Miguel Ángel Quintana Paz, filósofo: “Necesitamos nuevas élites con urgencia”


Políticamente incorrecto, Quintana Paz atiende nuestra llamada para hablar de redes sociales, pensamiento crítico y batalla cultural

Estamos en guerra y a Miguel Ángel Quintana Paz (Salamanca, 1973) le sorprende que muchos no lo vean. Algunos la llaman ‘batalla’, pero por sus dimensiones y estructura, la guerra cultural es mucho mayor y opera en distintos campos, aunque hay uno que es el que más se resiente: el de la capacidad de crítica. No solo porque cada vez se permite menos discrepar, sino porque el enemigo es poderoso y anula las mentes y la curiosidad humana, esa naturaleza que nos impulsa a mirar siempre más allá. El filósofo que hoy que nos atiende telemáticamente está en otro campo de batalla mucho más dulce, rodeado de piezas de Playmobil y construyendo un hospital con sus sobrinos. A pesar del receso familiar, Quintana Paz ha querido atendernos y ha hallado el hueco que otros, muy pagados de sí mismos, ni tan siquiera buscan. Encontrarse gente accesible, con cosas verdaderamente interesantes que decir y que te obsequien minutos de su tiempo es un regalo enorme en estos tiempos de poses y prisas.

De la prolífica labor y trayectoria intelectual de nuestro protagonista no vamos a dar cuenta aquí porque nos falta espacio, pero sí es destacable que hace un mes abandonó la universidad como profesor por culpa de “la burocracia, el pedagogismo y la formación con la que los chicos llegaban a las aulas”. Lo explica con clara honestidad en una columna de The Objetive, donde asiduamente escribe. Ha impartido cursos, ha escrito libros (con la hermenéutica como motivo amado y principal) y no nos consta que haya plantado un árbol, pero el hospital de Playmobil para sus sobrinos puede simbólicamente sustituirlo.

Ahora Quintana Paz ostentará el cargo de director académico y profesor del Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (ISSEP) en Madrid, auspiciado por Marion Maréchal, sobrina de Marine Le Pen; lo cual le ha valido ser etiquetado, adivínenlo, como filósofo ultraderechista. Él se lo toma estoicamente a guasa en su perfil de Twitter, red social en la que Miguel Ángel Quintana es el filósofo en lengua española más seguido (mas de 54 mil followers), y que utiliza para aconsejarnos cómo leer un ensayo de manera correcta (“y sacarle partido”) o entablar discusiones, caldear el ambiente, meterse en algún que otro jardín y dar la batalla a la que, según él, estamos interpelados.

image0 1

No parece Twitter la mejor plataforma para hablar de filosofía.

Hay que tener en cuenta que Twitter, entre las redes sociales de éxito, y a pesar de sus muchos defectos, es la que se ha vuelto más pedante. ‘Pedante’ es una mala palabra, pero implica también cierto nivel intelectual. Es verdad que junto a ello también prolifera la bazofia, gente que insulta, murmullos… Pero a pesar de todo eso, que no permite que se parezca a un aula universitaria, tampoco es exactamente un bar. O es un bar como el Café Gijón, porque a veces se dan conversaciones extraordinariamente interesantes con gente de altura intelectual, y que procede de cualquier parte del mundo: premios Nobel, por ejemplo, están en Twitter. Esto, si prescindimos de los murmullos y los abucheos, no es poca cosa.

¿Cabe decir algo interesante en 280 caracteres? Bueno, quizá es que tenemos la idea de que la filosofía es una cosa reservada para grandes ‘tochos’ donde un señor se pone a hablar y a reformular el mundo entero. Y es verdad, eso es filosofar y eso está bien. La ‘Crítica de la razón pura’ es un libro filosófico perfectamente valioso, pero filosofía no solamente es eso. La filosofía práctica, por ejemplo, concretamente la ética –a la que yo me he dedicado algo más–, se inicia con Sócrates. Y Sócrates salía al ágora, a la plaza del pueblo, a discutir con la gente. Eso se puede parecer bastante a Twitter. Por otra parte, la escritura filosófica también ha recurrido a formatos breves, como los aforismos. Nietzsche lo hizo, Lichtenberg y otros muchos también, y de los presocráticos nos han quedado fragmentos que bien pueden sonar a tales.

De todos modos, Twitter te permite citar o poner enlaces a textos mayores. Así que, como conclusión, claro que se puede filosofar en esa red. De hecho, hay en ella filósofos de empaque.

Una red social en la que también existe la censura. ¿Ha sido censurado Quintana Paz?

