Libertad de impresión


La alcaldesa era clara, al hablar de la polémica surgida en torno a la revista, editada por su ayuntamiento, destinada a analizar la situación de la cultura; “Yo creo que desde el respeto pero también con las máximas garantías de esa libertad de expresión que defendemos todos, son los contenidos que aparecen en esta publicación y creo que no hay un motivo para alarmarse por una situación que no existe, las cosas hay que verlas con mucha más naturalidad y aprender a escuchar las opiniones de otros que no siempre están de acuerdo con nosotros”. Lo más curioso es que Ambrosio pertenece al mismo partido que Hurtado, quien llevó ante la Fiscalía al obispo por ejercer, sin insultar, su libertad de expresión.

Este parece más bien un caso de libertad de impresión que, con lo baratas que están las imprentas digitales, se ha puesto de moda. Por eso, casi cualquiera tiene la oportunidad de escribir, expresarse e insultar, si ello fuera preciso, que ya vendrá el editor, o editora, que lo ampare, invoque la norma que mañana discutirá y todos tan amigos. Usted podrá hablar de monopolio semanal de la ocupación de los espacios públicos, de performance a pie de calle, culpar de teocracia oscurantista al que tiene enfrente o de la raíz franquista las cofradías. Debe ser triste que, cada año por primavera, el que lo escribe, compruebe aterrado que las calles se llenan de actores que reeditan esa performance y que haya una multitud de público para visualizarlo. Un rato más tarde, todo se consuela ante el encargo (con tu dinero, el mío y el del vecino, lo que viene siendo erario público) de unas líneas donde poder despacharte a gusto, cargando contra esos carcas cubiertos, enlutados, que visten con capa, tocan la trompeta del apocalipsis o se ponen en el pescuezo un trozo de tela para infligirse un autocastigo, sádico y punitivo ¡Qué atraso!
Con los argumentos del comienzo, cualquiera podría llamarte “gilipollas” y tendrías que darle las gracias a la santa libertad de expresión. Tal es así que, si te da por ofenderte, el concejal de turno te diría aquello de “cada uno escribe lo que quiere, por la cultura consiste en eso, pero con respeto”. Por tanto, a alguien a quien se la llama a realizar un análisis, profundo y sesudo, sobre la situación de la cultura en la ciudad, que posee un currículum en redes sociales cuyas manifestaciones son del estilo de “mezclar alcaloides con cofradeína sin cortar produce delirios muy peligrosos para la estabilidad mental”, se antoja algo así como la crítica kantiana de la razón pura.
No diga mañana que le he dado una coz, es una especie de “colleja” amable y pseudoliteraria, por la que no creo que me gane el derecho a que me llamen desde Capitulares y que me ampararen con su libertad de impresión. Y es que ya lo dijo otro concejal, “se han tapado otros debates más importantes”. No deja de ser curioso que, uno tras otro, salgan a la palestra los ediles a justificar el artículo para dar la razón a la máxima latina que rezaba (perdón por lo de “rezaba”), aquello de “excusatio non petita accusatio manifesta”. Aumente, Luque y Ambrosio, dos de los tres con reminiscencias cofrades, algún pregón en alguna espalda y lo justifican porque  hay “aprender a escuchar las opiniones de otros que no siempre están de acuerdo con nosotros”, como dicta la profesora Ambrosio.

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