María del Himalaya, enfermera y conferenciante: “Ninguna mujer que ha decidido decir ‘sí’ a la vida se arrepiente”


Sus conferencias no dejan indiferente a quienes las escuchan. Su testimonio es incómodo para quienes temen a la libertad y a la vida. Por eso la entrevistamos.

Amaya era feminista, atea y anticlerical. En particular-cosas que pasan- le tenía una especial inquina a Juan Pablo II y a la madre Teresa de Calcuta. Vivía de fiesta en fiesta, ganaba pasta, tenía un marido y un gran agujero en su interior que disimulaba como se disimulan las vidas vacías de hoy en las redes sociales. 

Aunque ella no lo sabía, Dios había trazado otros planes para Amaya, que andaba buscando una señal en el budismo, el yoga y la Nueva Era. No debieron ser buenas señales porque no evitaron varios intentos de suicidio y una pena muy grande que no podía consolar.  Su marido la había abandonado (“Esto se ha acabado, Amaya”) y ella se sentía muy sola, con un desasosiego que le acompañaba desde algunos años antes, cuando en el trabajo en la clínica donde ejercía de enfermera la trasladaron de obstetricia al quirófano de abortos. Desde entonces no puede escuchar sin sentir angustia el sonido de una trituradora.

En su búsqueda de la felicidad optó por el altruismo, que es un excelente primer paso, y un amigo la reclamó para Katmandú, lugar que había sufrido un terrible seísmo. Ella era montañera y podía acceder a las zonas escarpadas, aunque la verdadera escalada estaba por llegar. De la mano de las Hermanas de la Caridad – sí, las de la madre Teresa que ella tanto detestaba- vivió su epifanía. Y no cualquiera: toda una epifanía mística. A lo grande. 

En lo que  aún creía que era una casualidad- buscar a la única religiosa que hablaba español- se encontró nada más y nada menos que con Cristo Resucitado. Desde entonces Amaya es María. María del Himalaya. 

Esta semana ha estado en Córdoba para dar testimonio y defender la vida, que es lo verdaderamente revolucionario en esta época de revoluciones fracasadas pero impuestas por ley y por grupos de presión. 

Amaya nos recibe con una sonrisa grande. Tan grande como la gracia y el perdón que recibió en Katmandú. 

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Amaya era ”una excelente profesional con una proyección muy buena”.

Sí, eso decía el mundo y todos mis allegados (ríe). Hasta yo misma. Era una mujer exitosa, económicamente independiente. Ganaba lo suficiente y más, para ser eso a los ojos del mundo: una mujer con éxito. Tenía reconocimiento profesional, ropa cara, joyería, fiestas… Todas las áreas profesionales y personales yo, teóricamente, las tenía.

Está usted describiendo un perfil de Instagram hoy en día.

(Ríe) Sí, así es. Por eso me dan tanta pena cuando los veo.  Hace poco conocimos que una chica influencer de Youtube o Instagram, se había quitado la vida. También era una mujer exitosa que lo había alcanzado todo. Pero se quitó la vida.

Define el éxito como un agujero negro que se lo traga todo pero nunca se consigue tapar.

Sí, así lo defino. Un agujero que exige a las mujeres. Y a los hombres también.

El primer cambio en su vida se produce cuando en la clínica en la que trabajaba le cambian de una planta, la de obstetricia, a otra muy distinta.  Usted lo explica como un descenso al infierno.

Estaba en la planta del cielo, en la que veías la evolución de la vida en su plenitud, con la alegría de los padres y del alrededor, a descender a la planta del infierno. Muchas veces me preguntan si es una metáfora que hago para que se entienda y no es así. Es literal. Es ese ‘rechinar de dientes’. Es un preámbulo del infierno. Aquel quirófano era eso.

Usted se encuentra en ese quirófano, y cito textualmente, con “odio, muerte, desesperanza, desolación y veneno”. Es curioso, porque le ha faltado hablar del ‘derecho’ con el que se reviste todo esto.

Tampoco menciono a la libertad, ni a la justicia, porque allí no están. Allí hay manipulación, posesión – que es como obra el mal- y los intereses egoístas, corruptos e insondables de los que quieren obtener dinero. Porque la mujer es un objeto de la que obtienen un beneficio a través del asesinato de sus hijos.

¿Le han prohibido emplear la palabra ‘asesinato’ para hablar del aborto?

Sí.

¿Quién?

Pues personas que se sienten ofendidas cuando a las cosas las llamamos por su verdadero nombre, en este mundo donde todo es relativo.  Esa relatividad que nos pide que ‘dejemos de ofender’, que la verdad ya no es verdad o que la mentira se puede convertir en verdad y viceversa. Es una manipulación corrupta de la verdad. Si yo dijera lo que ellos quieren que diga, interrupción voluntaria del embarazo, estaría mintiendo. Y no me diferenciaría en nada a los que promulgan las mentiras. En España lo hacen nuestros propios políticos. Yo se lo explico a los jóvenes que no son tan manipulables como nuestros gobernantes creen. Los jóvenes cuando ven la verdad, la compran, porque están desesperados ahí fuera, sin esperanza y sin futuro.  Todo lo que les prometen nunca se cumple. El ser humano tiene un único anhelo: ser feliz. Pero no la felicidad que ha implantado este mundo.

