Montaje de calidad para un clásico de Lope de Vega


'El castigo sin venganza', considerada "desoladora, hermosa, magistral", ofrece un espejo trágico de la condición humana.

Cartel de 'El Castigo sin venganza'.
Cartel de 'El Castigo sin venganza'. /Foto: LVC

La Compañía Nacional de Teatro Clásico, con Helena Pimenta al frente, pone en escena el miércoles y jueves, a las 20:30, en el Gran Teatro, uno de los mejores dramas de Lope de Vega, El castigo sin venganza, en versión de Álvaro Tato. Para la directora este texto, “desolador, hermoso y magistral”, nos ofrece un espejo trágico de la condición humana.

Cartel de 'El Castigo sin venganza'.
Cartel de ‘El Castigo sin venganza’. /Foto: LVC

“Es sin duda la obra maestra de la senectud del autor, reflejo de su desencanto por la sociedad y el dolor de sus circunstancias personales y familiares pero, a la vez, audaz superación de un arte destilado y preciso ante la irrupción de los poetas y dramaturgos jóvenes que se van adueñando de la primacía escénica, este canto del cisne lopesco mantiene hoy la implacable vigencia del arte de la tragedia: un lúcido viaje a las sombras de nosotros mismos”, afirma Helena Pimenta.

Como señala la directora de esta versión, “esta crepuscular tragedia de honor oculta una profunda reflexión sobre el poder, la justicia, la responsabilidad, el amor y el deseo, ambientada en el contexto político de las ciudades-estado enfrentadas en la convulsa Italia de finales del quattrocento”.

Atrapados en la tela de araña de un palacio de susurros, espejos y secretos, los personajes se enfrentan a su conciencia con una intensidad secreta y desconocida; la belleza de los versos se alía con la aspereza brutal de los conflictos y con un delicado ritmo casi cinematográfico en que las escenas se entrelazan y yuxtaponen. De fondo, la fama como eje de unas vidas abocadas a la mentira va gobernando una trama que desemboca en un desenlace sangriento sin resquicio de esperanza.

Desoladora, hermosa, magistral, El castigo sin venganza nos ofrece un espejo trágico de la condición humana. Obra maestra de la senectud del Fénix, reflejo de su desencanto por la sociedad y el dolor de sus circunstancias personales y familiares pero, a la vez, audaz superación de un arte destilado y preciso ante la irrupción de los poetas y dramaturgos jóvenes que se van adueñando de la primacía escénica, este canto de cisne lopesco mantiene hoy la implacable vigencia del arte de la tragedia: un lúcido viaje a las sombras de nosotros mismos.

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