¿Nos tiramos juntos por el barranco?


La liga

El Córdoba está a ocho puntos de la salvación. Pero da igual. Podrían ser 16 que no importaría, porque lo preocupate -que también- no es la distancia entre un punto y otro, sino el modo en que la has recorrido, la has vivido. Y en esa especie de poesía de la experiencia futbolística no existe mayor sentimiento que el de una afición que ve a su equipo hundirse.

En el corazón de los que todavía van a la grada (también lo harán ante el Reus) no se entiende de propiedades y paquetes accionariales, más bien de un Déjà vu, del año de Primera. Por cierto, a estas mismas alturas, por aquel entonces, no pintaba así. Ahora, lo peor se ha vivido desde el principio, sin remisión ni mayor anestesia que aquel domingo de Twitter, presentando fichajes como churros y ganado un puñado de followers. Ahora, el fútbol es marketing, titular y, en el mejor de los casos, entradilla. Al menos, a esta orilla del Guadalquivir y así nos va.

Y nos va con mantras repetidos del estilo de jugamos bien…, la mala suerte…, nos falta dejar la puerta a cero…, hablamos en el vestuario…, la culpa fue del viento en contra en la primera parte, que nos mató…, el equipo se acerca a lo que quiero… Y mientras se acerca, se busca y se persigue, como dice un amigo al que deberían poner su nombre (al menos por antigüedad) en su silla del Fondo Norte: “palmamos”.

Entre tanto, el mensaje siempre es positivo, aunque quienes tienen que salir a dar la cara conceden menos entrevistas que Cristiano Ronaldo; dan espectáculos a campo vacío como el del palco y el bus de Valladolid; y, seguramente, piensan en cómo sacar un eurito más por un club que, en lo empresarial (de clientes sí entienden) no vale nada o muy poco.

Pero no se confundan, porque al abismo se tirarán los de siempre. Llámenme derrotista, agorero o curvo de la compañía, pero o se hace u Rafael Gómez (y no seré yo quien defienda su gestión), o se baja sin remisión. Con jugadores que, salvo dos, han demostrado poco o nada, y se quieren ir. Ustedes me dirán. Lo que parece claro es que en junio puede que nadie conozca a nadie y, llegados a agosto, ni se mirará al palco porque ya no estarán, y la mirada se dirigirá estupefacta al electrónico. Allí no habrá Granada, Valladolid o Sporting al que enfrentarse.

La pesadilla, como le dije a Jesús en junio, empezaría a pergeñarse en la jornada diez y, a estas alturas, no ha hecho nada más que empezar. Cuando caes al abismo, lo primero que duele es el golpe, que está por venir; después, el dolor en suelo y la quemazón de las heridas; más tarde, la soledad oscura del fondo del barranco; luego toca levantarse; y, doloridos, hay que comenzar a escalar sin poder pedir auxilio. Queda todo por delante.

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