Relatos de Navidad


El brillo de la luz es la historia de un relato que comunica un hecho inaudito en la historia universal. Dicho hecho está compuesto como una narración que se ha ido transmitiendo a través de los siglos. No afirmamos que dicha historia no es verdadera, como dicen algunos. Sino todo lo contrario, es verdadera, y al mismo tiempo, es un hecho histórico en el tiempo que medimos las personas.

Claro, dijo un amigo a otro: En un relato cabe todo. Pero hemos de concretizar, respondió el otro amigo. Un episodio literario, un relato, un cuento de Navidad, tiene muchos significados. Y lo importante es explicar los significados, todos los significados del hecho narrado.

Narramos un hecho que tiene mucho brillo. La palabra brillo es igual a fulgor, luz, iluminación. Pero volvamos al relato en sí mismo. Un día se encontraron en Belén en el año 50 de la era cristiana, Pablo de Tarso y su discípulo Timoteo. Pablo significa Poco, mientras que Timoteo manifiesta Temeroso de Dios. Entre poco y temeroso de Dios, está ordenada nuestra historia. La historia siempre narra los hechos acaecidos en el tiempo. Los dos amigos se encontraron en Belén, es decir, en la casa del pan. Ese es el significado de Belén. Hablaron, compartieron, se preguntaron, se escucharon y fue una jornada inolvidable. El día estuvo marcado por una historia acerca del brillo singular que posee la luz de aquella estrella que guió a los magos de oriente.

Esta historia es peculiar, es decir, original. La novedad radica es que un día, en el momento determinado, Dios llegó a la vida de las personas. Lo hizo sin ruido, sin acontecimientos grandiosos, sin grandes músicas. Dios venía a todos como luz, una luz propia, con un brillo especial. Tan especial era que sin pretenderlo, todos se enteraron, a pesar de que el hecho aconteció en un pequeño lugar, desconocido. Veinte siglos y pico y cuando llega Navidad todo el mundo se paraliza. Parece como si todo girara alrededor de esta historia. Y es cierto, todos los saben, muchos creen, otros no, porque no han sacado de sus vidas el egoísmo, la presunción, la envidia, los celos y tantas realidades que les impiden percibir la luz y su brillo.

La palabra luz significa sol, esplendor, brillo, claridad, fulgor. Todos esos significados tiene la narración que intentamos describir. Los relatos suelen comenzar diciendo: Erase que se era Dios que era el creador de la luz del mundo. El Señor mismo quiso venir a los hombres, dijo Pablo. ¿Por qué? Preguntó Timoteo.

Pues… Dijo Pablo. Porque el mundo necesita alguien que brille, una luz que ilumine el interior de cada ser, y cada cual

comprenda que sin Dios, no hay, ni alegría, ni diálogo, ni comprensión, ni perdón, ni justicia, ni progreso, y por tanto, el mundo se divide, existen odios y nunca es posible la familia, la unión y la paz. Hace falta luz y ésta debe brillar, iluminar, irradiar…

Pablo continuaba hablando, mientras Timoteo, su fiel discípulo, le escuchaba ensimismado. Dios es necesario para todos, decía Pablo. Porque la luz por sí misma, tiene su manifestación y ser luz significa que todos se vean, se contemplen, se distingan, se perciban y por supuesto se comprendan. Sin luz no hay vida. La luz es necesaria.

Por eso, querido Timoteo, dijo Pablo: En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y dijo Dios: Que haya luz y hubo luz y llamó a la luz día y a las tinieblas noche, dia primero.

Rabí, Pablo, dijo Timoteo. ¿Puedes explicarme más el sentido de la luz, es decir, eso que dices del brillo de la luz? ¿Por qué brilla la luz? La comunidad de cristianos quiere saber, y en realidad, si no me lo explicas, no puedo hablar de manera convincente, es decir, que todos ellos comprendan y crean lo que les explico. La comunidad piensa que somos cristianos y que Dios mismo un día se hizo carne, es decir, nació como un niño cualquiera, pero eso de la luz… Eso es un problema.

