Eduardo García, delegado de Prolibertas: “Cualquiera de nosotros puede acabar durmiendo en el banco de un parque”


Ese parque que hay justo al lado de la Casa Libertad – Madre Coraje- se convierte en un rompeolas de gente que fuma, charla y espera. Espera una vida mejor, quizá parecida a la que un día tuvieron o posiblemente con más decencia que la que han conocido en su país de origen. Ese arrecife humano de personas ha guardado cola hace unos minutos para almorzar o darse una ducha. Para socializar un poco. Para saber que existen para otros. Los otros son los trabajadores, voluntarios y usuarios de la Casa Libertad que la asociación Trinitaria ‘Prolibertas’ tiene en la calle Sagunto, en parte de las antiguas instalaciones del cuartel de Lepanto. Nos recibe su delegado Eduardo García (Montilla, Córdoba, 1971) que acaba de finalizar la enmascarada reunión semanal de trabajadores sociales, que no es profiláctica en sentido estricto porque hablamos de gente que se moja, que se arremanga, que está cara a cara. Eduardo García posee a estas alturas del siglo una dilatada experiencia como hombre comprometido y solidario y a estas alturas de la pandemia la misma visión de antes del apocalipsis: el nuestro es un mundo injusto y hay que luchar por cambiar eso. A lo largo de la Historia de la humanidad otros hombres pensaron lo mismo pero emplearon correctivos peores al fin que les movía y la injusticia generalizada se convirtió en dictadura y opresión. García ha escogido un mensaje mejor, más revolucionario y siempre de resultados ciertos: el amor al prójimo. Un amor que se distribuye, por ejemplo y cada día, en 150 comidas para los hambrientos, o en talleres de habilidades digitales, o en visitas guiadas a museos – cuando se podía, claro- o simplemente ofreciendo un lugar de referencia para poder estar, descansar y darse una ducha.

 ¿Cuál es la principal diferencia entre febrero de 2020 y febrero de 2021? ¿Cuánto ha cambiado esto?

En parte ha cambiado bastante y en parte no ha cambiado nada. No ha cambiado por cuanto sigue habiendo muchas personas como antes de la pandemia en situación de crisis, muchísimas. Antes de la pandemia teníamos el comedor con 100 personas todos los días, que era un número bastante alto. Es verdad que ahora ha crecido significativamente el número de aquellos que acuden al comedor de los Trinitarios o al centro de día, pero antes la situación ya era bastante complicada. Pero sí hay algunos cambios que son muy obvios. En primer lugar el número de personas que demandan los servicios. Hemos crecido un 50% en el comedor, que ahora mismo tiene una media diaria de 150 repartos de almuerzos. También ha crecido el número de personas que vienen al servicio de duchas, al centro de día, a demandar ropa. Hemos tenido que volver a atender familias con gran necesidad y volver a partir de marzo a repartir comida a muchas familias cordobesas.

Algo también muy doloroso para nosotros es tener que prescindir del gran número de voluntariado que tenemos. En marzo del año pasado teníamos 105 personas voluntarias en activo y ahora estaremos entre 30 o 35, porque la mayoría de ellos eran de un perfil de mayores de 60 años, muy comprometidos, pero que ahora son grupo de riesgo. A todos ellos les hemos tenido que decir que no se pueden incorporar porque lo primero ahora mismo es la salud y hemos creído que lo mejor es que se queden en casa. Con menos personal y menos voluntariado estamos intentado atender toda esta gran demanda que tenemos.

En ese cambio afortunadamente hay gente, empresas y entidades que están sabiendo ponerse al frente de la solidaridad y están ayudando mucho al comedor. Y eso hay que reconocerlo.

¿Cómo se trabaja con las restricciones físicas que también ha traído la pandemia?

