Desenterrando a Franco para enterrar a Montesquieu


El Rey de Francia y Navarra, Luis XIV (1638-1715), conocido como “El Rey Sol”, pronunció (13-04-1655) la celebre frase “el Estado soy yo” (“L’État, c’est moi”), momento en el que por los historiadores se sitúa el comienzo del absolutismo pleno. Aquella corriente política que duró de mediados de siglo XVII hasta la Revolución Francesa (1789), caracterizada porque el monarca no tenía más límite que la ley divina, siempre y cuando él no fuese también quien interpretara dicha ley. En España, como no podía ser de otra forma, también cuajó dicha corriente, que duró, un poco más, hasta el reinado de Fernando VII, con sus periodos intermedios como el de la Constitución de Cádiz.

​Fue Montesquieu (1689-1755) quien, junto con otros pensadores como Rousseau, Voltaire, y Diderot, como precursores del liberalismo, los que imbuyeron al pueblo de ideas y pensamientos para levantarse contra dicho poder absoluto y abrir una nueva forma de gobierno, sentando las bases del Estado moderno.

​Entre dichos pensamientos destaca el de Montesquieu de la separación de poderes, que en tiempos modernos se ha conocido como la distinción entre el poder legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial, emanando todos ellos del pueblo. Y al que hoy en día podemos añadir el denominado “cuarto poder”, la prensa, la opinión pública.

​En ocasiones, dependiendo de resultados electorales como cuando se dan mayorías absolutas, lo que no deja de ser democrático, es cierto, que el poder legislativo y el ejecutivo se confunden, sin que esta distinción de poderes sea efectiva y el gobierno no se vea verdaderamente controlado por el poder legislativo.

​En otras ocasiones, como la actual que vivimos, no son estas mayorías absolutas otorgadas por el pueblo, sino acuerdos entre partidos que atentan contra los programas de gobierno que se exponen a los ciudadanos para ser elegidos, y que verdaderamente lo único que buscan es situarse en el poder, hacen que ese control del ejecutivo también desaparezca, pero, en el fondo, no deja de ser el juego de la democracia, aunque en momentos roce “el fuera de juego”.

​Pero el colmo de ello lo estamos viviendo en estos días, en los que tras acuerdos casi contra natura entre partidos con ideologías e intereses muy dispares, en los que un gobierno respaldado por un partido con sólo 84 Diputados, lo que pretende es acabar con el control parlamentario que han dado las urnas al otorgar a una oposición una mayoría suficiente para ejercer dicho control. El pensamiento es que como el Senado me controla, el Senado sobra, y el voto del ciudadano que ha otorgado dicha mayoría es un voto equivocado que el Gobierno debe superar y eliminar. Es decir, debemos matar al poder legislativo, pues para el Gobierno actual sólo tiene sentido este poder si está sometido a la voluntad y deseo del ejecutivo.
​Si aún no tuviéramos bastante, como el poder judicial no se doblega a los espurios intereses políticos del gobierno, desde éste se lanza una ofensiva, y ya veremos hasta donde llega, donde se pretende coaccionar a los Jueces, pretendiendo hacerlos responsables de una falta de actitud y aptitud en el Gobierno, que sólo piensa en cómo mantenerse en el poder, en cómo seguir viviendo en la Moncloa, en cómo seguir disfrutando de las ventajas de una vida pagada por todos nosotros, sin importarles lo que dijeron en sus programas o exigieron a otros. El ciudadano está en tercer o cuarto plano, lo primero es el “juego de tronos” para seguir disfrutando de las prebendas. Con las últimas manifestaciones de los miembros del Gobierno frente a los Jueces, también se va buscando la muerte del poder judicial que no esté sometido al ejecutivo.

​Pero aún no acaba la cosa aquí. Cuando la prensa, aplaudida por este Gobierno y sus adláteres levantaba casos contra el Partido Popular, aunque algunos después se archivaran en los Tribunales y nunca se pidiera perdón por ello, lo hacía desde la libertad de expresión y el derecho a la información del ciudadano. Hoy, cuando se habla de los casos de los miembros del Gobierno (a un ritmo de necesitar un nuevo Gobierno cada semestre, y eso que es amplio), según palabras de la vicepresidenta, debe ser controlado y limitado. Es decir, también hemos de asesinar al cuarto poder, a la prensa, a la opinión pública.

​En definitiva, para Pedro Sánchez, “el presidente Sol”, iluminado por una fuerza del más allá, sobra todo poder que no provenga de él. Su palabra es la Ley, o como decía Luis XIV, el Estado soy yo, o como dice Pedro Sánchez, “yo soy el Presidente”.

​Y, con ello, por fin he comprendido la obsesión por despertar fantasmas del pasado ya enterrados, la tumba de Franco hace falta para enterrar la división de poderes, para enterrar a Montesquieu, mediante la maniobra de distracción del mago por la que haciendo creer a la gente que se trata de acabar con los restos del totalitarismo, con la otra mano se entierra a Montesquieu y vuelve el absolutismo en la persona de Pedro Sánchez. Cuidado a donde nos están llevando pues se parece mucho a las ideas de algún presidente sudamericano.

1 Comentario

  1. Fenomenal, lo has clavado. Pedro Sánchez tiene un problema de autoestima muy claro y nos va a llevar otra vez al garete como el tonto de Zapatero.

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