Lectio Divina Cuaresma

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La Cuaresma es el tiempo de la oración intensa, de la gratuidad de Dios, de la conversión sincera, del ayuno, de la limosna y del ejercicio sublime de las obras de misericordia. Los creyentes estamos llamados a un ejercicio de amor, aquel de saber dar la vida que es el don precioso del amor. La vida es para donarla, para darla, para entregarla en beneficio de los demás, configurada con el beneficio de Cristo.

La Cuaresma es el tiempo de la gracia que se derrama en nuestros corazones, mediante la eficacia de la acción de Cristo, Redentor de todos los hombres. El es el Dios del amor hasta el extremo, de la bondad infinita, de la misericordia y el perdón, de la fidelidad y de la paz. El muestra en cada cuaresma de nuestra vida cristiana el rostro del amor. Cristo es el Señor que se ha sometido con plena libertad al misterio de la muerte, de la pasión, del sufrimiento, para concedernos a todos la reconciliación, la remisión del mal que cada perdona comete.

La Cuaresma es un punto de inflexión para descubrirnos a nosotros mismos, salir al encuentro de Dios que se manifiesta en cada momento de la existencia y estar en comunión con los demás. Es el tiempo del ejercicio del amor que se dona en cada persona, como dádiva del Espíritu divino, mediante la elección para la vida y el amor que Dios Padre ha tenido a bien, realizar en todos nosotros.

La Cuaresma es el tiempo de la reconciliación con Dios y con los hermanos. Dicha renovación se realiza mediante el ministerio servidor ejercitado siempre por Dios en Jesucristo. El sacramento del encuentro con Dios, la penitencia, nos conduce a las demás personas, sedientas, muchas veces, de cercanía, comprensión y amabilidad.

Jesucristo es la gran promesa cumplida. Toda su misión ha sido una continua entrega a favor de los hombres. El genio creador de San Pablo, ha logrado describir en una preciosa oración universal, lo que Dios quiere de los hombres, la salvación y el conocimiento de la verdad. Todo ello es obra de un solo Dios y de un solo mediador, entre Dios y los hombres: Jesucristo.

1. LA LECTURA

Nosotros leemos la primera parte de un verso: Se entregó a sí mismo como rescate por todos (1 Tim 2, 6). El apóstol San Pablo estaba convencido de la fuerza de la oración, realiza dicha súplica, por los que están constituidos en autoridad. Esta plegaria tiene una razón de ser: el beneficio de Cristo, quien al entregarse por todos, manifestó su voluntad de salvar a todos.

El sustantivo rescate deriva de un verbo, cuyo significado es desatar, liberar, expiar. Esta palabra solo se encuentra aquí. Es un término llamado hapax cuyo significado es una vez. Es decir, el sustantivo aparece solo en la Primera Carta a Timoteo, en el verso que estamos leyendo, para determinar su significado en la vida cristiana (1 Tim 2, 6).

El apóstol de los gentiles y maestro de los pueblos, comunicando la Buena Nueva de Jesús, el Cristo, era consciente que con el sustantivo rescate, manifestaba a los cristianos primitivos el valor sublime e irrepetible del sacrificio de Cristo. Era la manera de mediar de Cristo, el Señor, para reconciliar con Dios a todos los hombres. Jesucristo es el gran mediador entre los hombres y Dios Padre.

La palabra rescate significa también prueba, testimonio, el precio de la manumisión, a cambio de. Ello implica que dicho sustantivo tiene el sentido de otros lugares del Nuevo Testamento, donde se manifiesta la vida de Cristo como rescate por muchos (Mt 20, 28; Mc 10, 45).

Un rescate, se impone como expiación por una vida que ha caído en deuda. Esta relación tiene conexión con el Antiguo Testamento, donde la cuantía del precio que hay que pagar y la forma, están sujetas a ciertos convencionalismos y se ajustan al derecho del dueño.

