Adriá Gómez, médico internista: “El sufrimiento viene a enseñarnos, no a destruirnos”


Adriá Gómez / Foto : Jesús Caparrós

El dolor, el padecimiento -también el psicológico- es tratable en más del 90 % de los pacientes terminales. De eso se encargan los cuidados paliativos y los equipos multidisciplinares que trabajan en ellos. Sin embargo, con la recientemente aprobada ley de la eutanasia se abre un camino que niega la posibilidad de ser tratado en el dolor y evitar el sufrimiento. Por la vía más rápida, claro. La ley de la eutanasia ha llegado en plena pandemia, sin debate previo ni búsqueda de consenso y casi por la puerta de atrás. El escritor Juan Manuel de Prada la encuadraría sin duda en lo que él mismo denomina ‘Matrix progre’, porque es una norma que pretende regular no una demanda social, sino construir una sociedad ajena al hombre en toda su dimensión humana y trascendente.

No ha sido fácil encontrar profesionales médicos o sanitarios que hablen desde la disidencia y la oposición ante esta ley, por eso tiene más valor la charla que mantenemos con Adriá Gómez (Córdoba, 1986) que no dudó ni un minuto en atendernos. Adriá ha estado trabajando varios años en los cuidados paliativos que no gozan ni de la publicidad ni del presupuesto de los trasplantes, por ejemplo, y ha acompañado a centenares de pacientes en su tramo final e inevitable. Defiende la vida no hasta sus últimas consecuencias, como nos quieren hacer creer desde ese ‘Matrix progre’, sino con calidad y sin sufrir. Sostiene que ello es posible pero que hacen falta medios humanos y técnicos para eso, y en España no se invierte ni en unos ni en otros. España ha preferido la vía rápida para la muerte y ha mirado para otro lado. Bueno, no todo han sido miradas esquivas: profesionales como Adriá se muestran para que veamos un poco más allá del discurso oficial y la propaganda buenista e hipócritamente conmovedora.

Adriá Gómez / Foto : Jesús Caparrós

Se ha aprobado la ley de la eutanasia y ha habido un sorprendente silencio, sobre todo por parte de la comunidad médica. Nadie ha comentado nada.

Hay que ser justos y es cierto que, dentro de los organismos consultivos del Gobierno está el Comité de Bioética – que es independiente del partido que gobierna- , y se pronunció hace dos meses cuando se estaba elaborando la propuesta de ley. Y también es cierto que los colegios de médicos de prácticamente todos los países en los que se ha promulgado han manifestado que el acto médico no es un acto para producir el homicidio compasivo o eutanasia. Aunque es verdad que ha faltado poner la cara de nuestra parte, de muchos facultativos y sectores sanitarios como enfermería, especialistas o sociedades científicas – oncología, medicina interna- . Ciertamente, los especialistas de paliativos siempre se han posicionado sobre la eutanasia no como el derecho a morir sino como el acto de cuidar al paciente. Es posible que esto haya ocurrido porque se ha tramitado durante un momento muy convulso, en el que la pandemia del covid ha ocupado y colapsado todos los medios de comunicación y los sistemas de información. No se ha dado pie a debatir o, por lo menos, a escuchar la opinión de los que trabajan día a día con los pacientes y se encuentran con estas situaciones, qué es lo que realmente rodea la solicitud de la eutanasia.

Puedo entender que haya un sector de la sociedad que, cuando se le explica que la eutanasia es un acto ‘compasivo’, de una forma muy sencilla o simple piense que si una persona está sufriendo, por qué no se le va a aplicar la eutanasia. Pero esto no es tan fácil. No es tan sencillo. Existen herramientas suficientes para poder aliviar, mitigar, remitir o tratar el sufrimiento de la práctica totalidad de nuestros pacientes. El problema es que a veces esos cuidados no llegan. O no llegan a tiempo. En España mueren 80.000 personas sin acceso a cuidados paliativos. Son las últimas estadísticas de 2019. Para ser más concretos, en la provincia de Córdoba fallecieron en 2019 ocho mil personas. De ellas no todas necesitaron cuidados paliativos, pero un 50% sí los precisan. Y no se pueden llegar a 4.000 pacientes en paliativos aunque se está haciendo un gran esfuerzo. Cuando escucho que se propone una ley ‘para evitar el sufrimiento’ yo me planteo que por qué no se ponen medios para evitarlo, es decir, por qué tenemos que optar por la vía fácil de provocar la muerte. La gente en realidad quiere vivir.

