Cartas desde el Puente Romano


Me viene a la memoria el célebre cuadro de Goya, pintado en las postrimerías de su vida, que refleja de forma indiscutible el enfrentamiento Nacional, donde están preparados para acometerse brutalmente dos majos madrileños. El pintor refleja en su rostro todo el odio acumulado durante siglos entre dos Españas irreconciliables, y que hoy por desgracia sigue teniendo rabiosa actualidad ese antagonismo de ambas posturas.

Leí no hace mucho una crítica de un autor autorizado en el sentido, de que muchos de los cuadros de esos últimos años firmados por Francisco de Goya podrían ser de su hijo, y si fuera verdad ese acervo, nos encontraríamos con un chiste más de la Historia.

Al parecer, cuando Don Francisco de Goya se exilió en París dejó determinada cantidad de cuadros terminados en la quinta del sordo a orillas del Manzanares, ya que se tuvo que marchar precipitadamente y el hijo que no tenía ni oficio ni beneficio, los fue vendiendo esporádicamente para poder subsistir. Pero llegó un momento que los cuadros no se agotaban nunca,  y la gente empezó a sospechar con lógica,  de que esos últimos cuadros, que tienen una desgarradora vitalidad, pudieran haber sido pintados por el hijo que había aprendido la profesión de su padre,  con una vida desarreglada, un aislamiento profundo y que prohibia terminantemente que nadie visitara o se acercara a la Finca. Todo ello conllevaba  una razonable sospecha.

Las manos del pincel tenían muchas similitudes con las del padre, y aunque trataban temas similares, los mismos representaban figuras horrendas y escenas de aterradora presencia, en muchos casos interpretando comportamientos mitológicos. La técnica utilizada anunciaba los primeros albores del impresionismo.

Volviendo al cuadro. La mirada de furia de ambos contendientes y la violencia anunciada de lo que a continuación se iba a desarrollar por lo menos a mí me causa terror, y me obliga a repasar las páginas de nuestra historia más reciente, escritas durante el pasado siglo XX y en el albor de este del que estamos incursos, y me hace pensar que con más o menos nefastas consecuencias, la confrontación de esas dos Españas de las que habló maravillosamente Antonio Machado siguen subyacentes, palpitantes e hirientes.

Han pasado ya 70 años del inicio de la guerra civil y prácticamente quedan vivas muy pocas personas que fueran testigos o protagonistas de esa lucha fratricida, pero abriendo cualquier día o cualquier primera página de la prensa nacional compruebo de que no solo las heridas  están ahí, sino las actitudes las seguimos llevando en el ADN de nuestras células. Y  se enardece aún más y de forma extraordinaria en las localidades o ciudades pequeñas del interior de España.

Un odio al contradictor al que hay que destruir, y que previamente los hemos etiquetado de rojo o azul. Un odio a aquel que por sus méritos personales y esfuerzo consigue el éxito de la empresa que se había propuesto. Un odio al que no piensa igual que yo y en el que no coincido política o socialmente. Un odio al vecino del que procuro saber y ahondar, sin compasión, en los retazos de su vida privada, para después airearlos de forma cruel para hacerle más daño. Un odio que tiene su origen en la envidia hacía aquel que ha hecho cosas de las que yo no soy capaz. Un odio al odio donde prefiero que lo colectivo no se beneficie si el otro puede obtener alguna ganancia: LA VIOLENCIA PASIVA.

Es la razón de la sinrazón y el campo abonado de que al final aquel que tiene inquietudes y que pretende desarrollarlas,  se tenga que marchar del lugar de donde nació y habita, para así después poder obtener reconocimiento en otras montañas, valles o ciudades. Pero que no olvide cuando vuelva, que el odio le sigue esperando con más furor que antes ya que no se le pudo destruir con su marcha.

Ten salud.

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