El frágil hilo de la memoria


El tiempo va haciendo de las suyas: transcurre, pasa rápido, no regresa. Es siempre implacable. En ese constante devenir va tejiendo su hilo, aquel que atesora lo que no debe perderse, lo que nos pertenece. En definitiva, lo irrepetible, todo lo que forma parte de nuestra identidad, de nuestra historia. Sin embargo, tengo la triste sensación de que a los cordobeses, en no pocas ocasiones, ese hilo se nos escapa entre los dedos. E incluso, lejos de conservar la madeja, de acudir a ella para redescubrir nuestro pasado y aprender a trenzar nuestro futuro, contribuimos a enredar la hebra, a destruirla, a reducirla a frágiles e inútiles hilachos.

El tapiz de nuestra memoria es bello e inmenso. Se encuentra repleto de acontecimientos universales y de momentos únicos. En él se contiene una historia, que tejida con el esfuerzo de personas ilustres, contó con una repercusión que llegó a rebasar los límites de nuestra ciudad. Pero Córdoba, mientras tanto, insiste en comportarse como una desagradecida costurera, como una chiquilla consentida a la que no le apasiona su trabajo, a la que no parece importar lo más mínimo su propia materia prima, por elevada que sea la calidad que ésta ofrezca.

A propósito de lo que vengo contando,  nuestro calendario marca que el 17 de noviembre es la festividad de san Acisclo y santa Victoria, mártires y patronos de nuestra ciudad. Pero no nos engañemos, lejos de ser una fecha de especial conmemoración, de reencuentro con el pasado y las raíces, el día se escapa de la memoria colectiva con más pena que gloria. Y es que, más allá del tributo que realizan instituciones como el Cabildo Catedral o las corporaciones de Misericordia y Buena Muerte, la manifestación más explícita de la celebración de este día queda reducida a una bulliciosa cola de personas a la espera de trozo de pastel cordobés.

¿A qué esperamos para honrar a aquellos sobre los que recae el patronazgo de nuestra ciudad?, ¿no es hora de dar realce a esta fiesta? El recuerdo de san Acisclo y santa Victoria está presente en nuestra ciudad, se encuentra plasmado en su escenario monumental. A ellos evoca la hornacina del Puente Romano, la basílica de San Pedro, la exquisita catequesis plástica de los muros de la parroquia del Sagrario, el espacio de la ermita del Colodro… ¿Qué más necesitamos para tenerlos presentes? A este paso, mucho me temo, que nuestros hijos –por no hablar de nuestros nietos- poco sabrán de nuestros patronos. Pero cuánta tristeza encierra un pueblo que no atesora su memoria, que no cuida de su pasado. Un pueblo que a duras penas podrá perpetuar su identidad y progresar en su futuro.

Está claro que la ciudad ha obtenido sobresaliente “cum laude”en la asignatura de olvidar a los suyos, a sus hijos más insignes. Córdoba los gradúa con el simple reconocimiento del contraste de las letras negras sobre la cal blanca de un rótulo callejero. Nombres que reciben como único homenaje la rotundidad del sonido hueco de unas pisadas en la noche solitaria. En este sentido, se agolpan en mi cabeza nombres y más nombres de personalidades a los que castigamos, a las que obligamos a permanecer en el olvido. Artistas, eruditos, científicos,  arquitectos… Y mientras tanto, Córdoba duerme o si despierta, lo hace tímidamente, aletargada, sumida en un incesante bostezo.  De nosotros depende despertar y afanarnos en enhebrar el hilo que nos permitirá seguir tejiendo.

 

 

 

1 Comentario

  1. Enhorabuena Saray en tu nueva andadura. Que razón en tus líneas. ¿Sabes una cosa? El que viene de fuera a esta ciudad se enamora más plenamente de su historia, arte y cultura, que el nacido aquí.

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