Los “juanpedros” arruinan el aniversario de Finito


La desvergüenza desvelada por Morante en Los Califas no tiene justificación. Semejantes muestras de falta de respeto, hacia quien paga religiosamente, no deben permitirse.

Ficha:

Finito de Córdoba. De sangre de toro y azabache. (Bajonazo sin soltar y pinchazo). Silencio. (Media atravesada). Aplausos. (Dos pinchazos, media estocada y cinco descabellos). Aplausos.

Morante de la Puebla. De burdeos y azabache. (Pinchazo y estocada caída). Aplausos. (Dos pinchazos saliéndose de la suerte y estocada). Silencio. (Bajonazo). Pitos.

Toros de Juan Pedro Domecq, bien presentados carentes de fuerza, acometividad y bravura. Toda la corrida fue pitada en el arrastre incluido el sobrero, de la misma ganadería, que saltó al ruedo en cuarto lugar.

Rafael Rosa saludó montera en mano en el tercer toro.

Plaza de toros de Los Califas. Tarde calurosa. Lleno de “No hay billetes” según aforo COVID.

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A apenas cuartilla y media se reducen las notas tomadas durante la corrida de ayer. La nada. El cero absoluto. Una corrida que se planteaba, acaso la feria entera, como un homenaje a Finito de Córdoba en reconocimiento al 30 aniversario de su alternativa y que se estrelló contra la falta de raza, fiereza y acometividad de los siete toros que salieron por toriles. La expectación, la necesidad del público y el agradecimiento de una plaza a un torero fundamental en la historia de la tauromaquia cordobesa, se enfrentaron con la realidad del torito moderno que de puro domesticado ha resuelto en algodón de azúcar.

Así las cosas, Finito estuvo voluntarioso y porfión ante un primer toro que, como todos sus hermanos, no valía ni un real, que probaba cada embestida, flojo y manso a raudales. Con el quinto inició bien la faena de muleta, sobre todo por el pitón derecho y a pesar del molesto calamocheo, pero nuevamente la ausencia de fuerzas dio al traste con la intención.

Lo mejor de la tarde, y de la feria, ocurrió en el saludo de capote que Finito le recetó al segundo de su lote. Apareció ese Finito del recuerdo, del arrebato, de la elegancia. Ese artista distinto y único que con las mismas herramientas expresa algo completamente distinto a los demás. Ver torear de capote a Finito y detenerse el tiempo. Revivir recuerdos y emociones cosidas al vuelo de su percal. Aroma de siempre. Expresión plástica sublime de un ser dotado para este oficio como ninguno. Muchos torean bien de capote, como Finito ninguno. Los “bieeeeeeen”, los “oooooooole”, que la lidia a este toro de cartón ha impuesto como norma, quedaron arrinconados en la primera verónica y fueron sustituidos por lo que siempre fue, un “óle”, seco, no vocalizado, rugido, casi interior, expresión de un chispazo de vida y de ilusión que se consume apenas ha abandonado la garganta y se une al de toda la plaza. La multitud de un tendido hecho uno y bajo la forma aparente de un grito: ¡óle! Es la cristalización de algo que está fuera del tiempo, que tiene condición de eternidad.

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Pero tras el paroxismo, la realidad. Un toro de tan excepcional condición como poca fuerza con el que Finito nos mostró la luz pero desde tan lejos, que todos morimos mientras cruzábamos el negro túnel en que se había convertido ya la tarde. Qué lástima más grande.

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Por su parte, Morante brilló también con el capote en el saludo a su primero. Los remates de las suertes fueron de mucha inspiración. Con la muleta fundamentó su labor en la porfía del unipase ante la falta de fuerzas del “juanpedro”. En su segundo, y de la garganta de un sufrido espectador, brotó la frase más sesuda de la tarde: “¡mata ya esa mierda, coño!”, que viene a resumir el estado de postración en el que se encontraba la plaza entera. En el último de la tarde tomó la espada y, sin mediar palabra, le recetó un sartenazo en los costillares que no tiene explicación ni excusa para cualquier profesional sea del gremio que sea. A cualquiera se nos exige en la oficina o en el andamio que llevemos a cabo la tarea para la que nos han contratado. La desvergüenza desvelada por Morante en Los Califas no tiene justificación. Semejantes muestras de falta de respeto, hacia quien paga religiosamente, no deben permitirse.Lástima de la corrida homenaje. Al menos nos quedan diez verónicas. Las verónicas de treinta años de tauromaquia cordobesa.

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Bendodo, en los toros. / Foto: Lances de Futuro