Javier Benegas, periodista y escritor: “Parece que estamos pidiendo tiranos”


En unos días el autor publica un nuevo ensayo tras 'La ideología invisible' que promete no solo invitarnos a la reflexión sino que nos apela a pasar a la acción

Nos confiesa que se acaba de meter entre pecho y espalda 48 documentos desclasificados sobre Afganistán. Quiere tener más información, mayor perspectiva. Esa manera de documentarse que emplea Javier Benegas (Madrid, 1965) forma parte del denominado ‘periodismo lento’, que según todas las biografías consultadas, es algo impulsado por él mismo. Desde luego que en estos tiempos acelerados y complejos conviene reducir la velocidad para tratar de entender el mundo. De alguna manera es lo que Benegas pretende – y consigue- con Disidentia, un digital altamente recomendable para quienes deseen tener una visión alejada del discurso mayoritario y casi único y que el autor también ha denunciado en su obra ‘La ideología invisible’ (2020), un ensayo sobre la totalitaria corrección política y que es uno de los libros de su categoría más vendido en España, algo que no deja de sorprender a su autor por ser este país como es. Benegas disecciona, analiza, reflexiona y expone con una lucidez que en algunos momentos casi asusta porque el panorama dibujado no invita al optimismo, precisamente. Aunque el autor  se nos confiesa optimista a pesar de todo. En los próximos días verá la luz ‘Vindicación’, publicado como su predecesor en Amazon, porque también Javier Benegas huye del stablishment editorial patrio. La libertad, como la disidencia, se ejerce. Benegas está en ello.

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 Hacemos esta entrevista horas después de un atentado terrorista en el aeropuerto de Kabul ¿Qué escenario es el que tenemos por delante con Afganistán?

Un escenario completamente terrible. Sobre todo por la imagen que se ha transmitido. Son 20 años de una campaña que empieza con ‘Libertad duradera’ en 2001, con una filosofía en principio no solo de luchar contra el terrorismo, sino de exportar a esos “lugares oscuros” nuestros valores – los valores de la civilización occidental y la democracia-, pero con una mentalidad antigua y equivocada de mantener viva la idea de ‘la victoria’. La victoria en el sentido convencional y tradicional. Y es evidente que este tipo de “luchas” no funcionan ya en claves de victoria o derrota. Desde el momento en que se entra en Afganistán solo se tiene una opción, y es resistir y prevalecer. O lo que ha ocurrido al final, que es poner pies en polvorosa y, lógicamente, dejar un vacío de poder que ha sido llenado rapidísimamente no solo por esos energúmenos que son los talibanes, sino por otras potencias que no son muy amigas de las libertades.

Del vacío de poder político en Afganistán al exceso de poder de determinada prensa ideológicamente inclinada hacia la izquierda. ¿Fue el motivo para crear ‘Disidentia’?

Yo tengo mi duda, y lo planteo con frecuencia, de que exista una ideología detrás. Creo que lo que existen son una serie de particularismos ideológicos. Antes las ideologías, mejores o peores, eran mal que bien argumentativas. Lo que hoy existe es una especie de potpurrí de particularismos, realmente. Si nos fijamos en cada uno de los ‘ismos’ que dominan la prensa vemos que son una papilla de corrección política, de identitarismos, de victivismos que además de haber capturado a la prensa dominan en buena medida el espectro ideológico más allá de la izquierda.

Hablando de Afganistán, no hay cosa más delirante que escuchar o leer en los medios que se plantean dilemas como si va  a ser posible un gobierno talibán inclusivo. Es absolutamente incomprensible  e increíble que es tipo de planteamientos se puedan manifestar a los lectores. Un ‘gobierno talibán inclusivo’ es un oxímoron (ríe). Es una cosa completamente loca.

No hay cosa más delirante que escuchar o leer en los medios que se plantean dilemas como si va  a ser posible un ‘gobierno talibán inclusivo’. Es absolutamente incomprensible  e increíble que es tipo de planteamientos se puedan manifestar a los lectores.