Pues por suerte no. Estoy un poco preocupado por ello, porque casi todos mis amigos lo han sido una o varias veces. Yo jamás. En ocasiones puedo ser bastante ácido y, cuando transcurre tiempo, a veces pienso que me he sobrepasado y he sido un bruto; pero bien es verdad que casi nunca lo soy de manera directa, con meros insultos. Así que creo que a los algoritmos les resulta difícil captar ironías, sarcasmos o alusiones –malévolas, por supuesto–. De hecho, cada vez hay más personas a las que también les cuesta, de modo que si mis tuits pasan un supervisor humano probablemente eso también me salve.

Ahora mismo Afganistán es uno de los temas que se comentan en ese foro. ¿Quedará algo de Afganistán en Twitter dentro de un mes?

Quién sabe, aunque yo creo que este episodio no es una anécdota más. Justo ahora ando escribiendo sobre ello. Pienso que, en primer lugar, Afganistán puede ser la constatación del fin de alguna ideología, como la neoconservadora o ‘neocon’. La gente acabó llamando ‘neocon’ a todos los conservadores, porque es una palabra gruesa. Si no eras progre, te llamaban ‘neocon’. Pero es un adjetivo que tiene un sentido muy preciso y que justamente alcanzó su cénit cuando se inició la incursión que ahora concluye en Afganistán, en 2001. Alude a asesores e intelectuales norteamericanos que venían de la izquierda –del trotskismo, para más señas–, influidos por Leo Strauss, y que se habían pasado a la derecha con la convicción de que era misión de los EEUU tras la Guerra Fría expandir la democracia por todo el mundo, ya fuera por las buenas o por las malas. Se trata de una idea que desde hace años ya nos venía resultando un tanto ridícula, y el fracaso de Afganistán ha corroborado su hundimiento.

Pero creo que también cabe vislumbrar ahora, aunque no sea tan obvio, el callejón sin salida en que sea ha adentrado la típica izquierda antiimperialista, esa que a su vez ha comprado todos los identitarismos (de género, raciales, de orientación sexual…). Hablo de un Podemos, por ejemplo. Estos días hemos podido vislumbrar a los ‘famosos’ de Podemos en una tesitura extraña: por una parte, se veían obligados a apoyar a las mujeres afganas (les obliga a ello su neofeminismo); pero por otro lado eran incapaces de ponerse de parte de EEUU, cuyas tropas eran las que estaban salvaguardando la dignidad de justamente esas afganas. ¿Quieren que se proteja a esas mujeres de los talibanes o quieren que los americanos se vayan a casa? Sus ideología contradictoria les impide apostar tanto por una como por otra opción: dilema endiablado que les muestra definitivamente ridículos.

Ahora bien, por último, creo que también estamos viendo el inicio del final de esa izquierda quizá no tan radical ni ‘podemizada’, pero que ha comprado igualmente todos los mantras neofeministas, de las identidades étnicas y raciales, LGTB y demás. Me refiero a un PSOE, por ejemplo. Como ideología triunfante que hoy es, ese progresismo ‘woke’ ha llegado a Afganistán para hacer proselitismo: en 2015 ya tenían posgrados en identidad de género. Y en 2019 el Washington Post publicó documentos de la guerra afgana donde funcionarios de allí advertían de que se pretendía construir la casa por el tejado: se estaba intentando insuflar progresismo estadounidense desde sus universidades o medios de comunicación, mientras a la gente le faltaba incluso agua para sus cultivos.

Hoy vemos que esa tentativa de implantar un capitalismo moralista en las cabezas afganas, antes de normalizar su situación económica, ha supuesto un enorme fracaso. No olvidemos que los talibanes no habrían podido vencer si el apoyo de gran parte de la población. Y que una encuesta no tan antigua del Pew Research Center cifraba en más del 90 % el porcentaje de afganos que apoyaban la sharía (la cual, sin duda, tiene muchas interpretaciones, pero están siempre lejos del espíritu de la Declaración de Independencia de los EEUU o de los idearios de su Universidad actual).

Esa tentativa de implantar un capitalismo moralista en las cabezas afganas, antes de normalizar su situación económica, ha supuesto un enorme fracaso.

Esto será algo que se explique en el Instituto Superior de Sociología, Economía y Política de Madrid, ¿no?

Vamos a explicarlo y vamos a discutirlo. Una gran ventaja de ISSEP es que cuenta con expertos en Geopolítica (que tiene su módulo específico), pero también en Historia, Derecho, Gestión, Economía o Filosofía. Damos también mucha importancia al módulo de Comunicación, en que entre otras cosas practicamos técnicas de debate racional. Todo ello nos permite un enfoque pluridisciplinar ante cualquier problema, sin camisas de fuerza, ni constreñimientos. No seremos un lugar en que quede discusión alguna por abordar solo porque no sea políticamente correcta.

