Paula Herrero, periodista e investigadora: “Los usuarios somos tan responsables de la desinformación como los que la crean”


Investigadores de la Universidad Loyola ponen en marcha una herramienta para que los adolescentes pongan a prueba su capacidad de detectar fake news

Al grupo de investigadores de la Universidad Loyola Andalucía le preocupa cómo influye en nuestros adolescentes la desinformación. A los adultos también debería preocuparnos, porque estar mal informados supone sobre todo estar manipulados y disponer de menos capacidad de elección. De menos libertad, en definitiva. Desde la Loyola y en concreto desde su Departamento de Información y Comunicación se lidera un proyecto financiado por la Comisión Europea para formar a los jóvenes en la detección correcta de informaciones falsas (fake news) propagadas a través de medios digitales. Paula Herrero (Sevilla, 1986) es una de las investigadoras que trabajan en este proyecto denominado ‘Spotted Project’. Herrero es Doctora Internacional en Comunicación por la Universidad de Sevilla, Máster en Métodos de Investigación en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad de Córdoba y profesora en la Universidad Loyola donde imparte asignaturas del área de Periodismo. Como investigadora aborda el estudio de los jóvenes y los contenidos digitales, y la innovación en medios. Ha venido de Sevilla para atender a La Voz de Córdoba y hablarnos de cómo y por qué algunos nos quieren hacer un lío a través de nuestro teléfono móvil, contándonos cosas que no son ciertas.

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Spotted Project es un proyecto pensado para enseñar a los adolescentes a consumir información. Pero ¿de verdad los jóvenes consumen información?

Muchos estudios demuestran que sí, que efectivamente ellos recurren a Internet para buscar información para, por ejemplo, hacer sus trabajos académicos, para encontrar consejos a la hora de adquirir un producto o cuando quieren tomar decisiones – y esto es un poco más controvertido-  respecto a su salud. Lo hacen cuando quieren operarse para parecerse a algunos de sus referentes o seguir la dieta de alguno de sus prescriptores (youtubers, influencers) que ellos siguen en las redes.

Entonces sí que están consumiendo muchísima información, lo que ocurre es que no es una información que tenga que ver con la estricta actualidad sino con aquello que conecta con sus intereses.

Porque cuando hablamos de ‘noticias falsas’ igual tenemos el defecto de circunscribirlas a la actualidad.

En efecto. A nosotros nos gusta hablar de ‘contenido’ por eso precisamente: los jóvenes no están consumiendo la información que nosotros entendemos como tradicional, que responde a la actualidad inmediata.  Ellos consumen en general contenidos de toda índole. Es ahí donde tenemos que poner la atención, porque todo es susceptible de ser manipulado. Desde una fotografía, un mensaje en una red social o un vídeo de los que ellos miran. Hablamos de contenidos digitales que pueden ser manipulados o alterados y a los que los jóvenes están expuestos.

¿Cuáles son los efectos de la desinformación en la educación?

Los profesores nos cuentan que, por ejemplo, cuando encargan un trabajo académico las fuentes no son siempre de referencia, y los alumnos se informan con los primeros resultados de búsqueda que encuentran en Internet, con lo cual realizan trabajos basados en referencias que no son del todo fiables o rigurosas. También tienen un cuestionamiento permanente del profesor porque ellos han encontrado información que ‘desdice’ a sus profesores.  ¿Esa información de dónde procede? ¿Cuál es la fuente? ¿Es fiable? ¿Está contrastada? Ese es en parte el contexto en el que se están manejando los profesores en relación con la desinformación.

 

Uno de los objetivos del proyecto es enseñar a la gente a buscar información.

Eso es clave. Primero buscar información; después saber seleccionarla: aplicar el pensamiento crítico para discernir cual es la de mayor calidad. Y después saber contarla. En la actualidad estamos todo el día compartiendo información porque somos prosumers. Consumimos y creamos contenido. Cuando alteramos de alguna manera un contenido para compartirlo con otra persona tenemos que hacerlo también de manera rigurosa, porque la fuente original se está perdiendo, desdibujando, y nosotros mismos le estamos dando una nueva vida al contenido original, al primario.

En la enseñanza ¿hace más daño la desinformación o los planes educativos diseñados por los políticos?

(Ríe) Bueno, la desinformación hace muchísimo daño, y también recibimos mucha desinformación sobre esas medidas que toman los políticos sobre esto, pero sin duda, ahora mismo, la idea es integrar la preocupación por la desinformación en esos planes formativos para que se fomente el pensamiento crítico y se ayude a encontrar información de calidad, para formar pensadores responsables y exigentes.

Es curioso: los jóvenes están en el punto de mira como propagadores del covid y también de la desinformación.

