El brindis

Morante brinda la muerte del toro a Cayetana Álvarez de Toledo./Foto: Lances de Futuro

El lunes 12 de octubre amaneció con sol y españolidad, una españolidad dividida como no puede ser de otra manera. En esa división nos gobiernan mal y nos conducen al bolivarismo, a la justicia al servicio del Gobierno y a la hipnosis colectiva,  porque la españolidad también es muy dócil hasta el momento que pedimos que nos sujeten el cubata. Suele ser tarde  cuando aparece ese arrebato de barra y nocturnidad.

El sol español recibió en Córdoba a Cayetana Álvarez de Toledo, rubia aristocrática y liberal. Del PP, o eso parece. Los de la prensa, esa gente que somos a veces, fuimos avisados tarde y como a contramano. Cayetana nos esperaba cerca del Puente Romano venida de su trinchera barcelonesa y de las otras trincheras populares, en las que hay que cubrirse cuando vienen los tuyos o los nuestros o los de ellos. El fuego amigo, menos brillante que el rubio fulgor de Cayetana. Por lo que sea o por lo que nos imaginamos la visita de la diputada no fue motivo de promoción, o menos que una rueda de prensa eterna de Lorite,  y sí de categoría del estrangis tan propio de los supervivientes que no quieren moverse de la foto sin salir en ella. A mí por Zoido me han levantado de una siesta. Lo de Cayetana nos pilló entre el ángelus y el vermú.  A esa hora de la mañana desconocíamos si Álvarez de Toledo acudía a comer salmorejo o a los toros. Lo primero no nos consta pero lo segundo sí. Tanto como la soledad oficial que la acompañó.

Horas antes, en ese lunes, el matador Morante de la Puebla y sus camisas imposibles se habían afotado  con numerosos admiradores en la movilización/fiesta/ acto/ de VOX. Sabemos que Morante es de VOX porque cogió una furgoneta cuando las elecciones andaluzas con la bandera verde por fuera de la ventanilla y se tiró por esas carreteras de la Andalucía modernizada por el socialismo de los cursos de formación y la farlopa como un maletilla ilusionado. Esa imagen siempre la recordaré porque rezumaba una ilusión democrática que hacía años que en España , y sobre todo en Andalucía, no se presenciaba. Estábamos en los debates galácticos, los tuiters y la tecnocracia con marketing, y de repente, un tipo con camisas estampadas de Desigual Premium agarra una bandera como cuando la libertad -sin- ira- libertad. En furgona, como un jornalero. Eso es transversalidad, por cierto. La épica de reconquista de VOX es realmente de conquista, porque la democracia nos fue regalada cómodamente por el franquismo tecnócrata -uy, lo que acabo de escribir- y ahora toca conquistarla de verdad. Y en eso están Cayetana y Morante cada cual a su modo y manera.

Cayetana acudió a los toros porque el pasado lunes había que estar en Los Califas a pesar de los aforos covidianos. Por mucho que se quejen los del fútbol, a los toros entra más gente porque son cultura y el fútbol es Florentino. A veces, o siempre, los toros son algo más que la propia tauromaquia o quizá la tauromaquia es todo eso y mucho más. Morante brindó el tercer toro a Cayetana. Cayetana y Morante protagonizaron así un anhelo, un deseo, una realidad. Si la españolidad estaba dividida entre los que temen perder cuota de mercado y los que creen que España debe serlo sin complejos ni cuentas de explotación, en ese brindis se mostraron los deseos de superar diferencias entre la gente decente y de bien.

El brindis fue en realidad por España. La dividida, la hipnotizada, la conformista. La que a pesar de todo aún no ha dicho su última palabra. Por eso se llenó el coso de Los Califas el pasado lunes. Por eso Morante y Cayetana nos regalaron una instantánea llena de esperanza.

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