Rafael Cervantes, pintor: “No sabría cómo retratar esta pandemia”


Rafael Cervantes / Foto. Jesús Caparrós

En su estudio de trabajo, en el Huerto San Pedro el Real, huele a música clásica y suena el aroma del café hecho hace un rato y de las pinturas quietas. Quietas porque Rafael Cervantes Gallardo (Córdoba,1967) , cuando aparecieron la pandemia y el confinamiento, decidió trasladarse a casa a cuidar de su familia, de su madre y del sentimiento de gratitud que le había ofrecido la última exposición que hasta la fecha ha realizado y que resultó un brevísimo esbozo de días en el Colegio de Abogados de Córdoba poco antes de las fechas  duras de marzo. Gratitud porque en aquella exposición estaban muchos de sus amigos, familiares y conocidos con derecho a retrato a los que Rafael quiso rendir un personal homenaje, que fue correspondido con una inolvidable tarde de inauguración. No es extraño que Cervantes reciba cariño y admiración porque él es precisamente el retrato físico de la bonhomía y el cariño sincero con pinceles en su mano. Tiene (muchos) premios y reconocimientos, pero no se le nota. Ni parece que eso le vaya a cambiar la forma de vestir, de hablar o de mirar a sus retratados, una mirada que cuando es recíproca significa otra obra de arte parida. Hoy tenemos a un artista grande de los de verdad, que son los que menos quieren destacar. Y seguir siendo aquel muchacho del taller de carpintería que deseaba ser pintor.

Para ser usted un pintor autodidacta no dibuja nada mal…

Bueno, se hace lo que se puede (sonríe). Es cuestión de dedicarle tiempo e insistir mucho. Prueba, ensayo y error… Y ahí seguimos.

¿En su gremio se tiene muy en cuenta si existe una formación académica o no?

No. Al principio, cuando ves a alguien que ha salido de la facultad de Bellas Artes, se le nota un amaneramiento, quizá. Pero después me imagino que con la personalidad que tiene cada uno va adaptando lo que ha aprendido en la facultad y poco a poco eso se va perdiendo. En mi caso, yo aprendí a pintar en el estudio de mi padre, en un dormitorio pequeño, y no creo que eso se haya notado demasiado.

Rafael Cervantes / Foto. Jesús Caparrós

¿Por qué el retrato?

Es que yo en el retrato encuentro todo. Los paisajistas te dirán que lo encuentran en el paisaje. Pero desde pequeño comencé a pintar retratos y en la mirada, en cada arruga, en el gesto hay mucho. Lo pasas mal hasta que el retrato no sale adelante, hasta que no ‘está mirándote’ – aunque lleves tiempo retratando- , pero para mí nada se puede comparar al retrato. Lo completa que es una cabeza, o un tres cuartos o una figura es incomparable. Pero ya te digo que el que pinta marinas te dirá que eso está en el mar.

¿Hasta que ‘el retrato no le mira’, no está acabado?

Sí. Eso lo ves rápidamente cuando le coges el punto de la mirada. Hay otros que no salen, que no les encuentras esa chispa. Cuando el retrato se te queda mirando, y puedes dialogar con él, no hace falta para mí tocarlo más. Con esa complicidad entre el pintor y el retratado basta.

¿Qué retrato tiene la pandemia?

 No lo sé. Es muy complicado. Tengo amigos que la han dibujado como el miedo, con esa forma, pero creo que, posiblemente, habría que retratarla con incertidumbre. No sabría buscarle ahora mismo una cara a la pandemia. Son tantas visiones e informaciones las que te vienen que cada uno tendrá su retrato en la cabeza.

Y como artista ¿cómo le está afectando todo esto?

A mí el confinamiento no me ha afectado, honestamente. Yo ya vivo enclaustrado. Tengo una manera de ver todo esto que no me obliga a estar en la calle. En cuanto a las ventas, pues sí, está claro. Ha habido un bajón, se vende menos y hay menos movimiento. Pero tengo mucha esperanza e ilusión con lo que pueda venir dentro de unos meses o el próximo año.  Espero el resurgir y que todo empiece a moverse otra vez, aunque no sé si como antes.

