José María Higuera, tallista y ahora también poeta premiado


El autor ha recibido el premio Alegría, concedido por el Ayuntamiento de Santander

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José María Higuera. /Foto: LVC
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José María Higuera. /Foto: LVC

El nombre de José María Higuera es conocido en Córdoba y en buena parte de España por su dilatada trayectoria como tallista. Son numerosas las obras que han salido de sus gubias, fundamentalmente pasos procesionales, y actualmente ultima el del arcángel San Rafael. Además de tallista es también poeta reconocido, tras serle concedido el premio Alegría, por su poemario ‘Proyecto de interiorismo’, que se alzó ganador entre las 657 obras presentadas al certamen y que será publicado por RIALP en la colección Adonais.

Higuera señala que su faceta literaria es la consecuencia natural de una persona aficionada a la lectura desde joven. Por esto, “siempre he escrito a nivel particular, de forma autodidacta y sin relacionarme con la gente de la poesía”, explica. Ha tenido periodos en los que la escritura ha sido más intensa y otros de silencio, pero la llegada de la pandemia supuso un punto de inflexión en esta trayectoria.

La pandemia, tiempo para la poesía

El confinamiento se lo preparó con muchos libros de poesía para pasar el tiempo de la mejor manera posible. Además, inmerso entre versos, publicó algunos fragmentos en su perfil de Facebook, donde también buscó la amistad de otros poetas. Ahí, en el vasto terreno de las redes sociales coincidió con la poeta murciana Inmaculada Pelegrín. “Me dijo que no le quitara importancia a lo que hacía, que veía cosas que no las veía en otros, aunque tenía que mejorar en algunos aspectos”, expone. 

A partir de este primer contacto a través de las redes, Pelegrín comenzó a tutelar la obra de Higuera. Apostó por él, le animó a seguir escribiendo, y le abrió las puertas de un grupo de Facebook formado exclusivamente de poetas, donde fue muy bien recibido y donde también aprendió bastante, ya que “nos corregíamos unos a otros”.

El primer libro de Higuera

Todo transcurre muy rápido y a principios de este año se encuentra José María Higuera con que tenía suficientes poemas como para darle forma a un libro. Pelegrín le aconseja que lo presente a concursos que estén respaldados por editoriales de prestigio que garanticen su publicación. A los pocos meses, en mayo, lo presentaba al premio Alegría, que convoca el Ayuntamiento de Santander, y resultaba ganador.

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José María Higuera. /Foto: LVC

“Es una historia sorprendente”, describe Higuera, quien a sus 50 años no esperaba este giro tan rápido a su vida y su introducción a un nuevo mundo, el de la poesía, en el que aún se considera un extraño. Ahora, a raíz del premio, está en una nube de la que bajará cuando en noviembre tenga el libro ya editado en sus manos y en diciembre tenga que acudir a Santander a recibir el premio como un poeta consagrado.

“No sé lo que durará esta historia”, señala a la vez que describe la poesía como “un hobby que tenía y que ha terminado en esto”. Aún así, los versos y las gubias no son elementos tan distintos; “hasta se parecen”, añade. Tanto para tallar como para escribir poesía se requiere de los mismos elementos básicos: armonía, proporción, buen gusto. “Aunque la talla es más artesana hay una parte, como es el diseño, que me ha servido mucho para la poesía”, concluye.

UN LUGAR COMÚN PARA LO ROTO

Al caerse el jarrón desde lo entero

en el aire comienza la fractura

a sentirse la dueña de las cosas.

El golpe nada más que delimita,

define las fronteras.

Cada esquirla contiene 

la memoria de la forma.

Sobre cada pedazo, el todo y cada parte

¿A qué grieta prestamos atención

sin sentirnos injustos con el resto?

¿A cuál la bautizamos como herida

sin verla más hermosa?

Quien recoge del suelo los fragmentos

se mancha el corazón.

Quien seduce la sangre de lo inerte

alumbra con su luz el precipicio.

Si el jarrón sobre sí mismo regresa

y vuelve para atrás en su caída

y los trozos prometen compostura

de cuerpo en porcelana,

no habrá parte en nosotros que prescriba

ni se mantenga intacta eternamente.

Y solo quedará bajo la boca,

impune,

la actitud de un epitafio.

Solo un lugar común para lo roto.