Responder al Covid-19: De bonos de guerra a bonos sanitarios


En este artículo, Ricardo Martín de Almagro descarta que se pueda establecer un paralelismo con la II Guerra Mundial

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Dos sanitarios se protegen contra el coronavirus. /Foto: LVC

Autor: Ricardo Martín de Almagro

Los paralelismos con la Segunda Guerra Mundial

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, las economías de todo el mundo tuvieron que reajustar sus planes de producción para dar respuesta a un conflicto bélico que durante seis años fue consumiendo los recursos que se pusieron a su disposición. En ese periodo, las potencias tuvieron que reinventarse y buscar la forma de encontrar soluciones al shock económico que suponía la contienda.

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Dos sanitarios se protegen contra el coronavirus. /Foto: LVC

Por aquel entonces, el Gobierno de Roosevelt fue testigo de dos teorías entre las que se debatían los economistas de entonces. Por un lado, Keynes pretendía aumentar los impuestos para retirar el circulante de la economía de cara a sufragar gastos. Por otro lado, el secretario del Tesoro Morgenthau prefería recurrir a préstamos voluntarios para obtener esa financiación a la vez que retiraba circulante de la economía. Era partidario de los bonos de defensa.

En esa época, esos gastos se correspondían con unas partidas difícilmente recuperables como eran las propias de un frente de batalla y toda la cadena de producción armamentística que hay detrás. Era dinero que los tenedores de los bonos solamente podrían recuperarlo con el tiempo, confiando en un futuro incierto que dependía de ganar o no una contienda.

En nuestros días, ya hemos visto que los medios de comunicación se han desgañitado en decirnos que estamos ante una guerra también. El enemigo es diferente a lo que pudiéramos imaginar, empezando por que no es ni humano. Sin embargo, tenemos también la esperanza cada vez más cercana de que va a ser superado. La incertidumbre no es comparable a la de un conflicto como los del pasado, de hecho, el mundo en sí es otro por completo. Estamos en un escenario muy distinto que compromete la resiliencia del sector sanitario nacional. Además, la problemática arrastra consigo la cada vez más posible destrucción de un tejido productivo sustentado gran parte por el turismo y la hostelería, quienes más adolecen el estatismo al que el Covid-19 nos ha inducido.

Por esta razón, podríamos decir que la economía de guerra de hoy día no recae tanto en financiar la defensa de una frontera o el frente de batalla sino en proteger una estructura productiva compuesta por cientos de miles de pymes y autónomos. Para ello, se han lanzado avales bancarios garantizados por el Estado, lo cual era una medida necesaria y en línea con lo que otros países han hecho. Sin embargo, esperar a ejecutar la garantía puede suponer arrastrar a las empresas a la situación límite de tener que usarla como consecuencia de la asfixia económica que conlleva el confinamiento y el estado de alarma. Al final, la tesorería de las compañías va a verse con el problema de cortar sus cobros mientras sus pagos siguen adelante. Por ello, estas empresas necesitan alguien que les dé liquidez. El gobierno italiano se ha dado cuenta de esta realidad, de la falta de oxígeno monetario, y ha inyectado 400.000 millones de euros adicionales en forma de liquidez.

En la II Guerra Mundial, los bonos de defensa o bonos de guerra recaudaban fondos que iban dirigidos a sufragar gastos armamentísticos, principalmente, siendo promocionada la compra de los boletos con la ayuda de Hollywood, con colaboraciones destacadas como la de la actriz y cantante Marlene Dietrich. Hoy día, en 2020, la guerra es sanitaria y por ello los bonos no deberían ser llamados de guerra, sino ser bautizados como bonos sanitarios. 

¿Con qué finalidad?

Viendo la fragmentación política que hay entorno a cómo responder fiscalmente a las necesidades de los países comunitarios más afectados por el Covid-19, no sabemos qué pasará con los coronabonos. Además, sería irresponsable pretender la mancomunidad de la deuda con países que parten de diferente posición en cuanto a solvencia refiere. Pedir coronabonos es una forma de echar balones fuera y no asumir la total responsabilidad de la gestión del país, lo cual ya no me sorprende.

Se hace necesaria una cobertura de liquidez inmediata que garantice al estrato social que compone esas pymes unos ingresos permanentes. Hay que engrasar la maquinaria de la economía para que cuando quiera ser arrancada de nuevo, pueda hacerlo de la mejor forma posible. Por ello, el gobierno debería seguir las recomendaciones de Draghi y lanzar deuda al mercado. Es el tiempo de la acción, como aseguraba Lagarde. Cada día que pasa es un día menos para la muerte de las empresas cuya tesorería se ve más limitada. Y ello puede traducirse en que los ERTE se conviertan en definitivos, aumentando hasta altas cotas el desempleo. Por ello, hace falta que se lancen al mercado los bonos sanitarios.

Estos tiempos de incertidumbre, de alta volatilidad, se están traduciendo en un shock que va a combinar una crisis de oferta (parón en la producción) y de demanda (reducción de esta debida al confinamiento). Por ello, hay que buscar la forma de hacer que el dinero siga en circulación y no se llegue al punto de que aumente más todavía el desempleo, que es el talón de Aquiles de la economía española.

Sin embargo, actualmente estamos en un momento en el que la rentabilidad a largo plazo venía comprometida desde hacía unos meses. Los indicativos de una posible recesión venían de lejos: la curva de la rentabilidad se había invertido, lo cual significa una reducción en las expectativas a plazos mayores al año. Por ello, habría que darle al comprador del bono sanitario algún incentivo más para que la deuda española sea atractiva y prefiera hacer inversiones en ella antes que mantener su dinero guardado en sus bolsillos. 

Rescatando la tierra fiscal

Tiempos de crisis también son tiempos de oportunidades. Más aún, son tiempos de cambio. Necesitamos los bonos sanitarios, pero estos bonos deben estar acompañados de algo que puedan hacerlos más atractivos. Y aquí es donde quisiera hacer mi propuesta, rescatando un término marginado por el lenguaje económico contemporáneo pero que puede tener un gran potencial. Hacen falta los bonos sanitarios, pero estos deberán ir respaldados por derechos en tierra fiscal. Y no solo de eso, el Estado debe comprometerse y desprenderse de aquella infraestructura de este que no sea esencial. Hay que reducir el gasto público ineficiente para garantizar la viabilidad de programas de rescate social que supondrían los bonos sanitarios, de manera que ningún español quede excluido del carácter garantista estatal. Bonos sanitarios para beneficiar a empresarios y trabajadores, para sanar las heridas que el Covid-19 ha causado.

Siguiendo los ejemplos del pasado podemos aprender. La Segunda Guerra Mundial trajo consigo la reinvención transversal de la economía y una de las novedades de ella fueron los bonos de guerra mediante los cuales los ciudadanos estaban dispuestos a ayudar a su Gobierno. Hoy, en España, en 2020, nuestra realidad es muy distinta. El enemigo es un virus y nuestro Gobierno no se asemeja al de Roosevelt, pero el espíritu de innovación económica puede resurgir. Tal vez así España pueda salvar a España.

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