Es verdad que el lugar para esa tarea han sido tradicionalmente las universidades. Pero cada vez la cumplen con mayor dificultad. Así que hemos creado un espacio para propiciar lo contrario. Cierto es que no nos presentamos como ‘neutrales’, pues a menudo se confunde ‘apertura’ con ‘vacuidad’. No estamos vacíos de ideas: yo tengo las mías, todos nuestros docentes las tienen y nuestros alumnos vendrán con las suyas asimismo, inevitablemente diversas entre sí. Pero una de nuestras convicciones es que la civilización que nos ha traído hasta aquí, la occidental, no es el monstruo opresivo que muchos nos quieren vender. De hecho, no seré eufemístico: creemos que es una civilización que merece la pena cultivar. Incluida su pasión por la discusión racional.

¿Eso forma parte de la batalla o guerra cultural que cada vez más voces proponen?

Sí. En ISSEP tenemos claro que hay que librar una batalla cultural. No vemos a nuestro alrededor tiempos pacíficos. De hecho, me cuesta mucho entender al que siente que vivimos una ‘paz cultural’.

¿Qué significa que estamos en guerra cultural? No se trata, claro está, de arrojarnos libros unos a otros a la cabeza (ríe). La cultura es un sustrato común que nos vincula. Tú y yo necesitamos hablar español para entendernos ahora, pero también necesitamos tener un montón de referentes y principios comunes para comprendernos de veras. Ese sustrato común que es la cultura,  civilización o marco mental –como se quiera llamar–, todo eso hoy no podemos darlo por supuesto entre quienes nos rodean. Es más: hay toda una versión de marco mental alternativo (una propuesta de civilización ‘woke’, ‘progresista’, ‘poscristiana’ o ‘postopresiva’) que combate el que tradicionalmente ha sido marco de nuestra cultura occidental. A esa lucha entre dos modelos de civilización es a lo que llamamos ‘guerra cultural’.

Dicho de otra manera: hemos perdido muchísimos consensos clásicos de nuestro legado judeocristiano y grecorromano. Y por eso me cuesta entender a la gente que niega algo tan evidente como eso. Que me diga qué consensos van quedando incólumes. Fijémonos solo en lo jurídico: pocos negarán que el Estado de derecho está bajo ataque. Que hay cada vez más gente con poder que considera que las leyes deben cumplirse o no dependiendo de quién sea el afectado; que la presunción de inocencia debe respetarse o no dependiendo del sexo del acusado; que un Gobierno, tras lograr el poder gracias a los votos, puede prescindir de cualquier limitación a este. Siglos de aprendizaje sobre algo tan útil como el Estado de derecho se tiran hoy por la borda con una frivolidad pasmosa.

Hemos perdido muchísimos consensos clásicos de nuestro legado judeocristiano y grecorromano. Y por eso me cuesta entender a la gente que niega algo tan evidente como eso.

Defender esto que usted expone es arriesgarse a que a uno le llamen, cuando menos, ultraderechista.

Claro. Una de las armas que se utilizan para esta ruptura de los consensos consiste en divulgar que los que estamos del lado de nuestra civilización y sus logros evidentes (algo, hasta hace no tanto, de lo más convencionalote) somos unos exaltados. Pero bueno, es parte del arsenal con que el enemigo libra esta guerra. Simplemente, hay que ponerse un escudo ante semejante idiotez.

De hecho, somos herederos de una civilización que no solo se autocritica constantemente, sino que considera tal actitud como algo en principio positivo. Algo de lo que no todas pueden blasonar. Y, por tanto, yo defiendo también esa actitud crítica hacia mi propia cultura occidental cuando animo a la gente a aprender de su legado. Lo que no apoyo es la tergiversación actual de esa actitud crítica, que trata de arrojar por completo esa herencia (por heteropatriarcal, colonialista, opresiva…) en lugar limpiarla solo de sus aspectos más cuestionables.

