Diana Comas de Alarcón recibe el premio ‘Bárbara Castro, a un corazón de madre’


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Diana Comas de Alarcón./Foto: Jesús Caparrós
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Diana Comas de Alarcón./Foto: Jesús Caparrós

La Universidad CEU San Pablo ha sido el escenario, coincidiendo con la festividad de la Anunciación, donde se ha hecho entrega de la tercera edición del Premio Bárbara Castro a un corazón de madre. El galardón ha recaído en Diana Comas de Alarcón, cuyo testimonio vital ha sido el más valorado por el jurado. Este último ha estado compuesto por los padres de Barbara: Antonio y Leonor; Dolores Vallecillo,  anterior directora de Caritas Diocesana de Córdoba; José Juan Jiménez Güeto, portavoz del Cabildo Catedral; Mayte, secretaria del Departamento; así como por dos profesores del CEU: Carmen y Elio. La historia de Diana ha sido la elegida entre los 34 proyectos presentados este año.

El acto ha estado presidido por Alfonso Bullón de Mendoza, mientras que han intervenido Jaime Mayor Oreja, que ha recibido el premio a la Defensa Pública de la Vida; el director del CEU, Elio Gallego; la secretaria del CEU, Carmen Sánchez; y el canónigo de la Catedral de Córdoba, José Juan Jiménez Güeto.

El testimonio de Diana

Cabe destacar que el relato del testimonio vital de Diana -remitido por su hermana y su cuñado, Laura Comas de Alarcón y J. Eduardo Lastra Calatrava-, está cargado de esperanza. Y es que la premiada, nacida en 1976 en el seno de una familia feliz, “rodeada de sus padres Lourdes y Arturo en una familia unida, era la pequeña de dos hermanas, lo que hizo que su conexión y complicidad con su hermana mayor Laura fuera muy fuerte, convirtiéndose en un referente en muchas decisiones importantes de su vida”.

Tras finalizar sus estudios universitarios, Diana tuvo una exitosa trayectoria profesional. En 2008 conoció, en San Lorenzo del Escorial, a Luis, con quien contraería matrimonio, poco más de un año después. “Los primeros años de matrimonio estuvieron marcados por la ilusión de crear un proyecto de familia conjunto. Pero los niños no venían y las primeras dificultades aparecieron en forma de desesperanza ante la dificultad de ser madre. Finalmente, después de varios años de difícil espera y de un viaje providencial al Santuario de Lourdes nacieron Sancho y Almudena”.

Si bien, “todo el proceso de embarazo fue normal hasta la semana 20, que tuvo que ser ingresada por parto prematuro. Era muy pronto para que los niños nacieran, así que debía guardar el máximo reposo para que los bebés se pudieran formar convenientemente y madurar en su entorno natural, y finalmente, a las 25 semanas, nacieron los mellizos, aunque con no pocos problemas”. Y es que, como se explica en el documento, si Almudena nació con las secuelas propias de este tipo de bebés, Sancho tuvo más dificultades, sufriendo un derrame cerebral a las pocas horas de nacer. “Esto le provocó una infección en el cerebro, junto con una hidrocefalia lo que le hizo pasar por el quirófano en más de diez ocasiones en los meses siguientes. Las experiencias en la sala de prematuros de la Paz durante casi un año nos darían para escribir un libro, pero lo que más destaca el personal médico y resto de pacientes que convivieron con Diana en esos duros momentos, es que siempre estuvo con su sonrisa, la que siempre tuvo”.

Una de las “anécdotas” de ese periodo es que “les bautizaron dentro de la incubadora, ante la atenta mirada de los padrinos que allí asistimos, llenos de preocupación, aunque tranquilos al ver a sus padres, principalmente a Diana la madre alegre, fuerte y con un sentimiento de gratitud que a todos nos abrumaba”.

Cáncer de mama

Pero, cuando Sancho pudo unirse a su hermana, otro gran contratiempo salió a la luz. Y es que “el Señor siempre escribe con renglones torcidos y las caricias de Dios llegaron en forma de un severo cáncer de mama para Diana, que nos descolocó a todos. Ya por aquellas fechas, con los niños recién nacidos, Diana tuvo que renunciar a su exitosa carrera profesional por cuidar a su pequeño Sancho; lo que nadie podía esperar es que un cáncer la iba a visitar en aquellas duras condiciones. La enfermedad marcó los siguientes 18 meses de su vida y Diana, sencillamente, abrazó la enfermedad como si de una cruz se tratara, uniéndose de esa manera en comunión al sufrimiento de muchos que estaban atravesando por situaciones parecidas”.

“Largas horas de quimioterapia, precedidas de una dura operación para extirparle el tumor maligno fueron su orden del día. Pero Diana era madre coraje, de unos niños prematuros que tenía que cuidar, especialmente uno, que se encontraba indefenso y que requería toda su atención. Así que lograba sobreponerse por el bien de sus hijos y de su marido, dando ejemplo a todos los que la conocemos”.

Un testimonio abrumador que, como narran Laura y Eduardo, todavía recuerdan “el semblante sereno de Diana, con un pañuelo en la cabeza que dejaba entrever los efectos de la medicación, cogiendo en brazos a su hijo Sancho en una de las múltiples visitas al médico de urgencias por un episodio severo respiratorio”. Todo un ejemplo, todo un corazón de madre.

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