La corrección política está ampliamente tratada, y criticada, en ‘La ideología invisible’, un libro de ensayo que goza de excelentes ventas. Su tesis es que eso que conocemos como corrección política nace tras el final de la I Guerra Mundial.

Es un atrevimiento histórico poner una fecha exacta pero sí, creo que ocurre en ese giro copernicano que se produce en el devenir de la civilización occidental. A lo largo de 25 siglos hay una idea de progreso que se va formando, alicatando, hasta llegar a la Ilustración, y a partir de ahí, en los últimos doscientos años, con la democracia se consolidan cuestiones como los derechos civiles o principios fundamentales.

A mí me da la sensación, cuanto más he leído, que la I Guerra Mundial supone un shock enorme. Rompe por completo ese devenir de Occidente, que tenía una capacidad muy importante: la de ponerse delante del espejo. Una autocrítica que nos permitía ir incorporando elementos nuevos y desechando los obsoletos, pero siempre siendo coherentes con nuestro pasado. Y eso creo que se rompe bruscamente con la Primera Guerra Mundial, sí.

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En ese libro hay una excelente metáfora que explica muy bien gran parte de lo que está pasando. ¿Sería capaz de resumirnos, y explicarnos, la metáfora del “burro volador”?

(Ríe) Sí, es esa dinámica que hay en la política actual precisamente por la corrección política y que la convierte  en un ejercicio de ensoñación, de lo que se llama ‘buenismo’ y que genera fenómenos alucinantes como por ejemplo establecer verdades que no son tales. La metáfora del burro volador, que da título a un capítulo del libro explica precisamente ese proceso mediante el cual, de repente, las ‘almas puras’, los ‘hombres buenos’ que dominan el panorama político, nos imponen una serie de dogmas por los cuales ya no importan si estos surgen de una verdad o una falsedad, sino que es un ideal al que hay que aspirar y por lo tanto, en el momento en que se impone ese ideal, no hay ningún tipo de análisis de si la premisa de la que éste parte es cierta o es falsa, y eso es lo de menos. Lo que importa es conceder deseos, más que derechos, que es lo que hace hoy en día la política. Estamos viéndolo. No se parte de algo que tenga un sustento o relación con la realidad, sino que parten de ideas que son imaginarias y que nos atribuyen derechos como el que intenta decir la metáfora a pensar que uno puede ser aquello que desee ser, simplemente porque uno se percibe de una determinada manera. Y eso no es un derecho. Desear que los sueños se conviertan en realidad es un disparate.

Hace una semana, aquí mismo, el filósofo Quintana Paz nos decía que hacían falta urgentemente nuevas élites. Usted sostiene en el libro que las actuales élites, sencillamente, se han vuelto estúpidas.

Es que más que nuevas élites, lo que pienso es que hace falta que existan élites. Si nos ponemos estrictos, yo diría que no existen realmente élites como tales. Es decir, existen lo que se da en llamar ‘los expertos’, los tecnócratas- si se quiere en otros casos-, pero lo que es la élite como la entendíamos tradicionalmente pienso que no existe. Por más que nos quieran decir que existe un plan para dominar el mundo, yo soy más pesimista que todo eso: creo que existe un caos descomunal. Y no hay nadie en disposición de poner orden. Y no de poner orden por la bravas sino utilizando la razón. No con expertos sino con lo que antiguamente eran los filósofos. Yo creo que Quintana es demasiado optimista, porque no tenemos élites.

 

Por más que nos quieran decir que existe un plan para dominar el mundo, yo soy más pesimista que todo eso: creo que existe un caos descomunal. Y no hay nadie en disposición de poner orden.