Pablo respondió: Escúchame, bien, Timoteo. Dios se hizo luz, para que todos seamos luz unos de otros. ¿Sabes que la palabra luz se repite muchas veces en lo que conocemos como Antiguo Testamento? Del mismo modo que el verbo lucir, brillar, iluminar. Eso indica que tiene que ver mucho con la Palabra de Dios, con el mensaje que nos dejaron los libros del Antiguo Testamento. Esta palabra aparece en el Génesis, en el libro del Éxodo y también en el libro de los Jueces, en los libros de Samuel y en los libros de los Reyes. Se repite también en los libros sapienciales, aquellos que escribieron los sabios…

Ahora bien, donde más aparece la palabra luz, es en los libros de los profetas, sobre todo, en el profeta Isaías. Este es mi profeta preferido por su valentía, su forma de escribir y narrar acerca de Dios y su misterio. Fíjate Timoteo, Isaías significa: Dios salva. Es normal que el profeta aluda en treinta y dos ocasiones a la palabra luz. Y también usa el verbo brillar por referencia al término luz.

¿Esa luz por qué brilla? Preguntó Timoteo a Pablo. Éste respondió: Mira hijo, hay un pasaje en el profeta Isaías donde este mensajero de buenas noticias dice: El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una luz grande. A los que vivían en tierra de sombras, una luz brillante los cubrió. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo. Se gozan como se alegran al segar, como se regocijan al repartirse el botín.

Pablo continuó diciendo: La luz es grande y tiene brillo. Este motivo produce gozo, alegría y un gran regocijo y algazara. La fiesta está servida. El profeta estaba anticipando que un día, Dios vendría a los hombres. No dice claramente que vendría como un niño, pero, querido hijo Timoteo, procura tomar el rollo del profeta Isaías y leer en casa el capítulo noveno y verás. Comprobarás lo que te digo. Después te sentirás muy bien, querido Timoteo. Pero, lee dicho capítulo despacio, y en él, a medida que vas leyendo, poco a poco, enseguida dice: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro y se llamará su nombre Maravilla de Consejero, Dios Fuerte, Padre eterno, Príncipe de la Paz.

Comprendes por qué la luz brilla. No es que Isaías estuviera hablando de Jesús niño. No, porque los profetas no son adivinos, ni magos, sino son aquellas personas que hablan la Palabra de Dios delante del pueblo, es decir, mediante sus experiencias de vida escuchan a Dios de una manera total, creen en Él y lo comunican al pueblo. Por eso puedo decirte lo siguiente: En quien mejor se cumple lo que dijo el profeta Isaías, es en Jesús de Nazaret. A Él,
bendito sea, nosotros le llamamos
Dios y Señor. Es el Hijo del Padre y
el Ungido por el Espíritu Santo. Lo
celebramos de manera festiva,
alegre, con un gozo sin fin, en lo
que llamamos Navidad, Él mismo es
la Navidad.

Observa despacio Timoteo, Isaías, ocho siglos antes de que Jesús naciera en Belén, de María la Virgen, afirmaba: El pueblo vio una luz grande. Ellos estaban en tinieblas y en sombras, es decir, había en el mundo, una gran oscuridad que les impedía ver y creer en alguien que viniese de Dios. Y para eso el profeta habló de luz, una luz les brilló.

Me he enterado estos días, querido hijo Timoteo, que Mateo, ese que era cobrador de impuestos, explica a Jesús en su comunidad. Es, como ya decimos en todas partes, un evangelista, porque comunica a Jesús. Es decir, explica las buenas noticias de Jesús. Fui días pasados, a buscarle en Jerusalén, porque sé donde se reúne. Escucha, lo que servidor mismo escuchó. Estaba Mateo explicando a Jesús y dijo a su comunidad: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.

Timoteo, una estrella es un astro que tiene luz propia y como tal brilla. Y después seguía diciendo: He aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño.

Después Mateo añadió: Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. ¿Quiénes se llenaron de alegría Pablo? Pues mira
hijo, unos magos, que eran
astrólogos que saben de
estrellas, sus brillos y
movimientos a través del
firmamento y conocen donde se ven más claramente. Ellos llegaron hasta donde estamos nosotros, es decir, hasta Belén.

¡Qué maravilla Pablo! Dijo Timoteo, admirado de cuanto escuchaba a Pablo, y, al mismo tiempo, muy entusiasmado. Timoteo seguía prestando toda la atención a su maestro Pablo. Éste estaba feliz, porque para él Timoteo era como su hijo querido. Hacía Timoteo honor a su nombre, porque en verdad temía a Dios que lo había transformado para el bien, para la justicia, la misericordia y el amor.

