Modernitos

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Definitivamente, el mundo ha cambiado. Cualquiera que se acerque a los cuarenta o los supere podría hacerse acreedor de esta frase. Ya nada es como era y, pese a navegar por el mar de cristal de las redes sociales con cierta destreza o afán de superación, la edad va pesando y somos más de Facebook que de Twitter, por no hablar de Instagram u otras plataformas varias. Ahí está el primer síntoma del relevo generacional.

La patología, para el que te mira desde sus veinte primaveras, resulta incomprensible. Pero no es grave, solo se trata de experiencia o de manos arrugadas, qué diría algún cofrade. La misma que no siempre sirve para que tengamos la tentación de vestirnos, puntualmente, de “modernitos” y pasemos de la euforia a la nostalgia en décimas de segundo, cuando vemos a un grupo de chavales con gorras de B-boy chirriante o a una pareja, posadolescente, haciéndose un selfie en los asientos delanteros de un coche mientras el semáforo del Ciro´s permanece en rojo. Esa noche, en el trayecto que te queda para llegar a casa, te da por recordar aquella en Gaudí y su prolongación en la Taberna Góngora, en El Pisto o en Carrasquín. Ya no está Rafael detrás de la barra, aunque Pedro sigue atesorando el toque austero de tabernero cordobés en una época en que los bares son menos bares y las franquicias asolan las terrazas con camareros de peinados imposibles y camisetas corporativas.

Queda menos de aquella ciudad que nunca fue, de aquel verano en que no existían ginebras rosas, mientras el calor y los establecimientos cerrados, a cal canto, hacían de una cafetería en la Victoria, donde aun no había mercado, el reducto ufano de la tarde. Tal vez, aquella Córdoba era la misma y nuestra edad, y otros factores socio-económicos, eran los que marcaban la diferencia entre El verano sangriento y La traición de Wendy con la melodía inequívoca del cantautor. Tampoco nos vestíamos de “modernitos” y, por suerte, ya habíamos superado la moda de los noventa. La suerte nos vino de cara aquellos días, ahora con las luces de navidad y las gorras de medio lado, todo parece producto de un desfase onírico.

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