El Córdoba se agarra a la fe en un final de infarto


El conjunto blanquiverde vence 2-1 al Valladolid en un partido de vértigo en el que un penalti en contra lo cambia todo

Córdoba
Guardiola celebra el gol de la victoria ante el Valladolid./Foto: LaLiga

Fe. Eso se respiraba en el estadio del Arcángel cuando se cumplía el tiempo reglamentario y la grada coreaba al unísono un, “¡sí se puede!”, que sonaba en su estruendo esperanzado como los campos griegos o italianos de los 90. La parroquia blanquiverde, tan incondicional como apática -en función del momento-, vive como pez en el agua en el extremo. Y el Córdoba, haciendo honor a su historia, se agarró al sufrimiento que lleva aparejado la elástica blanquiverde, para celebrar su particular Día de Andalucía.
Y el partido empezó con el Valladolid probando en ataque en los primeros compases para, acto seguido, tomar el control el Córdoba. Hasta el cuarto de hora los de Sandoval mandaron bien y Aythami tuvo el primero. No pudo ser y, con alternancia en el dominio, los blanquiverdes fueron mejores a los puntos en un primer acto igualado. Si bien, en la última jugada del primer tiempo una falta y un error defensivo daba al traste con la moral de un equipo cordobesista, que parecía abocado a lo de cada semana.
A la vuelta del vestuario, las sospechas se tornaron certezas y el Valladolid dominaba a placer el tempo del partido. Sandoval había sustituido a Noblejas (que había estado bien en su debut como titular) por Narváez. Ni por esas. Es más un penalti a favor de los de Pucela parecía certificar el parte de defunción. Y, por arte de ese especial carisma blanquiverde, cuando peor pintaba el asunto todo cambió por arte de magia, de Kieszek y Luismi.
El portero polaco detuvo la pena máxima, haciendo justicia a lo dudosa de la misma. Y Luismi se fue a por Fernández, propiciándole una entrada criminal. Roja directa y Fernández lesionado. Tangana e invasión del campo por parte del banquillo local y cinco minutos perdidos o, mejor dicho ganados. La grada transformó la ira en ánimo y los de Sandoval, con éste a la cabeza, se tiraron al monte. Una pelea a tumba abierta y, por primera vez, los cordobesistas vieron carácter, garra y fe.
Entró Jáuregui por el lesionado Fernández en una muestra de ese atrevimiento. No había nada que perder. Luego Reyes por Alfaro. Y el Córdoba se disfrazó de valentía, locura y ambición. Cuánto se echaba de menos. Guardiola, siempre el mejor, se la dio a Jovanovic y llegó el empate. Delirio. Los locales se volcaron, mientras los visitantes capeaban el temporal como podían. Incluso cuando los de Luis César intentaban contemporizar y matar el partido, se aventuraba la remontada. Y llegó a poco del tiempo reglamentario. Los papeles cambiaron, los protagonistas los mismos. Jovanovic para Guardiola y la grada se cayó. Cinco de añadido y el Córdoba jugó con su cansancio, la necesidad del rival y su gente cantándoles eso: “¡Sí se puede!” A voz en grito y con un final de infarto, pese a la distancia, la fe en el milagro deportivo se aviva. Y es que con el Córdoba nunca se sabe, hasta un penalti en contra puede ser un revulsivo capaz de cambiar una temporada aciaga.

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