Hablando de expertos y para la sección de ‘Frases que piden mármol’, una de ellas está acuñada  en su Twitter: ‘Comité de espectros’

(Ríe) Te voy a poner un ejemplo: ahora con la pandemia, consiste en esa apelación a la Ciencia que hacen los gobiernos o algunos gobernantes, como si la ciencia fuera una religión monoteísta, una cosa uniforme, indisoluble,  y unívoca. La realidad es que ‘la ciencia’ no existe como tal, sino una comunidad científica enorme, extraordinariamente compleja donde se producen – aunque a veces se silencian- enormes debates y discrepancias, como no puede ser de otra manera. Sin embargo hemos instalado creencias monoteístas. Somos una sociedad que necesita creer y apelar a la ciencia a la hora de imponer una serie de restricciones que son un verdadero horror, que no van a funcionar y que van a agravar los problemas. Pero vamos a apelar a la Ciencia como apelamos al comité de expertos, al que yo llamo de espectros porque, si no recuerdo mal, había uno en España que resultó ser nada más que aire. No había nombres propios. No había nadie.

Más frases de Javier Benegas para tener en cuenta: “Transición energética, viaje a la pobreza”.

No me cabe duda. Hablo de memoria y no recuerdo exactamente la cifra, pero me pareció alucinante el dinero que había invertido Alemania en los últimos 10 años precisamente para la transición energética. Creo que era algo más de medio billón de euros, e igual me quedo corto. Y el resultado había sido un encarecimiento muy notable del sistema energético alemán, de la electricidad, y una reducción de emisiones absolutamente inexistente. No solo no las habían reducido sino que emitían un poco más que antes de ese enorme gasto. ¿De dónde sale ese dinero que no ha servido absolutamente para nada en Alemania? Ojo, que yo no estoy poniendo en cuestión ni el cambio climático ni el calentamiento global. No soy científico, no soy una voz autorizada y solo intento documentarme. Pero lo que sí pongo en cuestión es que precisamente los expertos estén cualificados para que la transición energética no esté convirtiéndose en lo que se está convirtiendo: en una quiebra económica de los particulares muy notoria. Sin ningún tipo de mejoría en el objetivo que se pretende conseguir.

Y es hay que decirlo muy alto. No significa ser negacionista sino señalar que los expertos, me parece, está errando. Hay una percepción generalizada no solo con esto, y es que los políticos están dando palos de ciego.

Usted ha dicho que “cada vez nos mueve más el miedo y menos la ambición”.

Somos sociedades que tiene miedo hasta de su sombra. Yo no he visto una sociedad que tenga más miedo y más aprensión que la nuestra sobre todo lo que le rodea. Debería ser justamente lo contrario, es decir, que esta sociedad con todos los avatares que ocurren o puedan ocurrir, es la sociedad que ha tenido una mayor esperanza de vida desde que existe la humanidad. Es la sociedad más segura, mejor atendida y con una mayor calidad de vida en todos los aspectos. Y sin embargo, peso a todo eso, somos una sociedad que tiene un pavor atroz. Vive permanentemente en la neurosis. Somos una sociedad muy neurótica. Y pienso que esa neurosis es fácilmente explotable.

Estoy siguiendo muy de cerca lo que está ocurriendo en Australia respecto a su plan de ‘Covid Cero’ y me estoy quedando completamente perplejo de que una democracia liberal y un gobierno cuyo líder es el líder del partido liberal, esté confinando a la gente incluso, casi, emparedándolas en sus propias viviendas. Y concediendo el derecho de que se pueda salir a correr una hora a la calle dependiendo del señor que gobierna. Nadie en Australia, salvo unos cientos de personas, han salido a la calle a pedir explicaciones.

El miedo es muy peligroso y esta es una sociedad con miedo. Y con éste viene normalmente la tiranía. Y parece que estamos pidiendo tiranos.

¿El covid ha sido un acelerador para los fines de la denominada ingeniería social?