La mujer es un objeto de la que obtienen un beneficio a través del asesinato de sus hijos.

Los jóvenes entienden perfectamente cuando se habla de ‘interrupción’ y se define ‘voluntaria’. Cuando les cuento que nosotros en el quirófano apagamos el ecógrafo para que esa mujer no escuche el latido cardíaco de su bebé, y volteamos la pantalla para que no pueda verle, ellos advierten que actuamos con trampas. Y eso se hace porque no es justo ni es un derecho, ni es libertad. Sólo los tramposos tienen que usar trampas para obtener lo que quieren. a toda costa.

Sé de lo que hablo porque yo era la encargada de apagar el ecógrafo, de voltear la pantalla, de ‘cegar’ aún más- porque ya vienen ‘ciegas’- a las mujeres que se van a tumbar en aquella camilla.

Mujeres que, según manifiesta en sus encuentros, son mercancía y nunca han sido tan esclavas como ahora.

Sólo la verdad es lo que hace libre al ser humano. La verdad salvaje que te hace libre en el amor verdadero, en la honestidad, la lealtad, la ética, la moral, en el compromiso, en el valor… Solo esa verdad proclamada con su fuerza y su luz nos hace libres. Todo lo que no esté en esa verdad, es mentira. Y todo lo que es mentira nos esclaviza a esa misma mentira.

La providencia puso en su camino un piececito.

Sí. Un piececito de un bebé, de un no nacido que ya había sido asesinado. Ya lo habíamos despedazado en el interior del útero de su mamá. Ya lo habíamos desmembrado, por eso lo que cayó allí fue el piececito de un cuerpo formado y con un corazón que latía. Hay un cubo debajo de las piernas de la mamá. Primero entran unos dilatadores vaginales y unas pinzas con el objetivo de desgarrar y romper en el interior del útero ese bebé, que está vivo. No es un coágulo, como se suele decir. Era un pie formado. Es cubo o contenedor está lleno debido al mucho trabajo y a la aspiradora que usamos. Mi misión era vaciarlo a otro lugar que es un triturador, donde se trituran esos restos humanos. Al vaciarlo caen todos los restos, excepto un piececito, que se queda allí encima de la mesa de una sala contigua al quirófano. Cuando lo vi me agarré a la mesa. Me estaba mareando.

Y claro que yo veía cada día el ecógrafo cada siete minutos con cada mujer de lunes a jueves desde las ocho de la mañana hasta las tres del mediodía, pero ese día cayó un velo. El mío, el de la ceguera. Yo vi real ese pie. Me percaté de que eso tenía vida, que estaba unido a una pierna, aun tronco, a un corazón, a un cerebro. A un futuro, que ese día yo junto con un médico, se lo hemos quitado. ¿Pero quienes somos nosotros para hacer esto?

Desde mi feminismo pensé “¿Y si ese pie es el de una niña?” ¿Estamos asesinando niñas que no nacerán para el beneficio de otras niñas que juegan a ser mayores, y cuyo resultado es ese embarazo y tener que deshacerse de esa niña? ¿Pero qué estamos haciendo las feministas? Aquello me rompió.

Me gustaría que nos detuviéramos en esa parte más descriptiva, y cruda, de la muerte del feto, porque es precisamente la que se suele ocultar desde la asepsia clínica.

Ahora las técnicas han cambiado. Yo siempre hablo de la que conocí. No cuento una historia que haya leído en libros. Nadie me ha comprado ni pagado para que salga a contar esto, sino que cuando descubres la verdad y ves el engaño al que estabas  sometida y otras hermanas tuyas siguen sometidas, tienes que contarlo porque esa es la verdadera libertad. Yo hago esto por amor. Y pongo en riesgo mi vida, soporto insultos y he perdido todo. No me beneficio de nada ni cobro dinero por esto. Hay quienes dicen que me estoy haciendo de oro con esto y felizmente no es así.