Algunos pasajes de libro del Exodo así lo manifiestan: Si se le impone una compensación, dará en rescate de su vida cuanto le impongan (Ex 21, 30). Del mismo modo, al hablar del censo del pueblo hebreo, se afirma: Cuando cuentes el número de los israelitas para hacer su censo, cada uno pagará a Yahvé el rescate por su vida al ser empadronado, para que no haya plaga entre ellos con motivo del empadronamiento (Ex 30, 12). Esta idea del Antiguo Testamento, está en relación con el Nuevo Testamento (Mc 10, 45; Mt 20, 28; 1 Tim 2, 6).

San Pablo es amigo de las relecturas para alcanzar nuevos sentidos y significados del rescate y así encontrar en la unidad de la Escritura Santa, el alcance de dicha palabra en el cristianismo primitivo.

El Apóstol Pablo acentúa el carácter de beneficio del mismo Cristo. La ofrenda de Jesús tiene un movimiento de amor incomprensible humanamente, porque asume las responsabilidades de los hombres, como indica el mismo San Pablo en otros lugares de sus Cartas: Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros (Gál 3, 13). Del mismo modo, en la Carta de la eclesialidad afirma: Y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma (Ef 5, 2).

Se entregó a sí mismo. El verbo griego darse, tiene en nuestro, el sentido de entregarse, aparece con frecuencia como una luz que es semejante al significado y al carácter realístico del amor. El amor es don, no solo disposición de espíritu. Jesús es don de Dios y el objeto del amor divino, son sus obras. El acto de amor completado por Jesús en su muerte aparece como don.

Jesús se entregó así mismo como precio de rescate por todas las personas, de ayer, de hoy de siempre. Su entrega tiene una validez perdurable en el tiempo. La Carta a los Hebreos dice: De una vez para siempre (Hb 7, 27). Jesús es el mediador entre Dios y los hombres.

Dios mismo es el que hace posible la obra de la salvación por los pecados de los hombres. La idea de la expiación vicaria en la muerte de Jesús se asocia con la idea de la misión del Hijo de Dios. La muerte de Jesús actúa liberadoramente, porque es la expresión más profunda de su obediencia como Hijo de Dios, de su identificación con Dios y con su voluntad salvífica.

Jesucristo es verdadero y fiel testimonio del Padre, como indica el evangelista San Juan: A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Único, que está en el seno del Padre, lo interpretó (Jn 1, 8). Jesús se convierte de esta manera, no solo en el intérprete del Padre Dios, sino en el revelador del misterio de Dios, en virtud del conocimiento que tiene del Padre. Jesús mantiene conocimiento de Dios. Así el evangelista nos muestra la plena dignidad divina de revelación del Hijo de Dios.

La misericordia de Dios con los hombres permanecía invisible, pero en Cristo se ha hecho manifiesta y reconocida porque Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación (Col 1, 15). Este es el gran misterio de Cristo, escondido desde la eternidad en Dios (Ef 3, 9). La propia confesión de Jesús, ante el gobernador romano, Poncio Pilato, está expresada, de manera diáfana, al final de la Primera Carta a Timoteo: Te recomiendo en la presencia de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que ante Poncio Pilato rindió tan hermoso testimonio (1 Tim 6, 13).

Donarse por todos es el gran reto de Jesucristo. Dicho desafío llegó a ser una realidad en la Pasión salvadora del Hijo del Padre. La entrega sublime del autor de la vida es la gran aventura llevada a cabo por Aquel que nos amó primero. El pago del rescate es el mismo Jesús. Cristo canceló la deuda del mal en la historia de la humanidad, y todos, en virtud de su ofrenda total, hemos llegado a ser hijos de Dios.

2. MEDITACIÓN

La meditación de este verso, se entregó a sí mismo en rescate por todos, será la que nos haga gustar el significado del rescate, y, al mismo tiempo, nos hará comprender, donación del Señor de la vida, que ha prometido volver. La consideración de la lectura desembocará en paladear y deleitarnos, para gustar dos palabras, que contempla nuestra mente y siente nuestro corazón. La trascendencia y el alcance que ambos términos tienen para la vivencia de este itinerario cuaresmal. Todos nosotros como cristianos de salida, vamos al encuentro de Dios y de los demás personas que nos rodean.

