La ley seca

Cerveza./Foto: LVC

Se puede ser clandestino en la vida propia. Es lo que sucede cuando te la roban o, utilizando un eufemismo, te la arrebatan. Para ello se aprovecha el temor de la masa, para imponer normas que, en un ambiente cotidiano, serían intolerables.

En esas cosas venía pensando de vuelta a casa (fíjense, en lo que me entretengo en pensar por las noches) cuando vi un disco pub abierto. Como un resorte, mi cerebro mandó la orden inmediata: “esto está prohibido”. Tanto fue que pensé en denunciar la situación y llegué a realizar el amago, fintando como un extremo holandés de los de antes.

Pasaron unos minutos y, la escasa parte reflexiva que queda de mi ser, me hizo caer en la cuenta de que “eso es lo que quieren”. Poca libertad, si es que queda, y mucho de chivato, como las viejas del visillo de siglos pasados. Denunciar al vecino es una tradición muy española y muy de la Europa comunista, la del otro lado del telón de acero.

Por mi memoria cercana pasaron las escenas poco edificantes de los últimos días. Las de los confinamientos, las de los postureos, las de no me confinas porque no eres nadie y te confino porque me sale de mi socialista voluntad. Un espectáculo nada edificante por todas las partes y que nada aporta contra la pandemia, sino agrandar otra, la de la nada política.

Recordé a esos alcaldes que piden a sus vecinos que cierren los bares y se les quiebra la voz mientras anuncian las medidas que tienen a su alcance. De esos da igual las siglas del partido, porque conocen los nombres de sus vecinos y quieren lo mejor para ellos, dentro de sus posibilidades.

Probablemente, ellos tampoco detengan al virus, pero su ley seca no es otra que la del nudo en la garganta cuando les informan las familias (porque los datos oficiales son casi una utopía) de un nuevo caso. Y esto mientras la gran mayoría hace el indio sin plumas y con el plumero de una pandemia de la que no saben ni por dónde les ha venido.

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