También tiene tres años


A veces uno mete en el estrecho cuello de su botella todo en lo que, inocentemente, creyó alguna vez. Y, en ese descrédito que da la edad y haber visto demasiado mal reunido, se siente por las tripas que eso que llaman “buenismo” es un arma tan peligrosa como un cinturón de explosivos. Por eso, mientras todos ponemos gatitos en la pantalla del ordenador y del móvil siguen matando a personas. El hecho de ser autoconscientes de una sensibilidad estúpida, nos lleva a creer ingenuamente que un niño de tres años no murió en Barcelona. O, les pido disculpas de antemano, murió menos que aquel chiquillo que llegó hasta la orilla de una playa del Mediterráneo.

La vida pende de una delgada línea roja. La misma que, uno a nivel tan personal como público, piensa que depende de Dios, del Creador, del que todo lo hizo. Ahora, mientras más de un lector piensa en postulados retrógrados, le invito a reflexionar. Y es que, más allá del revisionismo histórico -mi querido Pedro García sabe perfectamente de lo que hablo-, cada momento histórico debe ser analizado en su contexto. Por eso, no se pueden comparar, como a iguales, a las religiones y, mucho menos, a quienes las utilizan para matar. Sería perverso.

Malévolo es utilizar imágenes de un niño ahogado a la orilla del mar. Como también lo es usar al que yace en una rambla. Ambos han muerto. Uno buscaba la tierra prometida, el otro paseaba con su tío cuando le segaron la vida. Los dos han muerto, pero uno es más que otro, cuando se usan las imágenes para crear cargo de conciencia a Occidente, mientras se ocultan otras para minimizar la verdadera barbarie.

La vida seguirá entre manifestaciones que no sirven para nada o, si acaso, para defenestrar a un rey a la segunda línea. Los héroes son otros. O eso nos han vendido. Concordia, paz, no rendirse a lo que ellos quieren… Pero la verdad es la que es y está al pie de una acera en Barcelona, en Grozny o en Kabul. No se engañen, el niño tenía tres años en aquella playa y en aquella rambla.