El verbo se entregó y el sustantivo rescate aportarán nuevas experiencias del misterio de Cristo resucitado de entre los muertos. Una meditación es un deleite para todos aquellos que reflexionando los matices de ambas palabras gustamos gratamente quien es nuestro Salvador.

El verbo entregarse contiene las notas del don de Dios que se realiza en Cristo, el Señor. Dios da, pero es Cristo quien realiza la ofrenda de su vida. El pasaje de la Primera Carta de Apóstol San Pablo a Timoteo subraya esta acción de Cristo: Se entregó. La entrega o lo que lo mismo el pago de Jesús, por los pecados de todos, es el acto sublime de la entrega en la muerte de cruz. En verdad la fórmula se entregó tiene un marcado acento semitizante, porque es Pablo quien acuña esta manera de expresar el ofrecimiento a todos del Salvador.

La existencia es el mejor don que una persona puede ofrecer en beneficio de todos, y dicha ofrenda es la que Cristo lleva a cabo, en la obra de la redención. Sin lugar a dudas, el Padre Dios, está generando dicho sacrificio, donde también interviene como fuerza sublime el Espíritu Santo. Es obvio pues que la divinidad está presente en el acto liberador, por excelencia, que consiste en dar la vida por muchos.

Jesús se ha hecho hombre y ha venido al mundo no para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. El apóstol San Pablo, como buen judío, pero convertido a la causa de Jesús subraya no solo el carácter del sacrificio de Cristo, sino su aspecto liberador. La palabra se entregó realza que no sólo libera a muchos de la culpa sino de sus consecuencias, de la corrupción, de la muerte, del juicio. Pero sabemos que la liberación del pecado y de la muerte es una misma realidad. Jesús consumó su servicio a favor de muchos, dando su vida, esto es, entregándola, como precio de la libertad de todos. Es decir, el hombre Jesucristo se entregó como precio de la libertad de todos.

El término rescate procede de la palabra hebrea kopher. El destinatario del término kopher se trata de una compensación, una pacificación, un acompañamiento. Desde el punto de vista de aquel que debe pagar el rescate por la propia vida, a la cual no tenía derecho (Ex 21, 30), y del don de reconciliación a la parte dañada y enojada.

Pero la persona no puede liberarse de la muerte mediante un rescate pagado a Dios, donde la muerte es contemplada como el robo efectuado por la divinidad cruel como indica el salmista: No puede un hombre redimirse ni pagar a Dios por su rescate (Sal 49, 8).

Dios acepta la desventura del malvado como rescate del hombre justo, con el que no siente su propia ira por sus pecados, como indica el sabio: El malvado paga por el justo y el traidor por el honrado (Prov 21, 18). Dios acepta la penitencia de un enfermo como rescate y lo cura (Jb 33, 24). La única duda a este propósito es si aquí la función de mediador es ejercitada por una criatura angélica o por un sacerdote. El profeta Isaías se hace eco de esta realidad: Porque yo soy Yahvé tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador. He puesto por expiación tuya a Egipto, a Cus y Sebá en tu lugar (Is 43, 3). Dios mismo paga al rey persa un rescate en forma de territorio para que remita a la libertad a los exiliados de Israel.

La palabra rescate alude al sentido expiatorio de la pasión de Cristo. Jesús muere por los pecados de todos, como ya anunciaban las Escrituras (1 Cor 15, 3) que es la fórmula más antigua del mensaje apostólico, que era un procedimiento corriente en la primitiva comunidad cristiana.

El rescate no solo tiene un carácter de sacrificio, sino también posee la cualidad de liberación. En este sentido la persona es pasiva, porque Dios es el que dona la expiación porque los medios de satisfacción son el poder salvífico, el Espíritu Santo de Dios, el Espíritu del verdadero consejo de Dios, la longanimidad y el rico perdón de Dios, de su bondad, en sus maravillosos misterios.