¿Qué están impidiendo que se diga porque pierden dinero? Muchas mujeres que escuchan este testimonio son ‘tocadas’ y no abortan. ¿Tú sabes lo que se siente cuando vienen a buscarme con su hijo o su hija y me dicen que ese el fruto de la verdad que proclamo? Ninguna mujer que ha decidido decir ‘sí’ a la vida se arrepiente. Ninguna.  Hagamos la comparativa de ver qué sienten las mujeres que han abortado. Si de verdad lo que nos importan son las mujeres, vamos a dejarlas hablar. Pero no quieren que hablemos. Ni tampoco quieren que yo lo haga

¿Qué sucede en el quirófano? No se puede asesinar de la misma forma a un bebé de nueve meses que de diez semanas. Ahora hay una técnica que se emplea en Francia y en EEUU – y supongo que también en España- que consiste en introducir unas pinzas especiales que buscan el cráneo del bebé y lo aplastan. Todo el cuerpo sale íntegro y muchas veces con ese cuerpo se investiga. Se realiza investigación científica curiosamente para salvar la vida de otros niños. La ciencia ahora mismo está siendo absolutamente macabra con la vida, formando parte de este holocausto. Eso hacían los nazis con los judíos. Otras técnicas que se emplean son unas soluciones salinas que provocan una parada cardíaca en el bebé o se les quema con un ácido salino que solo ataca al bebé. Lo abrasa.

La técnica que se empleaba cuando yo estaba ‘allí abajo’ consistía en unos hierros vaginales dilatadores cuya longitud y grosor iba variando desde el inicio hasta el final de la práctica abortiva, del asesinato del no nacido, y también condicionado por el número de semanas de gestación. El bebé, y esto se ve, se pone en la parte más alta del útero: es su instinto de supervivencia, con el que nacemos todos los seres vivos. Trata de impedir que esos hierros le golpeen, ya que penetran indiscriminadamente y van a romper, con el bebé vivo, sus partes blandas, cartilaginosas. Cráneo, extremidades, caja torácica… todo. Luego se emplean unas pinzas que cogen los trozos más grandes que no pueden ser absorbidos por el aspirador, y eso es desgarrado en vivo y sacado hacia el exterior.

Si de verdad lo que nos importan son las mujeres, vamos a dejarlas hablar. Pero no quieren que hablemos. Ni tampoco quieren que yo lo haga.

Los partidos políticos de izquierdas, con el sospechoso silencio de algunos de derechas, denuncian que las personas como usted pretenden coartar los derechos de las mujeres.

Esa es su gran mentira, y lo cierto es que les funciona para salirse con la suya. La única coacción es la que ellos emplean. Reciben muchísimo dinero a cambio de que aprueben leyes del aborto, aquí y en todo el mundo. ¿Qué tienen que sacrificar a cambio? A sus mujeres. Y a los futuros hijos. ¿Cómo se coacciona a una mujer? Pues apagando el sonido del ecógrafo. Diciéndole que tiene que acudir sola, no dándole otras opciones que ni siquiera se las plantea. Se coacciona imponiéndoles con argumentos y en muchas ocasiones con fiereza y violencia que el aborto, el asesinato de su hijo, es la única vía de escape que se le presenta para su bien y para la situación que está viviendo, que es terrible.

Se les obliga a ir solas, se las aísla. ¿Cuándo es más vulnerable una mujer que con temor y miedo a algo que está pasando y que ella no preveía, sola? Sin su padre o madre, sin su novio o marido, sin una amiga. ¿Por qué necesitamos decirle que acuda sola? ¿Por qué la cita tiene que ser de hoy para mañana? ¿Por qué esa inmediatez? Si yo creyera de verdad que eso es bueno trataría de calmarla, enviarla a casa, informarle sobre la opción que se le da. Le animaría a que hablara con las personas que la aman. Pero no. A ellos les interesa que seamos (las mujeres) islas. Que estemos aisladas para que solamente reaccionemos a sus estímulos. Eso es coaccionar.

Amaya se fue a Katmandú cargada de demonios y allí se los dejó.

Sí, allí se quedaron todos, donde hay también muchos (ríe). Amaya tuvo la llamada de un amigo nepalí. Yo ya había estado allí haciendo montaña y me enamoré de ese lugar. Fui justo cuando mi esposo me abandonó tras 28 años juntos, y recibo la llamada porque había habido un terremoto y necesitaban profesionales sanitarios que pudieran ayudar y que fueran expertos en montaña, ya que había que acceder a algunas aldeas remotas. Y dije que sí. Estaba ya desesperada, triste, con mis cuentas bancarias llenas, una casa de lujo, coches, joyas y ropa de marca. Pero yo estaba absolutamente desolada y sola. A pesar de mi familia y mis amigos. No entendía qué pasaba.

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Me fui y allí me encuentro con el que es la verdad que te hace libre; con el que es el camino que te lleva a casa. Y eso proporciona la verdadera felicidad. Me encuentro con Jesús, yo, la atea de las ateas(ríe). Me encontré con la vida y con el amor por uno mismo, como Cristo dice que hay que amarnos, no como lo dice el mundo.

Vivimos en una cultura de la muerte. Todo hay que matarlo, hay que asesinarlo. Muerte que siembra muerte cuyos frutos son muerte. Cadenas y cadenas. Y estábamos llamados a ser tan felices…