El Padre Posadas


En la Córdoba de hace tres siglos largos brilló la gracia en dos hombres de Dios, hoy honrados como beatos por la Iglesia, coincidentes en años de amistad y en la entrega incondicional a su vocación de seguidores de Cristo, cada uno según su carisma. Uno, el padre Cristóbal de Santa Catalina, predicó casi sin palabras en el más elocuente de los silencios. El otro, fray Francisco de Posadas, llevó la Buena Nueva con su ardiente prédica a pueblos y lugares espiritualmente desatendidos y, sobre todo, a los templos y las plazas de su ciudad, Córdoba, que durante cuatro décadas fue privilegiado púlpito para el padre Posadas.

El pueblo de Dios, tan sensible a lo auténtico, supo valorar la admirable humildad del hijo de la vendedera, título que él mismo se atribuía con amor filial, y que tantos rechazos iniciales le supuso de sus hermanos dominicos del aristocrático convento de San Pablo, junto al cual nació, pero que no fue obstáculo para la nocturna toma de hábito en Santo Domingo de Escalaceli ni para la fraterna acogida como novicio en el convento dominico de Jaén, donde profesaría como fray Francisco de San Álvaro. Con los años, y ordenado sacerdote, celebraría, como había prometido su madre, la primera misa ante la Virgen de la Fuensanta, y al acabar sus estudios regresaría a su convento de Escalaceli, siendo pronto nombrado vicario del hospicio conventual frente a la puerta del Rincón, del que no lograron apartarlo los repetidos ofrecimientos de dignidades eclesiásticas.

Allí, en el hospitalico del Padre Posadas, será limosnero de su convento, hospedero de sus frailes, confesor incansable, guía de almas, propagador de la devoción rosariana, puestos sus ojos, como andaluz que era, en la hermosa Virgen que hizo tallar y adornar con ricos vestidos y joyas, y ante la que portaba los pebetes de olor en los solemnes, multitudinarios traslados a San Pablo para celebrar la fiesta de la octava del Rosario.

El 20 de septiembre de 1713 moría el padre Posadas en su hospitalico, siendo enterrado, como lo eran sus hermanos de Escalaceli, en el convento de San Pablo, en cuyo templo permanecen sus reliquias venerables, bajo su imagen. Hace años, el gran amigo y ejemplar cofrade que fue Pepe Murillo, hermano mayor entonces de la hermandad de las Angustias, me aportaba un dato que me emocionó: el cepillo de la iglesia que mayor limosna recogía era el del padre Posadas. Porque, aunque a veces pueda parecer lo contario, sus paisanos de Córdoba no lo hemos olvidado.

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