¿Cree que ese resurgir también se notará artísticamente?

Pues no sé. A mí no me va a influir demasiado porque tengo las cosas en la cabeza muy claras y no me repercutirá tanto.

Rafael Cervantes y Rafael González / Foto. Jesús Caparrós

Precisamente se caracteriza usted por ser un artista que no se incluye en clanes, familias ni ‘pomadas’, sobre todo en Córdoba.

Bueno, formé parte de grupo ‘Córdoba Realista’ hace veintitantos años, apadrinado por Antonio López. Fue el primer grupo al que yo pertenecí, y ahora estamos en ‘Córdoba Contemporánea’. Creo que es lo máximo a lo que yo puedo pertenecer: a un grupo  de pintores, cada uno diferente, y con ganas de que la gente vea cosas diversas, distintas a las que normalmente se ven en Córdoba o apoyan las instituciones. Pero sí, por mi forma de ser, no estoy yo metido en grupos, ni clanes ni otras historias.

 Por mi forma de ser, no estoy yo metido en grupos, ni clanes ni otras historias.

Una de los aspectos que caracteriza a ese grupo, ‘Córdoba Contemporánea’, es la independencia de sus miembros.

Sí, cada uno es absolutamente diferente. Hay paisajistas, retratistas, pintores abstractos… y cada uno funciona independientemente de galerías o concursos. Luego tenemos ese punto en común que nos ha unido desde Nuremberg, cuando hicimos la presentación, y sobre todo desde la exposición de Vimcorsa, que creo que ha sido un éxito que nadie de nosotros esperábamos.

Córdoba descubrió a artistas suyos que desconocía. Pero llegó la pandemia y lo paró todo.

Desde luego que lo ha parado todo. Del grupo quizá se conocía más a Belmonte o María José Ruiz, pero a los demás no tanto. La gente, cuando vio aquella exposición, se sorprendió. Y lo que presenció es el trabajo de artistas muy reconocidos como Paco Escalera, Fran Vera, Castillero… Todos muy reconocidos, ya digo, fuera de Córdoba y de España. Aquí no. Y estaban aquí

Y bueno, esto lo ha frenado todo, pero ‘vendrán días’, como dice la canción.

Poco después  realiza una exposición en el Colegio de Abogados que posiblemente entre en el Libro Guiness de los Récords por su corta duración. Una exposición muy especial para usted, elaborada con mucho cariño.

Se inauguró el día 5 de marzo, un jueves. El viernes 6 ya estaban los horarios limitados y el fin de semana cerraban. Y el lunes ya comenzaron a oírse los ‘tambores de guerra’ (ríe). El miércoles ya se cerró y así estuvo hasta julio, creo, que se abrió una semana aproximadamente, pero con limitación y tramitación de citas. Ha sido la más breve y creo que la menos visitada (ríe). Tenía mucha ilusión con esa exposición pero no estoy disconforme, porque para mí el éxito fue el día de la inauguración. El que estuvieran casi todos los retratados allí -amigos, conocidos y familia-, eso para mí fue fantástico. La foto de familia que nos hicimos fue estupenda. Mereció la pena.

Rafael Cervantes / Foto. Jesús Caparrós

Por cierto que tampoco ha vuelto a este estudio, donde le entrevistamos, desde febrero.

Sí, me fui para casa y me acomodé. Tengo un estudio allí no tan grande como éste, pero me va estupendamente. No creo que vuelva por aquí hasta que no vea la cosa un poquito más clara y pueda abrir con continuidad.

¿Cómo ha sido regresar al estudio?

Bien. Vuelvo a mi hábitat, donde estoy mejor. Este es uno de los sitios donde más a gusto estoy, con mi música y mi café (ríe).

¿Es usted de los artistas que están pasando fatiguitas?