Usted ha trabajado en cuidados paliativos ¿Cuántos pacientes le han pedido morir?

Durante los tres años que estuve en la unidad de cuidados paliativos de Córdoba, solo un paciente solicitó la eutanasia. Bueno, en este caso, el suicidio asistido. En aquel momento la ley nos protegía y podíamos explicarle al paciente que íbamos a hacer todo lo necesario para su confort y calidad de vida, pero no podíamos proporcionarle esa decisión. El resto de pacientes, de los cientos que habré ayudado a morir o acompañar en sus últimos momentos de vida, pues ha sido al contrario. Me decían que querían vivir y que se les proporcionara la mayor calidad de vida posible para seguir comiendo con su familia hasta el final, disfrutar de un partido de fútbol, de ver salir el sol… Se trata, no de ayudarles a morir, sino de darles todas las posibilidades para que esos pacientes vivan hasta le último momento de su vida, que es lo difícil. Eso requiere un manejo muy concreto, muy centrado en este tipo de pacientes, y tiempo.

Existen herramientas suficientes para poder aliviar, mitigar, remitir o tratar el sufrimiento de la práctica totalidad de nuestros pacientes.

Ha hablado usted del suicidio asistido, que no es lo mismo que la eutanasia, pero que también se contempla en la ley.

Efectivamente. La ley que se ha aprobado a finales de diciembre habla de la eutanasia y el suicidio asistido. Y curiosamente se nos ha divulgado que la eutanasia es para aliviar un sufrimiento de los pacientes cuando los ejemplos que se nos han puesto siempre han sido de pacientes con una discapacidad. En el caso de Ramón Sampedro, una tetraplejía. Posiblemente Sampedro tuviera un ‘sufrimiento vital’, pero no físico, doloroso o una agonía, que es como se transmite a la sociedad. Ese es el primer punto de confusión que he observado en la divulgación de esta ley. Los pacientes que siempre la han defendido lo han hecho por una discapacidad más que por un sufrimiento. Como esta última mujer que falleció con Alzheimer. Ahí el sufrimiento venía del familiar no tanto de la paciente en sí, que tenía demencia y estaba desconectada del medio. Son situaciones muy duras, pero también la función de los paliativos es darle sentido a ese sufrimiento. No es fácil ver a un paciente que se está muriendo. Tengo anécdotas muy profundas en las que la gente te mira a la cara y lo que busca es sinceridad: “¿Me estoy muriendo?” “¿Cuánto me queda de vida?”. Hacer ver al paciente que nosotros no podemos poner ‘fecha de caducidad’, que no estamos para limitarlo sino -todo lo contrario- para abrirle el mayor campo de posibilidades de actitudes frente a la vida es fundamental. Y es muy difícil de conseguir si no hay un equipo de soporte: psicólogas, trabajadora social, recursos, camas, si no hay posibilidad de ver al paciente en su domicilio. Entonces, cuando nosotros nos enfrentamos a esta ley, España es el país 31 de la Unión Europea en recursos para cuidados paliativos. Estamos al nivel de Moldavia o Georgia. Tenemos 260 unidades de cuidados paliativos, habiendo 900 hospitales. O sea, ni el 30% de los hospitales tienen este tipo de cuidados. Reino Unido tiene 870; Alemania, 912; Polonia, 572, siendo un país mucho más pequeño que nosotros. Es decir, algo falla. Es que no se ha invertido en cuidados paliativos.

Pero sí en trasplantes ¿no?

