Diego Ventura abre la Puerta de Los Califas


Morante de la Puebla, sin cortar trofeos, fue el otro gran triunfador de la corrida

Diego Ventura./Foto: Lances de Futuro
Diego Ventura./Foto: Lances de Futuro
Paseillo
Paseíllo./Foto: Lances de Futuro

Por fin, tras dos años de pandemia, sonó el pasodoble Manolete, lo que significaba más allá de los dos fogonazos robados al virus durante este tiempo, el restablecimiento de la feria taurina cordobesa. Bendita normalidad y benditos los más de quinientos abonos para jóvenes vendidos por la empresa arrendataria. Felicidades.

En lo puramente taurino, la calurosísima tarde osciló entre la manifiesta falta de raza de los juanpedros y las composiciones artísticas de categoría que llevaron a cabo Diego Ventura y Morante. Este es el enemigo que gusta a la torería andante. Si sirve, estupendo y si no, no molesta. Todos tan contentos. Ya no salen por toriles barrabases pidiendo el carné de identidad desde el arenero hasta el del clarinete.

Así las cosas, Ventura pechó con un primer toro distraído, que se quedaba siempre suelto y que embestía solo para los adentros cuando intuía que podía hacer presa. Un toro que en manos más inexpertas hubiera proporcionado un sainete. La discontinua labor del portugués, emocionante únicamente cuando dejaba llegar al toro hasta el estribo, no alcanzó cotas más altas, terminando de dos pinchazos y rejón.

Con su segundo cambió el panorama. Toro bravo, repetidor, alegre, incansable, con una calidad extraordinaria en la embestida, Ventura le compuso una obra maestra que caló en un tendido necesitado de emoción. El tercio de banderillas fue sencillamente un espectáculo, llevando al toro cosido a los costillares del caballo hasta el punto de sufrir una fea cogida de la que el rejoneador estuvo doliéndose el resto de faena. Y aunque el rejón cayó contrario, el público le concedió dos merecidas orejas que premiaban el prodigio del dominio de ambos animales.

Morante de la Puebla, sin cortar trofeos, fue el otro gran triunfador de la corrida. A su primero le recetó un saludo con el capote de altísimo valor, pero el resto del trabajo se enfrentó a la realidad de la falta de fuerza y casta del Domecq. A pesar de ello se inventó una faena con muletazos de trazo fino que el público disfrutó y hubiera premiado a buen seguro de no ser por el fallo a espadas.

Al segundo de su lote lo recibió con largas a una mano de añeja estampa antes de recetarle un buen puñado de verónicas de magnífica ejecución. Anduvo José Antonio muy bien con el percal pues hay que mencionar también, acto seguido, un torero galleo con el que llevó al caballo a este segundo oponente. Digo bien, llevarlo, porque castigarle, como al resto de la corrida, no le castigaron lo más mínimo. Con la muleta desplegó el de La Puebla ese repertorio suyo tan personal que entremezcla errores de ejecución técnica que quedan sublimados por una composición estética al alcance solamente de los elegidos. Detalles  que pedían a gritos un cartel que los eternizara en el marco de un armazón de faena de geometría perfecta y desarrollada en el mismo centro de la plaza. La Puerta de Los Califas la tenía abierta de par en par, pero la espada, otra vez la espada, situó la faena en el recuerdo de los presentes y el cero absoluto para los estadistas.

Aguado pechó con el peor lote. No cabe duda. En su primero, tras un enorme saludo capotero, se produjo una incomprensible desconexión con la plaza. La construcción de esperanzas quedó aparcada y el resultado fue cada vez a menos hasta su desaparición inane. Quizá el toro cambiase su comportamiento, quizá el torero se ausentó, no sé. El caso es que la faena se produjo en múltiples sitios, a distintas distancias y a alturas cambiantes.

Su segundo tuvo tan poca calidad como fuerzas. El torero porfió con él durante mucho tiempo pero sin medir los tiempos, que es pecado capital por el que el público te condena a abreviar, que es penitencia y virtud a un tiempo. 

Ficha de la corrida:

  • Coso de Los Califas. Media entrada en tarde muy calurosa y con abundantísimo público joven.
  • Dos toros de María Guiomar Cortés de Moura para rejones. Bien presentados. Pitado el primero y ovacionado el segundo en el arrastre. Cuatro toros de Juan Pedro Domecq, bien presentados aunque faltos de raza y fuerza.
  • Diego Ventura: Aplausos y dos orejas.
  • Morante de la Puebla (De espuma de mar y azabache). Palmas y ovación.
  • Pablo Aguado (De pizarra y plata). Silencio en ambos.