Nosotros siempre hemos tenido muy claro desde el momento que comenzó la pandemia que la gran prioridad eran las personas y atender sus necesidades. Dejamos al voluntariado en casa pero todo el personal contratado de la entidad se puso de momento al servicio de esta atención a las personas. En el confinamiento que tuvimos durante el primer estado de alarma hubo que cerrar durante más de dos mese el centro de día, pero todo el personal de Prolibertas se dedicó a preparar comida, a cocinar, a recoger productos en el banco de alimentos y en empresas colaboradoras, y luego a hacer el reparto. Aquí mismo no se hizo teletrabajo ni nada parecido porque entendíamos que la necesidad requería una atención urgente. Cuando acabó el confinamiento, hemos atendido a las personas cara a  cara. Creemos que es necesario, que hay muchas personas a las cuales no se les puede atender por teléfono ni telemáticamente porque entre otras cosas muchas de ellas no tienen teléfono, ni datos, ni Internet, ni ordenador ni wi-fi. Entonces hay que facilitarles la atención y siempre hemos visto que debía ser cara a cara. Lógicamente hemos adoptado todas las medidas necesarias para hacer el trabajo y la atención lo más seguros posible. Por ejemplo, el comedor social de Ronda del Marrubial en la muralla árabe, que todo el mundo conoce, debido a lo pequeño de las instalaciones, tuvimos que clausurarlo y desde el 13 de marzo de 2020 se cerró. Trasladamos el comedor a un sistema de reparto múltiple en el centro de día que tenemos en la calle Sagunto, en Casa Libertad, y en el patio del centro de día que es amplio y al aire libre es donde se entrega la comida preparada y en envase, y aquellas personas que tienen domicilios la retiran y se la llevan a casa, y aquellos que están en situación de calle, que no tienen hogar – que son muchas, desgraciadamente- les hemos habilitado un espacio en el centro, un comedor con suficiente distancia para comer con cierta seguridad. Por lo demás se han incorporado el lavado de manos, gel, el uso obligatorio de mascarillas que repartimos. Damos cientos de mascarillas semanalmente.

 

Son las medidas que hemos adoptado pero lo principal es no dejar a nadie desatendido y hacerlo cara a cara. A las personas hay que verles la cara y sentirlas. No podemos hacer teletrabajo ni videollamadas.

Cuando acabó el confinamiento, hemos atendido a las personas cara a  cara. Creemos que es necesario, que hay muchas personas a las cuales no se les puede atender por teléfono ni telemáticamente.

Se nos pide distancia social y curiosamente, esa ‘distancia social’ antes de la pandemia es lo que ha producido estas colas de personas sin recursos.

La distancia y la injusticia social. Vivimos en un mundo injusto, con un sistema injusto y eso produce grandes injusticias. Podemos hablar de egoísmo pero también de injusticia social. Hay que ir a la última encíclica del Papa para ver cómo denuncia el sistema capitalista de buscar siempre el máximo beneficio. Y estamos destruyendo no solo ya el planeta sino el propio ecosistema social. La realidad nuestra es que tenemos un mundo insostenible donde la mayoría de las personas viven mal, no viven bien. Muchas veces se lo digo a mis hijos: nos creemos que la mayoría de las personas que habitan el planeta viven como nosotros y no es verdad. La mayoría de esas personas no tienen acceso a agua potable, electricidad, un trabajo bien remunerado o no hacen todas las comidas que debieran. O sea, la realidad no es muchas veces como nosotros la vemos, de manera pequeña, en nuestro país o ciudad. Es muchísimo más dura y más fea que la que queremos creer. Ese es el mundo que tenemos. Si miramos a Córdoba, nuestra ciudad padece un índice de paro brutal, con barrios a la cola entre los más pobres de España, con muchísimas personas que viven en la calle (unas 250 duermen en la calle o en recursos asistenciales) y eso es solamente la punta del iceberg del ‘sinhogarismo’. Creemos que las personas sin hogar son solamente las que están durmiendo en el cajero de un banco o en los albergues, pero son muchísimas más que no vemos y que están viviendo en situaciones infrahumanas o subsistiendo como pueden.

En un país desarrollado como España ¿Cuáles son los motivos que llevan a una persona a quedarse sin hogar, literalmente en la calle?

El motivo principal es la falta de vivienda. Una persona no tiene hogar, en primer lugar, porque no tiene una vivienda. ¿Cómo se resuelve eso? Pues promoviendo que el derecho a la vivienda que recoge la Constitución sea un derecho real, no algo que solo está en el papel. Cualquier persona tiene el derecho como mínimo a una vivienda digna. Esto es lo primero. ¿Qué lleva a una persona a verse en estas situaciones? Un conjunto múltiple de circunstancias tanto personales como estructurales. No caigamos en el pensamiento de que esto le ocurre a muy poca gente por haber tomado malas decisiones en su vida. No. La realidad que vemos aquí todos los días y durante muchos años de trabajo con personas sin hogar es que se dan múltiples circunstancias y que cualquiera de nosotros – tú o yo- podemos acabar durmiendo en el banco de un parque, un soportal o un cajero. Nos pueden ocurrir cosas como la pérdida de empleo, una ruptura familiar o que no tengamos familia, o ser una persona migrante sola en este país y sin trabajo. También puede pasar que tengas una enfermedad, una discapacidad, o un accidente. Diferentes circunstancias que además te pueden suceder al mismo tiempo. Esas son las circunstancias personales pero también están las estructurales como la falta de recursos para vivienda. Viviendas públicas y asequibles no hay. No se construye vivienda pública, no se facilita el acceso a vivienda económica. Una familia que gana 1.000 euros ¿cómo se puede comprar una vivienda? Y los alquileres están por las nubes. Aquí, la gente que atendemos, es muy difícil incluso que puedan compartir habitación o alquilarla, porque les piden dos o tres meses de fianza y no tienen ese dinero. Y luego nadie quiere alquilarle a una persona que está en situación complicada. Todo se une. Tenemos unos sistemas de protección todavía muy deficientes.