Por poner una imagen que sea fácil de percibir, podemos decir que es como si cae una tormenta, un enorme chaparrón sobre un terreno ya muy reblandecido. Eso es lo que supone para mí la covid. Es una trayectoria de larguísimo recorrido la de la ingeniería social. Hemos transformado nuestras sociedades que eran capitalistas y competitivas en sociedades tecnocráticas dirigidas. Y dentro de esa transformación, una amenaza global como pueda ser un virus es un elemento que sin duda alguna imprime una mayor velocidad a esa toma de control. Hay que recordar que hace no tanto los propios progresistas se lamentaban porque el común -lo que llamaban ellos los obreros o proletarios-  no parecían tener demasiado interés por la política, y los apelaban para que se concienciaran de que era importante tomar partido. Y después de aquello, de repente la gente parece que se desentendió todavía más de la política y ahora, los propios que antes se lamentaban de nuestro desentendimiento, ahora se felicitan por ello. Incluso nos empujan a apartarnos del juicio político. Consideran que no estamos capacitados para juzgar la acción política.

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En Disidentia se hace honor al denominado ‘periodismo lento’, a la reflexión, al análisis y la opinión. ¿Es posible el ‘periodismo lento’ en la era del clickbait ?

Claro que es posible, lo que ocurre es que el ‘periodismo lento’ tiene un público, como todo. Desde luego lo que yo no sé decir es hasta qué punto es posible. Por ahora nosotros no nos quejamos. Lo que sí es evidente es que como no haya un periodismo un poco lento, si solo prevalece este presentismo y este consumismo arrollador, en el que no da tiempo no ya a entender un problema sino a digerir un titular, si no echamos un poquito el freno nosotros mismos y nos paramos, si nos dejamos llevar por este torrente de informaciones que se amontonan de mala manera y que caducan – apareciendo y desapareciendo a la velocidad de la luz- , vamos a tener un problema a la hora de formarnos una mínima composición de lugar. No solo ya respecto a un tema, sino sobre nuestra posición frente al mundo. Ahí tenemos un problema.

No da tiempo no ya a entender un problema sino a digerir un titular, si no echamos un poquito el freno nosotros mismos y nos paramos, si nos dejamos llevar por este torrente de informaciones que se amontonan de mala manera y que caducan – apareciendo y desapareciendo a la velocidad de la luz-  vamos a tener un problema a la hora de formarnos una mínima composición de lugar.

¿De qué va a hablar ‘Vindicación’, el nuevo libro?

‘Vindicación’ es una palabra que para mí es importante. Es una apelación a que podemos pedir y esperar que venga alguien o haya unas élites – como hemos planteado antes- , o que venga un partido político con un líder afortunado que nos saque las castañas del fuego. O que se produzca cualquier fenómeno que nos saque del atolladero. Y ‘Vindicación’ lo que va a señalar, haciendo un análisis pormenorizado de bastantes cuestiones, es un poco sentarnos en el diván de un psicólogo para entender que cualquier solución que no empiece en nosotros mismos no va a ser una solución. Hay una frase de la que no recuerdo el autor pero que me gusta mucho y es que cualquier salvación que no provenga de donde nace el peligro es, en sí misma, una desventura.vindicacion 1

Y creo que la salvación tiene que empezar dentro de nosotros mismos. Si te das cuenta, una de las tendencias más notables de esta época es echar siempre la culpa al otro, es decir, cuando apelamos que la sociedad es un desastre, que la sociedad ha enloquecido o que es estúpida, siempre nos situamos fuera de la sociedad. Señalamos a la sociedad como un ente en el que nosotros no estamos, sino que son los otros los que se equivocan. Es el otro el que no tiene razones. Y creo que ese es uno de los principales problemas. ‘Vindicación’ va a poner sobre la mesa, por ejemplo, la incapacidad crónica y crítica para luchar de esta Europa en la que estamos hoy en día. Esa incapacidad  muy preocupante y no se trata de hacer una exaltación de la guerra, sino de entender que la guerra era una calamidad y un desastre, pero al menos ponía de manifiesto un sentido del deber que hoy en día ha desparecido, y que empieza en nosotros, no en el otro.

Somos nosotros los que tenemos que empezar a ser ejemplares, no solo a criticar y señalar.