Hasta en el fútbol saben quién es San Rafael


Hay un relato de otra Córdoba, ni mejor ni peor: pero seguro que no. que buscaba en su tradición ese derecho consuetudinario que te da la potestad de saber lo que es tuyo y lo que no te pertenece. En aquella ciudad gris, que apenas despertaba al albor comunista que aún la preside, todos teníamos claro aquello que nos pertenecía y aquello que no era nuestro. Y en propiedad teníamos hasta un estadio municipal, cuando lo municipal era lo público (casi derecho romano), y lo llamábamos por su nombre sin ruborizarnos, por más que fuera de un Arcángel y, cada 24 de octubre, lo festejábamos. Alguna vez hasta hubo partido.

Pero no les voy a hablar de fútbol, que bastante trabajo tiene el custodio para que nos salvemos, primero; y para que dejen de llamar ‘masa social’ a aquello que siempre fue afición. Pero en los tiempos de lo políticamente correcto todo es un problema y no quiero pensar qué pasaría si llamara al estadio del Arcángel, el San Rafael (hasta sin ‘l’ final como buen cordobés), y me encomendara a él para que nos salve hasta de los propietarios. Porque a los que echamos los dientes donde ahora está el Eroski (o, mejor dicho, el Primark) nos cuesta llamar Arcángel a ese campo. Para nosotros fue el de Toni, el de Pepe Murcia, el del Paco Jémez, Monparlet, Berges, Tejero, López Murga o Luna Eslava. Allí le pedía a la imagen de mi Arcángel que nos quitase el castigo de la Segunda B y el de Crispi. Y qué lástima, ya no sé si es peor el que hay ahora.

Ahora hay quien confunde patrón con custodio, sin saber que el siglo XVIII su propio Ayuntamiento se encomendó también a él. Para qué pedirle que llame a su templo basílica menor e intentar enseñarle que el juramento, así se llama la iglesia, se lo hizo el Arcángel al Padre Roelas un día de mayo, de hace tanto que para qué perder el tiempo en recordarle la fecha, Señora Alcaldesa.

A veces creo que es mejor que hable su Pedro (en estas estamos), que al menos es de la Fuensanta y su barrio lleva nombre de Virgen, de patrona (oiga, de patrona) y, al menos, sabrá de lo que habla. A veces me entra la nostalgia y me acuerdo de Campanero, que tenía la suficiente compostura necesaria para ir a ver al que da nombre a su estadio con la compostura necesaria. A veces, pienso que me he nacionalizado en Marte y que alguien me ha arrebatado mi Córdoba. Y tengo visiones de leña en el Arenal y peroles de ensaladilla en Los Villares.

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