No. No me puedo quejar. Si me quejara sería por vicio. En este último mes además – cosa rara- ha habido tres premios seguidos. Hay compañeros a los que no les gusta el tema de los concursos, pero a mí sí, porque me motiva e ilusiona. Y si tiene premio, es una gran ayuda.

El retrato es lo que trabaja Rafa Cervantes, pero ¿cual es la técnica favorita?

Empecé pintando, básicamente, con óleo sobre lienzo. Lo que pasa es que después vas probando, y ahora estoy pintando sobre tabla. Pero una tabla muy preparada con mucha materia, con mucha pintura. Es tabla permite rascar y otra serie de cosas que no se limitan solamente a pintar la superficie del cuadro. Y después, el pintar cada vez más en horizontal.  O sea, cuando ya está el cuadro acabado, espurrear, tirarle con una planilla a esa tabla, que es la que me permite la ‘batalla’.

Eso forma parte de su evolución como artista. ¿A dónde cree que puede llegar?

Yo siempre he dicho que soy un pintor figurativo- realista con pretensiones expresionistas. No lo sé. No sé si tendré la valentía suficiente para eliminar la parte figurativa que queda en el cuadro; la cabeza que se mantenga como figurativa y que lo demás sea un poco abstracto, como lo que estoy haciendo ahora mismo. Y esa cabeza también sea abstracta o expresionista. No sé si seré capaz, pero bueno, tengo la ilusión.

 No sé si tendré la valentía suficiente para eliminar la parte figurativa que queda en un cuadro.

¿Cuántas veces a retratado a su esposa?

A Carmen la he retratado unas pocas de veces… (ríe) Unas 10 o 12 veces, eso como retrato, pero quizás más, porque me ha servido como modelo también. No solo la he retratado a ella sino a mis niños. Soy una persona que pinta mucho lo más cercano. No salgo demasiado a buscar modelos, y tampoco me hace falta. Tengo buenos modelos cerca. No voy a salir a buscar una hamburguesa cuando tengo un bistec en casa, como decía aquél.

¿No está la belleza sobrevalorada?

Yo hace años pintaba grifos, o desconchones. Y para mí eso era la belleza. Para mí no existe un ideal en lo bello. Eso es lo bonito en los pintores y escultores, que cada uno tiene su ideal de belleza. He pintado un váter. O una lata. Y aquello para mí, esa composición, era muy bella.

¿Hay que salir de Córdoba para triunfar artísticamente?

Se supone que sí. Lo ideal es que te fiche una galería y trabajar desde aquí, vivir y pasear en Córdoba. Pero sí, hay que pasar por Madrid o Barcelona, claro, que es donde se mueve casi todo.

¿Es Córdoba buena madre para sus hijos?

No. Belmonte dice que ‘Córdoba es una madre que amamanta a su hijos con tetas de vinagre’. Y es verdad. Muchas veces oyes esa frase que nos avisa de cómo somos los cordobeses, y no haces mucho caso, pero cuando lo sufres en tus carnes, descubres lo fácil que es la crítica barata, el insulto. Y a eso es muy dada cierta parte de los cordobeses. No digo todos, porque sería injusto.

Belmonte dice que ‘Córdoba es una madre que amamanta a su hijos con tetas de vinagre’. Y es verdad.

¿En qué retratos está trabajando en la actualidad?             

Es una serie que he llamado Last Portrait (‘El último retrato’). Mi esposa Carmen antes trabajaba en un geriátrico y tuve permiso para retratar a algunas personas que estaban allí.  Para ellos creo que eran los últimos retratos – en vida- que les hicieron a estas personas. Es una serie que me motiva mucho.

Eso es hermoso : usted va y saca  a ancianos en una sociedad que esconde a sus mayores. La vejez como  motivo de belleza.

Además de la vejez, la dignidad. Cuando acudí a hacerles fotografías, me di cuenta de que ellos iban a acabar sus días allí. Como un cementerio de elefantes. Por eso quise retratarlos y recoger en ellos la dignidad humana, que se van bien y que yo los vea bien. Por lo menos que tengan ese pequeñísimo homenaje por mi parte.

 

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