Triunfo de Diego Ventura en Los Califas


Corta dos orejas, en tanto que Roca Rey se lleva una y Aguado se va de vacío

Ficha:

Diego Ventura. (Rejón contrario). Oreja. (Dos rejones). Oreja.

Roca Rey. De tabaco y oro. (Estocada baja). Oreja. (Dos pinchazos y estocada). Ovación.

Pablo Aguado. De añil y oro. (Pinchazo y estocada baja). Saludos. (Pinchazo y estocada). Saludos.

Dos toros de Los Espartales para la lidia a caballo, correctamente presentados aunque escasos de fuerzas. Cuatro toros de Núñez del Cuvillo para la lidia a pie, correctos de presentación, de fuerzas justas, que fueron silenciados en el arrastre. Sobrero de Parladé de las mismas características y comportamiento.

Plaza de toros de Los Califas. Tarde calurosa. Lleno de “No hay billetes” según aforo COVID.

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El toreo es tiempo. Es muchas más cosas, pero fundamentalmente es tiempo, ritmo. La medida del mismo es una cuestión que debe ponderarse en el acto de reflexión que supone una corrida de toros. Esa medida se dibuja en muchos momentos a lo largo de cada faena y en el conjunto de cada festejo. Un muletazo tiene un tiempo, una faena el suyo, la preparación de cada suerte otro. Alterar esas medidas, ese tiempo, ese ritmo, afecta de manera determinante a un espectáculo con equilibrios tan sutiles como los que se muestran en la corrida. Pero algunos, como Roca Rey, parecen adueñarse del tiempo como si los presentes dispusiéramos de la eternidad para gastarla pensando en lo que están llevando a cabo en el ruedo. La exasperación se hace presente y el conjunto decae en valor. 

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En cuanto a la lidia, Diego Ventura, a pesar de tocarle un primero escaso de fuerzas, fue aplaudido en banderillas, sobre todo en un par al quiebro, clavando siempre arriba y dejándoselo llegar, como con Guadalquivir, que resultó atropellado aunque sin consecuencias. El efectivo rejón de muerte llevó a su espontón la primera oreja de la tarde. En el segundo de su lote, Ventura siguió haciendo gala de la doma de su cuadra, luciéndose con las banderillas cortas y cortando una nueva oreja.

Algo vio Roca Rey en su primer toro que al segundo lance de capote, lo que presagiaba un ramillete de verónicas hasta la boca de riego se redujo a dos lances y probatura. Luego, en cambio, entró en quites con Aguado sin aclararnos el motivo de la duda inicial. Con la muleta no hubo titubeo y desplegó un repertorio poderoso y de mano baja ante un noble oponente con la fuerza justa. Excesiva preparación escenográfica para abordar cada serie y algún que otro trapazo como lunares negros, precedieron a una estocada mal colocada que le impidió cortar el segundo apéndice, negado con buen criterio por el presidente.

En el segundo de su lote el peruano tampoco lució con el capote. El toro se lastimó contra un burladero y tuvo que ser sustituido por uno de Parladé. Con este pecó de lo mismo que en su anterior oponente, una exasperante preparación de las suertes. Otro tiempo más para medir, otra medida desbordada, ritmos discontinuos. La faena surcó por las mismas aguas que la primera, toreo poderoso, mejor por el izquierdo que por el diestro, acumulando buenas ejecuciones con algún borrón incoherente. Falló a espadas.

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Suavidad y torería en el capote de Aguado en su primero.  Con la muleta intentó componer con los mismos argumentos, pero la derecha resultó fría y la izquierda, aunque viajó limpia y bien rematada, tampoco terminó de tomar vuelo, fundamentalmente por la escasez de fuerzas del toro y, sobre todo, por la colocación del torero, siempre fuera de cacho.

Con el que cerraba festejo, un toro de embestida franca y poco fuelle, el sevillano construyó su trabajo sobre la pulcritud y el orden, pero sin más estrecheces ni compromisos. Buena compostura, fino trazo, pero ayuno de emoción.

Y tres horas y quince minutos después, abandonamos el Coso de Los Califas. El tiempo, siempre el tiempo.

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