Acoso a las mujeres: de una orilla a otra


José Ramírez, diputado de Vox.
José Ramírez, diputado de Vox. /Foto: LVC

 

José Ramírez, diputado de Vox.
José Ramírez, diputado de Vox. /Foto: LVC

A continuación, les reproducimos el artículo de opinión del diputado de Vox por Córdoba, José Ramírez del Río. 

Ni el apagón informativo de los medios oficiales, ni los comunicados del Ministerio del Interior, ni los artículos de los serviles al régimen, nada puede reducir la gravedad de lo ocurrido en el centro de El Cairo durante las fiestas del Eid. Más de un millar de jóvenes se reunieron entre las calles Adli y Talaat Harb y comenzaron a atacar y a acosar a las mujeres indiscriminadamente durante cuatro horas enteras. Cualquier mujer a la que la mala suerte llevara a caminar por esa zona durante ese lapso de tiempo -chicas, mujeres, jóvenes y ancianas, con o sin hiyab o niqab, caminando solas, con amigas, o, incluso con sus maridos, se enfrentaban al mismo destino. Centenares de jóvenes obsesos sexuales las atacaban y rodeaban completamente con sus cuerpos, mientras decenas de manos se extendían para arrancarles la ropa hasta dejarlas desnudas. Luego abusaban de ellas, sometiéndolas a tocamientos hasta en sus entrepiernas. …

Así comienza el artículo publicado por el escritor egipcio Alaa al-Aswani el 5 de noviembre de 2006, recopilado en un volumen de artículos y traducido por Haizam Amirah para Galaxia Gutenberg en 2011. Ya durante mi estancia en El Cairo de 1996 había escuchado relatos bastante gruesos de acoso a mujeres, aunque me costaba creerlos dado el nivel de seguridad que veía en las calles. Las críticas al acoso sexual a las mujeres incluso en lugares públicos quedaron reflejadas en otros artículos e incluso en una película notable, El Cairo 678 (2010), de Muhammad Diyab. La atención del mundo se concentró en Egipto durante los días de la caída de Hosni Mubarak, el militar que había dirigido el país entre 1981 y 2011, y las agresiones sexuales a mujeres en la plaza central de El Cairo, Midan Tahrir, se contaron por centenares, incluyendo a varias reporteras occidentales como Natasha Smith. Por desgracia, estas noticias se han producido también en otros países del norte de África; este mismo verano ha habido dos casos de mujeres agredidas sexualmente cuyos agresores grabaron y difundieron videos de su asalto, lo que facilitó su rápida detención por la policía marroquí. La ocurrida en un autobús en Casablanca había sido perpetrada por seis menores de entre 15 y 17 años.

En este último año el número de agresiones sexuales perpetradas por menores extranjeros no acompañados ha aumentado en España, en especial en localidades costeras, lo que ha conducido a la vieja cantinela del “racismo”, la palabra mágica que utilizan las autoridades en España cuando su dejadez e ineficacia al abordar un asunto les puede causar problemas. No creo que Alaa al-Aswani pueda ser acusado de racismo; tampoco Muhammad Diyab ni los periodistas que han denunciado el acoso a las mujeres en Marruecos. Hay un problema cuando grupos de jóvenes con una concepción de la mujer muy diferente a la que tenemos en España campan a sus anchas favorecidos por una absurda ley del menor. Hay un problema cuando la denuncia de algo evidente debe ser expuesta casi de manera temeraria, arriesgando incluso el crédito personal, por una omertá, por una ley del silencio, que sólo acrecienta el problema.

En España tenemos un problema por la llegada de varias decenas de miles de jóvenes extranjeros, en su mayoría norteafricanos, que buscan el uso de las instituciones sociales españolas para dar el salto a Europa, su Eldorado particular. La escasa colaboración de la autoridades locales marroquíes, unida a una legislación española absurda en materia de menores, conduce a que lo que debiera ser una corta estancia y una rutinaria devolución a los países de origen, se transforme en un periplo administrativo que no conduce casi nunca a la devolución del menor. Entre ellos hay un buen número de niños, que deben ser tratados como corresponde a menores de edad y cuya integridad física y moral debe ser protegida, pero también hay una parte, muy ruidosa, que provoca problemas graves de delincuencia y de inseguridad. Su expulsión de nuestro país y de los centros donde residen los demás menores debe ser rápida, y la ayuda debe producirse en los países de origen, donde las posibilidades de redirigirlos son mucho mayores. Pero pensar que una realidad tan dura, que se ha manifestado de forma tan cruda en los propios países de origen, pueda ser reconducida en España, con una legislación de menores que no distingue a los niños de los delincuentes peligrosos, es una quimera.

No puedo sino contraponer este tipo de inmigración a la de los miles de marroquíes que en estas mismas fechas pasan sus vacaciones en Málaga, en Benalmádena, Fuengirola, entre ellos varios amigos míos como Said ben Said…y en los miles de estudiantes que en las próximas fechas llegarán a Granada para cursar Farmacia o a Córdoba para estudiar Veterinaria. Muchos de los primeros estudiantes árabe de Medicina viven entre nosotros desde los años sesenta, y nadie tuvo queja por el comportamiento ejemplar de aquellas personas, que trabajaron mucho para hacerse un hueco en la sociedad española. Es obvio que en el mundo actual, con un grado de interacción enorme entre las poblaciones de diferentes países, el riesgo de que entren indeseables por diferentes vías es grande, pero si entran sin control de ningún tipo es mucho mayor. Por ello desde Vox hemos abogado siempre por una inmigración posible, legal e integrable, y todo el ruido provocado por organizaciones con sus propias agendas políticas no va a apartarnos de este objetivo, porque todo no vale.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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