La libertad conforma su plenitud en Jesús, el Cristo, que la lleva a plenitud en la consumación de su ofrecimiento en la cruz. Este es para nosotros los cristianos de esta hora, el verdadero rescate de nuestros males, llevado a cabo por el amor sublime de nuestro Salvador, Jesucristo, Palabra de Dios, rostro del Padre, Dios de todos los hombres.

La lectio divina concluye con la oración que puede ser individual o comunitaria.

Cada persona que lee aunque sea un verso de la Biblia, lo lee con sentido de Dios, auspiciado por el Espíritu Santo, al cual hemos de invocar siempre que leemos la Palabra divina. Ahora hemos de suplicar, orar, con una plegaria sencilla, que dirigimos a Dios quien siempre nos escucha. Dios nos sacia con la fuerza de su semblante y nos muestre siempre su misericordia en los días de nuestra vida, configurándonos a su imagen y semejanza.

Necesitamos generosidad y humildad. La generosidad nos conduce a la bondad y percibimos el beneficio de Cristo, maestro de oración. La humildad es la obediencia y el respeto para dejar a Dios que nos hable, para responder en silencio a su Palabra. Esa Palabra es Jesucristo, la Palabra creadora, liberadora y santificadora que regenera toda la existencia donde se manifiestan las personas.

3. LA ORACIÓN

Señor, Padre de Jesucristo, eres generador de todo bien, y nos revelas al Espíritu Santo. Nuestra súplica es darte gracias siempre, para escuchar los latidos de tu misericordia y tu bondad. La historia que has escrito para todos, es acerca de tu Hijo amado, Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos.

Eres el Dios de la misericordia y el amor. El Espíritu que procede de ti, inspiró a tu Apóstol San Pablo, para escribir este verso inigualable del amor de tu Hijo, nuestro Señor y Salvador. El se convirtió para todos, en generosidad inigualable por su ofrenda. La humildad, Señor de la vida, es fuente de la misericordia. La pequeñez tiene sentido cuando la asumimos como norma de vida, y realizamos, el servicio generoso a todos los que nos rodean.

Padre, la entrega de Jesús, es la más sublime de cuantas han existido, porque se convirtió en misericordia, en bondad, en caricias y dulzura para todos. Jesús es la caricia de la misericordia. Los hombres necesitamos de esas ternuras que nos hagan sintonizar con todas las personas. Nadie entre los hijos de los hombres se siente excluido ante la donación de Cristo, el Señor. Nadie estaba apartado de ese alarde extraordinario de libertad.

Esta actitud, Señor de la vida, nos lleva a la plenitud, porque goza de la profundidad y la verdad en nuestras relaciones. Jesús, tu Hijo amado, nos enseñó ese camino de acatamiento a tu voluntad. La tarea de darse, entregarse, donarse, ofrecerse, oblacionarse, es vivir la vida de Dios que siempre cuida y mima a las personas.

La verdadera felicidad consiste en darse a los otros, sobre todo, a los más débiles, a los más pobres, a los más indefensos. Por eso, Señor, la sabiduría que nació de la cruz es aquella de la humildad y del amor. Cristo se ofreció por todos, pero sus preferidos son los servidores. Aquellos que son capaces de todo y se hacen pequeños, para vivir una vida nueva, aquella del amor de Dios, ofrendado por Jesús, tu Hijo.

Ayúdanos, Señor, a entregarnos hasta el límite de nuestra existencia y hacernos de verdad, pobres, débiles, pequeños. Necesitamos de tu entrega, la que nace de la sabiduría de la Cruz, del conocimiento de la humildad, de la transparencia siempre puesta al servicio de todos, para llegar a la civilización del amor.

Queremos ser tus discípulos, porque somos capaces de escuchar tu Palabra divina. Por eso, vamos tras tus huellas, para vivir y expresar la misericordia a nuestro alrededor. Señor, Tú has configurado la vida, como una verdadera llamada a la misericordia que nace de nuestra propia donación.

