Salvador Ruiz, director de Cáritas Córdoba: “La caridad bien entendida empieza siempre reconociéndose en el otro”


Salvador Ruiz / Foto: Jesús Caparrós
Salvador Ruiz / Foto: Jesús Caparrós

La sede de Cáritas a esa hora de la tarde puede resultar fría, pero es solo una sensación térmica propia del día gris y lluvioso que llevamos cuando accedemos a ella. Porque en esas instalaciones hay calor, y mucho. El calor de la acogida y el acompañamiento, de la esperanza frente a la desazón o la desesperación de quien no tiene  nada o lo ha perdido todo. Aunque hay que tener cuidado porque como nos advierte Salvador Ruiz (Montilla, Córdoba, 1982) perderlo todo también pude significar morirse en soledad. La pobreza tiene  muchas caras y un mismo dolor y frente a él este doctor en Derecho y profesor universitario se bate el cobre cada día al frente de los grandes corazones de los voluntarios que hacen posible el milagro de Cáritas Diocesana. La institución eclesial ha sido y es un referente para los más débiles, los descartados, los golpeados y los pobres, como no lo son -reconozcámoslo- la mayoría de las instituciones públicas que se suelen extraviar en los caminos de la política y las ideologías líquidas frente al trayecto que marca el Evangelio, que es la senda que sigue Cáritas. Esta semana han presentado la campaña de una Navidad marcada, extraña y un tanto confusa para las reuniones familiares. Y nos recuerdan que en definitiva, la mejor reunión familiar es con ‘los otros’, a los que ellos acompañan diariamente.

¿Qué es ser pobre a finales de 2020?

Ser pobre al final de este año es , por un lado, no tener lo necesario para vivir, y por otro, faltarte cuestiones que tienen mucho más que ver con el sentido de la vida. Al final los pobres no son solo los que tienen carencias materiales. Carencias materiales en un momento puntual podemos tener cualquiera, pero hay una pobreza que está mucho más vinculada al sentido de la vida, al sentido existencial. Y son las pobrezas más profundas. Por ejemplo: una de las cuestiones que se han visto ahora, en la ‘era COVID’ es una gran cantidad de personas mayores que han llegado a morir solas. Esas personas a lo mejor no tenían una carencia de cuestiones materiales o de alimentos, pero han muerto en soledad. Tenemos personas mayores que han dejado algún tipo de legado a Cáritas y descubrimos su muerte varios días después, en su casa. Luego ser pobre va mucho más allá de que falte o se tengan carencias materiales.

Por tanto la pobreza tiene muchas caras.

Absolutamente. La pobreza es multidimensional, no conoce de edades, ni procedencias, ni de opciones políticas ni culturales. La pobreza tiene muchos rostros, sí.

¿Y cómo se lucha contra un enemigo que tiene tantos rostros?

Pues con el corazón. La única manera de socorrer al pobre es desde dos posiciones. Primero, saberse vulnerable. Uno tienen que conocerse a sí mismo como vulnerable. Esto nos lo ha enseñado el COVID: nadie está libre. Ni el presidente de la primera potencia mundial. Por tanto, si yo me reconozco vulnerable, voy a ser mucho más empático. Voy a entrar en los zapatos del otro y saber que lo al otro le pasa me puede ocurrir a mí en cualquier momento. Y en segundo lugar: la pobreza requiere bajarse. A nosotros nos enseñó Jesús de Nazaret acercarnos a los pobres. Por eso Cáritas lo hace así, desde ‘abajo’. Dios, por nosotros, se hizo pobre para estar a nuestro lado. Eso es lo que nos enseña la Navidad, el tiempo que ahora comenzamos. Hay que acercarse al lugar del otro y acompañarlo. Acompañar es lo fundamental que hace Cáritas, que es no estar delante ni atrás, sino al lado de la persona.

Acompañar es lo fundamental que hace Cáritas, que es no estar delante ni atrás, sino al lado de la persona.

Entonces la caridad bien entendida empieza mirando al otro.

La caridad bien entendida empieza siempre reconociéndose en el otro, reconociendo al otro como un hermano y reconociéndome a mí mismo como alguien que camina junto a la persona que está a mi lado. Sin hacer ningún tipo de distinción más allá que reconocer al ser humano y a la dignidad profunda que hay detrás.