Pablo continuó hablando: Conozco a un griego llamado Lucas, que es un buen cristiano. Le encontré en Atenas y le traje conmigo a la ciudad santa de Jerusalén. Días pasados me comunicó que conoció a un hombre anciano, llamado Simeón, que solía proferir alguna profecía acerca de Dios.

Me contó muy despacio que un día, cuando todavía tenía fuerzas, fue a la puerta Hermosa del templo, y vio que salían del lugar sagrado, María y su esposo José. María llevaba a su hijo Jesús en brazos y Simeón le dijo: Señor, según tu palabra, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a las gentes y gloria de tu pueblo Israel.

Timoteo, ¿entiendes por qué la luz no es solamente una estrella con luz propia, una luz cualquiera?, es también la salvación que ilumina a todos y es también gloria, es decir, una cualidad de Dios, porque es Dios. La gloria es la alabanza que dirigimos al Señor, porque es el Dios de todos. Timoteo estaba ensimismado y absorto escuchando a su querido maestro Pablo. Éste no quería cansarlo demasiado, pues llevaban conversando todo el día.

Se detuvieron a tomar en una pequeña tienda unos pastelillos judíos de almendra y miel, con un zumo de naranja, mezclado con esencias de la Galilea y del valle del río Jordán. Se sentaron a las afueras de la tienda que en verdad era rústica. Hacía un viento frío del desierto del Negueb y parecía que el tiempo iba a cambiar. Eran las siete de la tarde.

Sabes, mi querido hijo, que debes reavivar tu fe, para creer todo esto que te comunico. Enseguida llegaremos a Jerusalén. Quiero que en estos días manifiestes tu fe. Que nadie menosprecie tu juventud. Eres ya un hombre y debes seguir madurando en la fe. Por eso, quiero indicarte que todos nosotros, los cristianos, estamos llamados a lo que servidor aprendió de los Apóstoles, superiores a mí, a ser luz en el Señor. La luz es Jesucristo mi Señor y Dios. Es luz porque está vivo y ha resucitado. Es luz para todos. Es luz y nadie puede vencer a la luz porque la luz brilla en las tinieblas y éstas desaparecen ante su inmensidad.

La luz es también la verdad y ésta nos hace a todos libres. Querido y fiel Timoteo, estoy plenamente convencido que si en otro tiempo fuimos tinieblas, ahora somos luz en el Señor, y hemos de vivir como hijo de la luz. Esa luz brilla en todo firmamento del cosmos. Esa luz irradia su brillo, su esplendor, su fuerza, nadie puede vencer a la luz. La luz brilla siempre. Nosotros los judíos encendemos el candelero de los siete brazos los días de sábado durante la cena para que se iluminen las siete aperturas que tenemos cada persona en el rostro. Nos convertimos en luz que brilla para todos. El fruto de esa luz es la bondad, la justicia y la verdad.

Querido Timoteo, quiero comunicarte una buena noticia: Estamos ya en Navidad y la luz de la Navidad sigue brillando con una luz muy intensa, una luz brillante, que nada ni nadie puede apagar.

Esa luz se llama Jesús, nació según la carne, de María, la Virgen Madre de Dios. Esa luz es la estrella radiante de la mañana. A todos nosotros nos toca ser luz en el Señor. Y que esa luz siempre ilumine y alumbre a todos los que están en casa.

Ella tiene el brillo de la fidelidad, de la paz, del amor, de la verdad y de la misericordia. La luz nos guía a la bondad, a la magnanimidad, al perdón, a la gracia y generosidad. Ese es el brillo de la luz que es el Señor.

Bueno Pablo, dijo Timoteo, ¿dónde vamos ahora? Pues reunámonos con algunos de nuestros hermanos en casa de Silvano que está muy cerca del templo. Él nos atenderá muy bien, porque tanto él como los suyos, saben que la luz brilla siempre, porque el amor de Dios ha sido derramado en todos nuestros corazones, gracias al don precioso del Espíritu Santo.

La noche caía sobre la ciudad santa de Jerusalén. Las luces de las antorchas eran cada vez más vivas y brillantes. Quedaba así la ciudad diez veces santa, iluminada por una multitud de luminarias, pero Pablo percibió el lucero vespertino sobre el firmamento de Jerusalén y se dijo para sí: Señor, que nunca se apague la luz de tu presencia, sé para todos luz, que tu luz nos alumbre, nos guíe y nos lleve a contemplarte con el brillo de tu paz y de tu amor.