Decía Chesterton que una herejía es un fragmento de la verdad que se ha exagerado, a expensas del resto de la verdad. Creo que no puede haber un análisis mejor para nuestros días: se ha desgajado el afán crítico occidental (en sí potencialmente bueno) de su contexto, nuestra herencia judeocristiana y grecorromana; y ahora algunos tratan de volver al primero, cual célula cancerosa, contra ese cuerpo inmemorial al que pertenece. En ISSEP haremos justo lo contrario: poner cada cosa en su contexto de verdad; ese que, como advertía Chesterton, se ha olvidado cuando una herejía surge y prospera.

image2 1
Cayetana Álvarez de Toledo, Quintana Paz y Arcadi Espada en el curso de verano sobre valores de la Transición española de la UEMC

Todo ello en un contexto de pandemia que está produciendo un fenómeno llamativo y preocupante, y es ver cómo la población entrega generosamente derechos fundamentales al Estado.

Correcto. Hace año y medio, antes de empezar la pandemia, muchas de estas cosas que estamos diciendo podrían parecerle a muchos meras locuras diseñadas en universidades estadounidenses o divulgadas por series de televisión, que jamás se implantarían en las mentes de la mayoría de nuestros convecinos, pues había un sustrato de sentido común que lo impediría. Mas con la pandemia hemos comprobado que nuestros gobiernos pueden implantar medidas absolutamente idiotas, que no sirven para nada, pero que si llevan el marchamo de hacerse en nombre del Bien son automáticamente aceptadas por millones de sujetos. Y que la mera crítica a esas medidas te ubicaba automáticamente en el campo del negacionismo: resulta pasmoso que tanta gente trague con que criticar la posible solución a un problema equivale a negar tal problema.

Así funciona lo políticamente correcto.

Sí, y de nuevo esto corrobora que no podemos ya dar por supuesto nada, ni siquiera un sustrato cultural de sentido común. Hemos visto cosas inimaginables y es prudente colegir que cabe que veamos muchas más.

Posiblemente debido a eso el ISSEP tiene como uno de sus objetivos ‘la formación de una nueva élite política y empresarial’.

Sí, me parece patente que necesitamos nuevas élites. Y que las necesitamos pronto. Se ha visto la inepcia de las actuales durante la pandemia, pero también en cómo se han pasado muchas de ellas a la herejía civilizacional, ‘woke’, que comentábamos antes. O cuán débil es la oposición que prestan a tal herejía muchos de sus presuntos críticos. O cómo muchos niegan incluso que esa herejía sea una amenaza y se deba batallar contra ella.

Necesitamos nuevas élites y no pasa nada por reconocerlo: una élite no tiene un derecho universal y dinástico a ser siempre la misma. Podemos cambiarlas, se han cambiado a lo largo de los siglos, en momentos de encrucijada histórica. Creo que nos hallamos ante uno de esos momentos.

En ISSEP creemos, además, que esas nuevas élites deben tener, a diferencia de la mayoría de las actuales, una formación plural. A muchos sorprendió al inicio de nuestra andadura, por ejemplo, que incluyésemos en nuestro programa sesiones de Filosofía: parecía que para un Programa en Liderazgo y Gobierno era más adecuado limitarse a la Gestión, la Comunicación, la Economía o el Derecho. Lo pragmático. Pero en ISSEP estamos convencidos de que la Filosofía y la Historia (otra de nuestras materias más exitosas) son las bases de comprensión que nos permitirán luego resultar eficaces ante lo real.

(Como anécdota diré que un joven expolítico está publicitando ahora un posgrado en que nos han copiado esta insistencia en la Filosofía, las ideologías o la Historia por la que nosotros apostamos hace un año; no hay mayor homenaje que ser plagiado).

thumbnail image1 1

ISSEP es aún pequeño (aunque la virulenta rabia con que nos han recibido nuestros enemigos haga parecer lo contrario). No podríamos, pero tampoco queremos, cancelar a nadie del espacio público o de la discusión: solo queremos aportar otra voz. Tenemos pocos alumnos y van a ser tratados de manera personalizada con la dignidad que merecen: la de seres pensantes. Nuestra ambición, a diferencia del ‘progresismo’ hoy reinante, no es acallar, sino incitar. Siempre he entendido la labor educativa como una larga conversación que empezó, quizá, con Sócrates y que nosotros hemos de prolongar.

Nuestra ambición, a diferencia del ‘progresismo’ hoy reinante, no es acallar, sino incitar.

Hace un mes, al terminar el curso de la primera promoción ISSEP, pregunté a los alumnos qué era lo que destacarían tras tantas horas de estudio y trabajo. Casi todos destacaron que en solo un año habían sido capaces de enfocar con luz nueva sus propias ideas y las de aquellos con los que discrepan. Ojo, no habían cambiado necesariamente de ideas, pero sí la manera en que contemplaban las suyas propias o las de sus rivales. Esto es lo que significa formar de verdad; formar en (la) verdad.