Salvador Ruiz y Rafael González / Foto: Jesús Caparrós

La inmigración ilegal ¿es un problema grave o un deber asistencial?

La migración es una cuestión, ahora mismo, que es un problema. En general, hay un gran drama migratorio que hay que saber afrontar y buscar soluciones. No le corresponde ni a la Iglesia ni a Cáritas encontrar la solución. Tendrán que hacerlo principalmente las administraciones públicas desde su alto deber de responsabilidad. Y tendrán que buscar la mejor forma de dar orden a la migración. Lo que está claro es que, nosotros, como ciudadanos, y Cáritas, como institución de la Iglesia, no podemos permanecer impasibles mientras vemos a personas que se acercan a nosotros y que están sufriendo. Es decir, nosotros tenemos la obligación de atender a todo el que llega. Y eso quiere decir que aunque sea una persona emigrante sin papeles, tenemos que darle esa primera ayuda de urgencia, porque lo exige la más mínima de las nociones de los Derechos Humanos. Reconocer a un hermano ya una persona con plena dignidad en cualquiera que veamos. Eso no quita que las administraciones públicas, que los gobiernos y estados de toda Europa, no solo el español, tendrá que ver la mejor solución para ordenar todo el problema migratorio, porque es un problema global. Forma parte de la gran globalización en la que estamos, conviviendo con países pobre y muy pobres y países ricos en los que hay nuevas oportunidades. Y eso no solo afecta al comercio sino al tránsito de personas.

Pero aún siendo así, yo siempre me acuerdo del grito del Papa en Lampedusa: “¡Vergogna!” (Vergüenza). A Europa nos tendría que dar vergüenza el ver cómo nosotros no estamos respondiendo plenamente a esta necesidad de socorrer a tantos hermanos nuestros que están muriendo en nuestros mares, que está sufriendo la pobreza en nuestras calles. Es verdad que la inmigración tiene que tener una solución pública en la cual los estados lleguen a regular una migración que sea sana para todos, que vaya buscando el evitar estos dramas, y hay que hacer una lucha grande contra las mafias que se aprovechan de la situación de estas personas. Pero a nosotros, como Cáritas y como Iglesia solo nos queda acoger , acompañar y ayudar a todo el que llega a nuestras puertas.

A Europa nos tendría que dar vergüenza el ver cómo nosotros no estamos respondiendo plenamente a esta necesidad de socorrer a tantos hermanos nuestros que están muriendo en nuestros mares.

Hay directores de empresa que se levantan por la mañana pensando en cumplir con unos presupuestos. Usted es un director que acude aquí además para gestionar historias humanas.

Yo no soy trabajador de Cáritas, sino un voluntario. Yo trabajo en la Universidad y es verdad que allí también ‘construimos’ personas humanas. Pero Cáritas tiene una ventaja muy importante y es que cuenta con un gran número de voluntariado. No es que el personal técnico no la tenga, pero cuando uno tiene una relación laboral, obviamente obra como se espera de esa relación, en los términos de un contrato. El voluntariado tiene un contrato más alto. Yo soy simplemente un representante de los 1700 voluntarios que tenemos en toda la provincia. El voluntario actúa por un compromiso propio que le da un ideal alto de vida para acompañar a las personas. En Cáritas, efectivamente, cuando cada día se abre la persiana desde las 8 de la mañana hasta las 3 de la tarde y luego las tardes que estamos aquí en lo único que se piensa es  en ver con lo que tenemos cómo podemos ayudar al otro. El tema presupuestario también nos preocupa, claro, no somos unos locos. Por eso lanzamos campañas como la de la Navidad, porque necesitamos gente que nos ayude para tirar hacia adelante. Pero los voluntarios de Cáritas viven volcados en las historias de los otros y  en hacer propia la vida de esa gente. A mí me gusta decirle a los trabajadores y voluntarios que somos personas descentradas, porque hemos dejado de ser el centro de la propia existencia para convertir al otro en el centro de nuestra vida.

Salvador Ruiz y Rafael González / Foto: Jesús Caparrós

¿El milagro de los panes y los peces sucede en Cáritas cada día?

