Una ciudad milenaria que maravilló a Antonio, y que conocía bien, como erudito de su historia. Con romanos, visigodos, árabes, judíos y cristianos, creando y usando sus calles, con los distintos medios de desplazamiento a su alcance (desde el caminar, el carro, el coche de caballos, el automóvil, la bici o el patinete).

Convertido en ingeniero de Tráfico en la ciudad, con sus dotes naturales y su espíritu renacentista, se fija en lo que pasa en otras ciudades del mundo y quiere lo mejor para Córdoba, que sea una capital de referencia. Como adelantado de su tiempo, se propone invertir la inercia del “cochismo” (como él decía) de las urbes, empresa ciertamente quijotesca.

De menos a más, con una reducida escuadra de colaboradores, que poco a poco será un batallón, reordena los flujos circulatorios, rehabilita, sana heridas en la trama cosiendo itinerarios peatonales, fomenta modos blandos de desplazarse, da protección a los más vulnerables y, en breve lidera la revolucionaria planificación de la cuidad, auxiliado por los mejores profesionales del mundo, en una frenética carrera por aprender y por enseñar.

Ha sido Antonio, muchas cosas también un mago, un chamán de la movilidad, depositario de la sabiduría propia y colectiva aprendida y brindada.

Antonio tenía este don, una vocación para aconsejar y orientar que no dejaba indiferente, y que respetaban propios y extraños, “convertidos” y “ateos” de la movilidad sostenible, en su lucha contra el diseño la ciudad para el automóvil, el exceso de tráfico y la velocidad, que hace a las urbes muy inhumanas, como él decía.

De vez en cuando, se hacía peregrino e iba a ver a Santiago, porque la ciudad de Córdoba se le hacía pequeña para andar y de pronto, como por descuido, se echaba a caminar para disfrutar y reflexionar, mochila y cámara al hombro, sin descanso.

En su última etapa, como aventurando lo que iba a pasar, casi solo, como “holandés errante” a pie o en bicicleta, de Capitulares al Mediterráneo, sin separarse su corazón de sus Ángeles Custodios, fue revisando su “PMUS”, concretando sus planes de acción, sin querer olvidar nada.

No podía con su cuerpo, pero su espíritu lo hacía volar como a Hermes o a Flash, el corredor escarlata del cómic. Y seguía con una vertiginosa capacidad de pensar, de vislumbrar, de moverse y coordinar equipos, elencos variopintos y de superar adversidades.

Seguía siendo el más rápido convenciendo, aunque se quejaba de la falta de valientes (¿políticos?) para rematar luego las decisiones que él no podía tomar. Usaba el poder de la palabra luchando con sus adversarios, los “renegados”, los cómodos, los perezosos, los “chochistas”, los que no respetan, los que inundan de riesgos o almacenan coches “gratuitamente” en el espacio público de la ciudad.

Antonio, ya ha ascendido, coronado de su prestigio como técnico de tráfico y por ser buena persona.

Ha sido nuestro apóstol que hoy va pedaleando de nube en nube en su bicicleta, echando carreras a San Pedro. O si queréis, Hermes al que Zeus, le encomienda desde el Olimpo ser el protector de los peatones.

Él ya está en una ciudad ideal, pero sé que desea que prolonguemos su trabajo, su legado, más allá de dificultades y temores, por el bien común, para hacer de Córdoba y del mundo: un lugar más habitable, más seguro, más sostenible y de más calidad. La utopía de Antonio.

Cumplir el sueño de Antonio: acercarnos a una ciudad más perfecta, justa y en armonía, para los peatones, donde jueguen los niños en sus calles, donde se revivan las relaciones sociales, donde regrese la naturaleza y un consumo de los recursos sostenible.

Ahora, desde “lo más alto”, o desde el cielo azul del Olimpo, pero a nuestro lado, mirándonos, tenemos a Antonio Valdenebro, al que rendimos sincero tributo de agradecimiento, sobre todo, por su amistad.

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