Padre de misericordia, la existencia tiene sentido auténtico, cuando interpretamos el amor y la ternura, nacidas del precio del rescate que realizó Cristo. La redención tiene sentido desde el amor que se transforma en recompensa de alegría y gozo, inundando la vida. Asi todos, nos convertimos en discípulos de la misericordia.

Dicha historia de amor se inicia contigo, Dios y Padre de misericordia. Se manifiesta en tu Hijo, eterno caminante de rutas y senderos, llenos de alegría infinita y de paz rebosante. El testimonio se revela en el Espíritu Santo, el Consolador que nos unge a todos para el ejercicio de la misericordia.

Estas actitudes divinas, Señor, nos muestran el camino de la conversión. Esta conversión es volver de caminos ya hollados por las insidias del mal, la presunción, el poder, el honor, la comodidad y los honores. Los creyentes Señor queremos vencer el orgullo y la indiferencia, la pasión y el desaliento, la superficialidad, pero sobre todo la hipocresía.

Estamos agobiados por el mal del mundo, la falsedad, la maledicencia, la incomprensión, el desaliento, el libertinaje. Dios de la paz y de la dicha, acudimos a Ti, fuente de todo bien, por medio de Jesucristo, tu Hijo amado y con la fuerza que nos concede tu Espíritu. Queremos ser humildes, porque la sencillez es la fuente de la misericordia. Deseamos encontrarnos contigo, porque eres el manantial de donde brota la vida.

Cuando Tú, Padre de bondad, abriste el telón de la historia, apareció la realidad de la misericordia, la tuya Padre Dios, la del Hijo eterno caminante, lleno de alegría infinita y de paz rebosante, la del Espíritu que nos consagra a todos para el ejercicio del amor y de la misericordia.

La entrega de Cristo por todos, es como un abrazo que regenera el amor y la alegría. El Señor Jesucristo manifestó a todos la aventura de la fe y ardor sorprendente de la caridad. La fe y el amor conducen a Ti, fuente y manantial de todo bien. Un corazón confiado en Ti, es capaz de entregar todo, hasta la última gota de su sangre para que todos tengan vida.

Señor, eres siempre fiel, con los hombres, con todos los hombres, los de ayer, los de hoy, los de siempre. Nos has amado, Señor Jesucristo. Eres la respuesta perfecta a la fidelidad divina. Tu amor por todos es como un canto de amor, con la esperanza siempre segura de conducirte, con sabiduría, para que todos nosotros seamos un reflejo de la vida auténtica, aquella que conduce a Dios. Nos hace falta la fe como el mayor acto de amor en el camino de nuestra propia existencia.

La fe es la respuesta generosa a la llamada de cada día, Señor. Todas las realidades han sido reveladas por tu Hijo amado, el Señor de la vida. La fe es el reto personal del hombre ante Ti, Dios de la vida. La fe debe convertirnos al perdón a los hermanos, a la limosna caritativa con todos, para mostrar nuestra generosidad. Unida a la limosna, está el ayuno. Dominar nuestra corporalidad para entrever de manera diáfana la carencia de muchos, los pobres, los desahuciados, los más desfavorecidos.

Señor, este tiempo de gracia, los cristianos, recorremos el itinerario cuaresmal, para encontrarnos con el Señor Resucitado. Es necesaria nuestra conversión personal y comunitaria. La conversión es inseparable, de nuestra donación a todos, de nuestra entrega. Cada uno de nosotros, al estilo de Cristo, debe entregarse en rescate por todos los hermanos. La conversión es un reto de cada día. Es el inicio del camino de la misericordia.

María, la Virgen, es la Madre del Señor y Madre de todos. Ella es un modelo de entrega generosa, de caricia y de ternura. Con Ella podemos recorrer el misterio de Dios entre los hombres. Así, como Ella, se ofreció a Dios como sierva del Señor, también podemos ofrecernos a todos en rescate, como precio de nuestra propia identidad.

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