Esa es la paradoja que nos encontramos. Esta sociedad está avanzando rápidamente,  con los trasplantes, por ejemplo, que dan la vida, la posibilidad de vivir a un adulto o a un niño. Y es algo maravilloso. Pero a veces no queremos mirar a esa última parte del sufrimiento y de la muerte. Y es algo que nos va a tocar a todos. Cuando uno promulga una ley y conceptualmente intenta defenderla, lo hace de una forma muy individual. ¿Por qué yo me posiciono en contra? Porque esa ley no se saca a título individual, sino en nombre de la sociedad. Por ejemplo, si hablamos de sexo, individualmente puede ser muy lícito que cada uno haga lo que quiera, pero eso tiene unas consecuencias en la sociedad. El acceso a la pornografía en Internet, puede llegar a nuestros niños y adolescentes y generar unas conductas erróneas. Algo que parece una libertad al final puede ser una trampa para la sociedad. Cuando nosotros promulgamos la ley de la eutanasia y pensamos que va a ser un hecho individual, no es así. Conocemos en la medicina y en cualquier ámbito de la política que se promulguen leyes económicas o sociales – y lo sabemos ahora por la pandemia- que una cosa es el marco en el que quieres que llegue la ley al paciente y otra es donde acaba esa acción. Eso se llama curva, o pendiente fáctica deslizante. O sea, yo promulgo una ley como la de la eutanasia que podría perfectamente ser compatible con lo que Ramón Sampedro quisiera pero a lo mejor quizá no acaba solo ahí. Abre la puerta para pacientes que se sienten una carga afectiva para sus familiares, un estorbo, que piensan que la solución quizá sería quitarse de en medio. Pero que quieren vivir. Abre la puerta también a adolescentes que pueden tener una época difícil o una discapacidad a poder solicitarla. Ya en los Países Bajos se está trabajando desde hace diez años con la eutanasia en neonatos, en niños con discapacidad, metabolopatía, parálisis cerebral… En Colombia se permite el suicidio asistido a adolescentes. Esto no es una medida transitoria. Esto es una dirección de la sociedad, y es muy importante tenerlo en cuenta. Si pensamos que esta ley se va a  quedar aquí, estamos muy equivocados, porque pasamos de proteger la salud a ser dueños de la salud.

El sistema sanitario es una gran rueda, difícil de movilizar pero muy difícil de parar cuando se inicia un proceso. Igual que ocurre con el aborto, también tenemos esta tendencia: que al final sufran los más débiles las consecuencias de una ley que quizá ellos no quisieran, o sus familiares no desearan.

Adriá Gómez y Rafael González / Foto : Jesús Caparrós

¿Quién y cómo aplica el criterio en esto?

Pues en principio la ley, una vez que el paciente solicita la eutanasia a su médico más cercano o directo, éste confirma que está en condiciones psíquicas, anímicas y emocionales para aceptarla. Tiene un plazo de 15 días y tras ratificar la respuesta se puede acceder a la eutanasia. A veces se necesita la ayuda de un segundo experto cuando hay un equipo multidisciplinar. Si nosotros – y en mi experiencia está- con pacientes complejos con metástasis tardamos más de 15 días en controlarle los síntomas, aunque lo hacemos, ¿cómo la ley da 15 días exclusivamente para replantearse que uno quiera quitarse la vida? Yo lo veo mucho correr. Si no le hemos dado las herramientas suficientes al sistema para ayudar al paciente, además se le mete prisa para que tome una decisión. Y eso nos lleva a pensar que van a tener lugar procesos eutanásicos con mucha más celeridad de lo que deberían tomarse.

Se puede perder la confianza en el médico, por tanto.

Totalmente. De hecho en países donde la eutanasia lleva varios años instaurada, como Holanda, sabemos que hay ancianos que no quieren ir al hospital, porque saben que los pueden ‘eutanasiar’. Es más: algunos de ellos no quieren ni que el médico vaya a su casa.

No diga ‘eutanasiar’; diga usted ‘matar’.