Es un milagro, absolutamente. Que con los recursos que tenemos, que son muy pocos, lleguemos a tantas personas nada más que en este año 2020, realmente es un milagro. Hemos atendido a 40.000 personas, cerca de 14.000 hogares a los que les hemos dado una ayuda concreta. Pero es un milagro de la solidaridad, de la gente que se vuelca, de los voluntarios que dedican su tiempo, de los socios y los donantes. Este año hemos recibido muchísimas donaciones pequeñas y esa ha sido la diferencia del ‘año COVID’ con relación a años anteriores. Ese es el milagro de compartir, de gente que se fía de Cáritas para ayudar a los demás.

Consumir o encerrarse. Parece que son los dos únicos mensajes que se nos están dando.

Yo soy muy enemigo de algunos términos que se están usando en la ‘era COVID’, sobre todo porque el lenguaje nunca es inocuo. El lenguaje marca el pensamiento y la acción. Y hay un mensaje que se nos ha lanzado desde primera hora con el tema de los confinamientos y ha sido la necesidad de mantener la distancia social. Soy un gran enemigo de esa idea de la distancia social. Nosotros realizaremos un distanciamiento de seguridad, lavaremos nuestras manos mil veces con el gel hidroalcohólico hasta que le perdamos el color a la piel, nos confinaremos durante las horas que nos digan las autoridades sanitarias – sobre todo porque lo que estamos haciendo es cuidar de los otros-, pero creo que nos haríamos un flaco favor y saldríamos mucho más débiles de esta crisis si cedemos a esta idea de la distancia social. Tenemos que llegar a encontrar  un equilibrio entre mantener la seguridad de todos, precisamente por una caridad social en la que nos preocupamos por la salud, y reactivar en la medida de lo posible la economía para no morir de hambre. Estamos viendo cómo hay muchísimas familias que están sufriendo en estos momentos porque la economía se ha paralizado y tenemos que buscar la manera de que esas familias puedan continuar trabajando en la medida de los posible sin que eso suponga un aumento en el número de contagios. ¿Cómo? Hagámosle caso a las autoridades sanitarias que nos ayudan en esto. Pero sobre todo luchemos contra esa distancia social. Guardemos el distanciamiento de seguridad pero estemos más cercanos socialmente que nunca. Ayudémonos unos con otros. Ya decíamos al comienzo de la crisis del coronavirus que teníamos que salir más fuertes, y es un mensaje que parece que se ha ido aflojando últimamente. Creo que es importante recuperar ese compromiso. Hay que salir más fuertes y eso significa salir todos, no dejar a algunos en las cunetas de la vida.

Creo que nos haríamos un flaco favor y saldríamos mucho más débiles de esta crisis si cedemos a esta idea de la distancia social.

Ese es un deseo pero, en su opinión, ¿qué sociedad cree que va a quedar tras la pandemia?

Pues no lo sé. Al fin y al cabo tampoco nos debe faltar la esperanza en la sociedad. Más que en la sociedad, en la comunidad o comunidades, en las personas que se conocen, se quieren se buscan y se encuentran. Es importante el mantener la esperanza en que nosotros, como comunidad, podemos salir más fuertes. Pero la experiencia nos dice que, por ejemplo, con otras crisis cercanas como la de hace escasamente diez años, no todo el mundo sale igual de una crisis. Y es importante que pongamos en este momento todo el empeño posible para que todos salgamos mejor y a la vez. Que no nos conformemos con salir la mayoría, sino que todos tenemos necesidades al salir de esta situación. Sobre todo las personas que sufren. En la anterior crisis veíamos familias con  hijos menores que a lo mejor hacían una sola comida fuerte al día. Padres que se iban a la cama sin tener qué darles de cenar a sus hijos. Eso lo hemos visto aquí, con rostros concretos. Eran personas descartadas de la salida de la anterior crisis. No podemos consentir que en esta ocurra lo mismo. Eso quiere decir que apostemos por un sistema económico con el que potenciar que todos lleguen a tener las mismas oportunidades laborales, de formación y al menos un mínimo garantizado para subsistir. No sé qué va a resultar de ésto, pero no me falta la esperanza de salir mejores porque podemos hacerlo. Pero también la experiencia nos dice que solemos descartar a la personas más débiles.

 

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