No caigamos en el pensamiento de que esto le ocurre a muy poca gente por haber tomado malas decisiones en su vida.

¿Cómo se saca a una persona de ese círculo vicioso?

Lo primero que tenemos que entender es que a las personas no ‘se les saca’.

Me refería a ayudarles.

Son las personas las que tiene que salir acompañadas, motivadas por nosotros. Esa es nuestra labor. Acompañarles en ese proceso para poder salir adelante. Y es muy difícil, sobre todo cuando encontramos personas que llevan mucho tiempo en situaciones cronificadas de calle o de exclusión social. Es complicado cuando estás con personas que tienen dificultades, poca formación o cualificación profesional, discapacidades, o enfermedades mentales en muchos casos no diagnosticadas. Y si están diagnosticadas no toman tratamiento. El ámbito de los trastornos mentales es muy complicado. Diría que son de las personas que más excluidas están en nuestro país y si eso se une a una situación de calle, es muy fuerte, dura y fea de ver. Gente que está en la calle abandonada, tirada como animales. Y detrás de eso hay una enfermedad mental. Para salir de ello lo primero que hace falta es vivienda o alojamiento y a partir de ahí ayudar a la persona a reconstruirse, facilitándole habilidades para la búsqueda de empleo, para la formación, para la recuperación del tejido familiar o las relaciones sociales cuando eso es posible, o para atender una adicción. Hay que tener recursos cercanos y rápidos, porque ahora mismo con la pandemia es muy difícil llegar a cualquier cosa, pero antes también lo era. Pedir una valoración para una dependencia tarda meses e incluso años. La lentitud de la burocracia es hiriente.

Hay gente que está en la calle abandonada, tirada como animales. Y detrás de eso hay una enfermedad mental.

Entiendo que su labor es vocacional, pero cuando uno se enfrenta día a día a estas situaciones ¿qué perspectiva tiene de la vida?

Me considero una persona con suerte comparado con personas que veo cada día y que no tienen la misma suerte que yo. Pero eso es ahora mismo porque también podría ser una de esas personas. A mí me ayuda a valorar lo que tengo: una familia, un trabajo, una vivienda y darme cuenta del lujo que supone eso. También me lleva a hacer lo posible y a luchar para que haya un cambio en esto. En nuestra ciudad se han dado pasos muy positivos en la lucha contra el ‘sinhogarismo’, en atender con más calidad y mejor a las personas que están en situación de calle. Creo que se ha avanzado bastante en los últimos años, con un equipo de personas que estamos ahí, apostando y haciendo lo posible. O sea, me ayuda a valorar lo que tengo y también a no acomodarme. Tenemos que mejorar los servicios, con mejores programas e instalaciones. No podemos tener el comedor social actual, en Córdoba, porque no es digno. Hay que trabajar entre todos de forma coordinada, con las administraciones comprometidas, contar con las entidades. Una colaboración permanente, un trabajo en red. Toda esa lucha hay que hacerla. Cuando comencé a trabajar en el comedor de los Trinitarios había pocas entidades y cada una hacía la guerra por su cuenta. No nos conocíamos. No sabíamos qué hacían unos y otros ni los recursos, y así no era posible trabajar. Hoy se puede decir que hay mucho andado y bueno. Queda mucho por mejorar pero al menos hay voluntad y un camino para comenzar a recorrerlo.

¿Nos quedan aún los meses más difíciles?

Yo no sé lo que nos queda. No puedo hacer de sociólogo, ni de profeta. No sé lo que nos pasará. Todo pinta a que la cosa va a ir mal. La destrucción de empleo es evidente. Cada vez habrá más gente que, supongo, lo va a pasar muy mal y tendremos que recurrir a este tipo de servicios: comedores sociales, ropero, a centros de día como el que tenemos en Prolibertas. No sé lo que nos vamos a encontrar. Ojalá que no sea tan duro como pinta pero los indicios que nos llegan no son nada positivos. Y en una ciudad como ésta en la que el gran motor es el turismo, no sé qué va a pasar con nuestra Córdoba.

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