Sí, por eso he utilizado al principio de esta entrevista el término ‘homicidio compasivo’. Si además nosotros estamos viendo en nuestras facultades, en nuestro sistema de formación, que en nuestras unidades hospitalarias ni siquiera hay un mínimo de rigor en la filosofía de los cuidados paliativos, en el manejo del dolor o en el manejo de la sedación – que es totalmente lícita y ética- ¿qué nos vamos a encontrar? Un médico que está desbordado ante un paciente crónico que no quiere ir al hospital, agonizando y que realmente necesitaría otra actitud. Cuando tenemos eso, muchos de estos compañeros van a optar por la eutanasia o el suicidio asistido. Aunque ahora todavía lo veamos lejano, eso llegará.

En países donde la eutanasia lleva varios años instaurada, como Holanda, sabemos que hay ancianos que no quieren ir al hospital, porque saben que los pueden ‘eutanasiar’. Es más: algunos de ellos no quieren ni que el médico vaya a su casa.

¿Son por tanto los criterios económicos los que rigen una ley como ésta? Parece más caro invertir en paliativos que facilitar la muerte. 

Es algo que me he planteado durante mucho tiempo y cada vez que ha salido este debate. Y no lo acabo de ver claro. Es decir, económicamente es un ahorro. Es cierto. Pero quizá sea más el rédito político de una victoria ideológica. Cuando se habla de este tipo de políticas, hay dos culturas: una del liberalismo extremo y otra de la responsabilidad. Por ponerlo en perspectiva, es como cuando decimos que los padres tienen derecho a tener hijos. Quizá caigamos en un error, porque el tener hijos puede ser un don, un regalo o un privilegio, pero no un derecho. Si lo convertimos en derecho ya se abre la puerta a la maternidad subrogada, por ejemplo. Si yo no lo acompaño de una responsabilidad, al final ese derecho carece de valor.

Lo mismo pasa con la eutanasia. Si yo llevo el proceso de morir a una libertad individual o. como se llama ahora, una autodeterminación aislada, sin extrapolarlo con la sociedad con la que nos relacionamos, puede parecer que tenga validez. Pero no, porque al final la dirección que toma la sociedad es la de la destrucción y la muerte. Y nos vamos a encontrar casos como en Inglaterra, con ese niño intubado con una patología muscular, para el que había terapias de ensayos clínicos fuera de su país. Los padres quisieron trasladarlo fuera del Reino Unido para ese tratamiento aunque fuera experimental y las autoridades no se lo permitieron. Un juez decidió desintubar y por tanto, producir la parada respiratoria de este niño. Estas son situaciones a las que nos podemos enfrentar cuando esto no se explica bien, en sus circunstancias. Y creo que eso nos falta. Nos ha faltado dar la cara y explicar que esto no es tan sencillo.

Pues ahora que lo comenta, no sé si he tenido mala suerte, pero tres compañeros suyos, algunos en comités de bioética, han rehusado hacer esta entrevista para hablar de eutanasia.

Es un tema incómodo porque te tienes que posicionar. Siempre es más fácil pasar de puntillas, no mojarse, como se dice vulgarmente.

Pero yo entiendo a la profesión médica deontológicamente ya posicionada en este asunto.

Efectivamente. Y así lo han hecho muchos colegios de médicos, a través de comunicados. Pero luego, personalmente, es difícil. Y eso me lleva a sacar otro tema: la precarización de nuestros trabajos. Muchísimos de nuestros compañeros, con 30, 35, 40 años, siguen con contratos eventuales. Ni siquiera interinos, renovando cada dos o tres meses, como es mi caso. ¿Y eso qué produce? Pues produce miedo. Miedo a opinar, a tener criterio, a decir “yo no paso por ahí”. Entonces claro que es difícil porque este es otro problema añadido que tenemos en la sanidad. Cuando se politiza la sanidad, como en la educación.

Llevamos un tiempo escuchando que se deben despolitizar todos los campos; el judicial, el sanitario, el educativo… y creo que eso es positivo. Nos va mejor cuando realmente actuamos bajo criterio profesional. Y por esa razón muchos de mis compañeros tienen miedo. Están bajo una dirección institucional y piensan que opinar puede ser algo que les perjudique. En mi caso estoy tranquilo, porque tengo una experiencia en cientos de casos con la que sé que los cuidados paliativos funcionan. Sé que la gente no desea morir, y que con pequeños recursos – no tienen que ser exagerados- se puede hacer mucho y se cambia la vida a los pacientes. He visto pacientes con cáncer de pulmón en estadio 4, una semana antes muy agónicos y otra después con los síntomas controlados. Nuestra función no acorta ni alarga la vida, pero las semanas o meses que viven con calidad de vida es una satisfacción brutal. Y eso te llega muy dentro.

