No es la memoria sino el rencor


La cruz de las Descalzas de Aguilar de la Frontera termina en un vertedero de Moriles y finalmente destruida

A veces uno cree que vive en el siglo XXI pero la actualidad te devuelve a otros tiempos pretéritos. Puede parecer que somos mejores, más maduros, que hemos aprendido lecciones y que los errores, si no superados, sirven para tomar buena nota de ellos.

Pero no es así. El asunto de la cruz retirada del entorno de la Iglesia de la Carmelitas Descalzas de Aguilar de la Frontera nos coloca en la casilla de salida de un camino que, aunque conocido, algunos se empeñan en recorrer de nuevo y muchos no desean mirar a pesar de que la inercia los ponga en una misma dirección. Y esa dirección no suele finalizar bien, precisamente.

El ruido, con mayor o menor número de decibelios, viene a empañar por añadidura lo que ya de por sí es doloroso para un amplio número de ciudadanos. El ruido de la política, más bien, con sus declaraciones, sus avisos, sus comunicados, sus matizaciones, sus aclaraciones. Puede resultar agotador porque no se diferencia mucho del resto de declaraciones, avisos, comunicados, matizaciones y aclaraciones de la agenda diaria. Lo de estos días, de todas maneras, ha añadido un escozor en el alma de mucha gente que no lo merece. Porque retirar una cruz es doloroso para muchos – aunque no se manifiesten públicamente- pero tirarla a un vertedero lo es mucho más. 

La foto ha dado la vuelta en tan solo unas horas. Se desconoce el autor y la intención de la misma ¿Meramente informativa? ¿Un gesto de triunfo espurio y final? Cualquiera sabe. Pero duele, caray. Duele porque no es así. No debe serlo. Porque la tolerancia nunca debe ser según y cómo sino igual para todos. Porque al respeto le ocurre lo mismo que a la tolerancia en su carácter universal y recíproco. Pero no. 

Se nos dijo hace algunos años que era cuestión de memoria y se aplaudió. Demos cristiana o civil sepultura a los que no la recibieron. Pongamos cara y nombre a los injustamente olvidados. Recompensemos a los agraviados. Claro que sí. Pero no.

Una vez más se ve que no es memoria, sino que más bien parece rencor. Ese veneno del alma que se hereda genéticamente como ciertas enfermedades. Que se fomenta en las casas mientras en apariencia se abrazan causas justas. Que busca la venganza del niño malcriado, del adulto tullido en su espíritu, de la gente que definitivamente no es feliz. Y nunca lo será. 

Solo así se puede entender – de alguna manera- lo del vertedero.

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