Olor a galletas


En mi casa la Navidad se asocia a olor a galletas. Todos los años monto un tallercillo con los hijos pequeños y no tan pequeños (porque a todos le gusta) de mis amigos. No sabéis la que se monta. Cada año les regalo una caja diferente donde guardar las galletas que van haciendo. No tiene precio ver sus caras de asombro al ver lo que pueden hacer ellos solos. Galletas que luego cuelgan en el árbol, que regalan, que se comen al momento (eso es lo que más gracia me hace. Pocas llegan vivas a su destino) Y lo mejor,  tal como me comentan sus padres, esas cajas son guardadas año tras año como un tesoro.
Y ¿por qué os cuento ésto? Porque soy consciente de que estas fiestas son unas fechas que pueden no agradar a todo el mundo. Cuando falta alguien querido ya no es lo mismo.Pero yo quiero quedarme con la cara de sorpresa de los niños, con su ilusión, con su inocencia.
Mis hijos son ya mayores, y a pesar de eso, en casa todos los años seguimos poniendo los zapatos delante del portal de Belén la noche de reyes. Esa tradición la llevo conmigo desde pequeña y no me gustaría que mis hijos la perdieran. Sin duda, uno de los milagros de la Navidad es su poder para sacar al niño que todos llevamos dentro. Nunca debemos perder la ilusión. Es como el tema de la lotería. Sabemos de sobra que es dificilísimo que toque. Pero a pesar de ello nunca perdemos la esperanza. Vivimos siempre con la ilusión de que las cosas pueden cambiar y mejorar.
Creo que es importante intentar de manera muy personal dar un sentido muy íntimo a lo que significan las fiestas de fin de año para cada uno.
Vivirla, pero ser conscientes y comprender que estamos rodeados de personas que probablemente estén pasando por momentos difíciles. Intentemos ser respetuosos y sutiles ante la época más sensible del año, en donde es momento de hacer un balance real de los elementos con los que contamos para hacer frente a las personas importantes que nos rodean, y así procurar que la Navidad sea realmente un evento feliz.
Es verdad que parece que en estas fechas hay obligación de ser más felices que en cualquier época del año. Y está claro que no siempre es así.  No hay nada que nos obligue a ser más felices en Navidad de lo que éramos en cualquier otro mes.Pero también  creo que es muy positivo que seamos capaces de creer en la magia, que nos emocionemos y, también, que nos propongamos nuevos retos para el año que empieza. A pesar de todo, la Navidad no deja de ser aquel momento en que tenemos la oportunidad de crear nuevas ilusiones y esperanzas con el fin de conseguir un futuro mejor para todos.
Este año volveremos a ver la maravillosa película “Qué bello es vivir”. A pesar de tener más de 60 años, esta película es un clásico que se repite todas las navidades en la televisión. Un clásico que nos eleva, lleno de esperanza y optimismo a través de evolución de un personaje que es capaz de superar una crisis vital durísima. Una película repleta de valores humanos tan necesarios como la generosidad, la empatía, la gratitud y la compasión.
Y termino con la historia de unos amigos muy queridos. Por circunstancias personales no van a poder celebrar la Navidad en estos días. Pero eso no fue óbice para que la celebraran la semana pasada, con todos sus seres queridos, con la misma ilusión y ganas que si fuera el mismo 24 diciembre. Ese creo que es el espíritu navideño, el que debe acompañarnos siempre todos los días del año, junto con el olor a galletas.  Ese olor que lleva consigo esa magia que nos recuerda que nunca debemos perder  la ilusión y la capacidad de sorpresa de los niños, los verdaderos protagonistas en esta época del año.
¡Feliz Navidad! Y que no se os olvide poner los zapatos debajo del portal!

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