Económicamente es un ahorro. Es cierto. Pero quizá sea más el rédito político de una victoria ideológica.

¿Por qué seguimos escondiendo la muerte?

Escondemos el sufrimiento. Y todavía no hay nadie que diga claramente que el sufrimiento tiene un encaje en la vida. El sufrimiento viene a enseñarnos, no a destruirnos. Cuanto más queramos esconder el sufrimiento, peor nos va a ir. Ahora es muy común no ver a le gente fallecer. Nuestros abuelos o bisabuelos fallecían en casa, delante incluso de los niños, de sus seres queridos. Y eso ayudaba a normalizar el proceso de morir. Porque tenemos un miedo tremendo a morir, pero lo cierto es que el 75% de los pacientes que fallecen lo hacen de una forma tranquila; el 25 % tienen algunos síntomas que son fáciles de controlar, y un 10%, síntomas refractarios, que necesitan unos cuidados paliativos complejos y avanzados. Pero, por nuestra mentalidad, ese último tanto por ciento lo extrapolamos a todo el mundo y creemos que todos vamos a morir con sufrimiento, con agonía, y queremos taparlo. Y ese sufrimiento tapado ¿a qué da lugar? Pues a esta serie de medidas, como la eutanasia. Que cuando haya un mínimo sufrimiento no tener paciencia para intentar controlarlo con los medios suficientes, sino cortarlo. Pero eso no ayuda a la sociedad, sino que al contrario, la hace más débil, menos preparada. Lo hemos visto ahora con la pandemia. Estábamos un poco endiosados, creíamos que podíamos con todo y ha venido esta pandemia y nos ha barrido. Y el comienzo de año con la tormenta Filomena, que ha paralizado parte del país. Hemos tenido una sensación de precariedad que nunca deberíamos perder.

Adriá Gómez / Foto : Jesús Caparrós

Cuando la Iglesia y otros estamentos y asociaciones se muestran en contra de la eutanasia, parece que están a favor del sufrimiento. Y esto no es así ¿verdad?

Todo lo contrario. De hecho la Iglesia no pone la vida como valor supremo. O sea, no hay que mantener la vida a toda costa, bajo todos los medios. Nos dice que la vida tiene su muerte natural y que hay que ayudar a aliviar todo sufrimiento, los dolores. Hacer acompañamiento, atender la trascendencia o espiritualidad del paciente, de la que casi nunca se habla.  De ahí viene que la sedación paliativa sea lícita. A veces tenemos casos – pocos, pero existen- en los que no se puede controlar el dolor, las convulsiones, vómitos o nauseas, el cuadro confusional, la agitación o todos esos síntomas que nos encontramos en la fase final de una enfermedad. Y se permite la sedación paliativa. Es el último escalón una vez agotadas todas las medidas anteriores. ¿ Por qué la eutanasia? ¿Qué vamos a ganar? Nos dirigimos hacia una sociedad con más sufrimiento porque en un futuro nuestros hijos, nuestros mayores, van a recibir una serie de medidas que no son las que necesitan. Porque siguen sin aplicarse los cuidados paliativos. Solo el 30 % de los hospitales tiene servicio de cuidados paliativos, y en muchos casos, sobrepasados.

Siempre suelo hacer un llamamiento cada vez que tengo oportunidad a todas las instituciones, sean públicas, privadas, eclesiales o laicas: invertir para estos pacientes en sus últimos días de vida. Porque nos puede tocar a nosotros. Hay mucha gente haciendo esta labor desde hace años, sin medios, con precariedad, sin apoyo institucional y sufriendo desgaste emocional. Y no los podemos dejar solos.

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