Sí. Ahora mismo son agentes susceptibles de ser propagadores porque no se contrastan los mensajes. La desinformación sobre el virus ha circulado principalmente por Whatsapp, donde nuestro comportamiento es impulsivo, no hay mucho tiempo para reaccionar y asumir la información. Y la compartimos porque suele ser muy emocional. Apela a los sentimientos. Creemos, además, que estamos alertando a alguien dándole una información buena para que tome decisiones adecuadas sobre su salud, o porque es entretenida y queremos quedar bien delante de nuestros amigos, ser simpáticos, buscar la popularidad. También compartimos esa información porque conecta con nuestra ideología, con nuestro sesgo, y coindice con nuestros intereses. Somos tan responsables en el fenómeno de la desinformación (jóvenes y usuarios en general como los que crean esa desinformación. Está en nuestras manos el parar, el dejar de compartir cosas que no suenan bien, que son sospechosas, excesivamente llamativas o que están mal escritas. Mensajes sin fuentes ni autoría.

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¿Qué intereses hay detrás de la creación y propagación de las noticias falsas?

Uno de ellos busca radicalizarnos. Últimamente se habla mucho de la polarización, de cómo nos extremamos en nuestro pensamiento. También hay un interés económico. En 2019 el Global Disinformation Index (GDI) tasó en unos 213 millones de euros lo que mueve la desinformación. Hay muchas empresas beneficiándose económicamente de todos los clicks y todo el tráfico que genera la desinformación. ‘Clickamos’ una información que es llamativa pero que no se corresponde con lo que anunciaba ese titular. Y hay visitas y por tanto ingresos a través de la publicidad.

También se puede buscar el causar daño a alguien, porque se le tenga odio o animadversión a una persona. Se le difama y se pone en el punto de mira para desinformar sobre ella.

Se lo pregunto a una profesional ¿Cómo sabemos que nos están dando gato por liebre?

Entrenando mucho. De ahí la necesidad de proyectos como el nuestro. Hay muchísimos otros. La Unión Europea está financiando proyectos desde las primeras etapas educativas a la universidad, además de proyectos para usuarios adultos. Y lo que se puede hacer es entrenar la mirada: fijarnos mucho en las fotografías que recibimos, si está pixelada o parece manipulada; si no concuerda mucho con el titular al que va asociada. Si es demasiado espectacular deberíamos empezar a dudar.

Hay ciertos hábitos de chequeo, de verificación, que los profesionales de la información lo hacéis a diario porque forma parte de vuestra rutina, pero nosotros como consumidores deberíamos integrar algunas reglas sencillas que nos permitan decidir si esa información es buena o no.

¿Pero tenemos tiempo para hacer tantas comprobaciones?

Realmente no. Por eso hay que tratar de hacer sencillas las cosas. Usar listas de verificación, que están ahora de moda, puede ser una guía fácil y bastante amena para comprobar en cuatro o cinco pasos la veracidad de una noticia.

Tampoco lo hacemos los profesionales de la información. Esta semana ha habido un claro ejemplo con una carta del Papa Francisco en la que no dice lo que muchos medios nacionales y periodistas de alcance han reproducido: que España debía pedir perdón por sus pecados en la conquista de América.

Igual que se han descontextualizado las declaraciones del ministro Escrivá sobre la jubilación. Estamos en una dinámica que un investigador denomina ‘recesión fáctica’. Hay un cuestionamiento permanente de los hechos, se descontextualizan las declaraciones y malinterpretan. Es un buen momento para pararnos, reflexionar y aprender de nuevo a consumir información. Los que nos hemos educado con los medios tradicionales eso lo hemos interiorizado, y ahora Internet supone una forma de consumir totalmente distinta. Hay que aprender a consumir la información porque es algo que afecta a nuestras vidas. Hay informes que señalan que a los jóvenes les está causando estrés y ansiedad el estar en un mundo que no es sólido informativamente. No tienen tantas certezas y sí cada vez más dudas. Eso les impide moverse a diario.

¿Es la industria del ‘factchecking’ de la comprobación de hechos y noticias, un sector emergente?

Parece que sí. Hay un laboratorio que ha censado los medios de verificación y existen unos 300 en todo el mundo. Parece por tanto que es un modelo de negocio aunque no se sabe si es más o menos viable, ya que estamos en una crisis de los medios de comunicación, que están buscando cómo financiarse a través de las suscripciones y la publicidad. Estos medios de verificación tiene también otros requisitos, porque no pueden ser financiados por determinadas empresas, los periodistas no pueden haber estado vinculados a partidos políticos previamente, antes de haber formado parte de sus plantillas, y tienen una forma muy particular de operar si quieren formar parte de esos medios reconocidos como medios de verificación o ‘factchecking’ .Les certifica la International Factchecking Network, que es una asociación que concede ese ‘sello de calidad’. Hay muchos profesionales trabajando en esto actualmente. Es un perfil. Nosotros en la universidad estamos entrenando a los alumnos a hacer verificación.

Pero el hecho de que haya una industria del ‘factchecking’ significa que estamos ante una preocupante crisis del periodismo.

Sí. Y luego algunas de estas empresas de verificación están siendo señaladas porque pueden tener intereses en algún momento. Intereses económicos o políticos. Es un modelo que está ahí y yo creo que, cuando menos, están haciendo una labor de concienciación.

Usted tendrá mucho trabajo con sus grupos de Whatsapp, ¿no?

(Ríe) Creo que nadie quiere interactuar conmigo ya, porque sospecho de todo. Pero quizá haciendo esa labor capilar, entre amigos y familiares, pues nos iremos concienciado entre todos. La sociedad es educadora.