Cerramos a las seis


Las últimas medidas adoptadas por la Junta de Andalucía determinan el cierre de toda actividad 'no esencial' en la comunidad autónoma desde las seis de la tarde

hosteleros
Veladores en la Plaza de la Corredera./Foto: LVC

La pandemia nos va a hacer más europeos. Pobres, pero netamente europeos de los del norte. De esos países en los que se hace de noche a las cinco de la tarde y todo el mundo se recoge en el calor del hogar o en oscuros pubs que dejan de servir alcohol -carísimo- pronto. Disfrutamos de más horas de sol curiosamente debido al cambio de huso horario determinado por el generalísimo durante la guerra civil, o poco después, como gesto germanófilo y táctico. Ahora el tacticismo, la estrategia, nos mete en casa a las seis de la tarde que es cuando los bares abren, muchos de ellos, y aunque haga frío, el que aún no ha llegado, nos tiene con las cañas o el café bajo una seta térmica en terracitas que son la vida misma.

Somos muy de cerrar los bares, pero de otra manera. Puede que ahora se esté discutiendo qué es esencial o no y habrá que esperar a que definitivamente el BOJA lo refleje y no ocurra como con las peluquerías en aquellos tiempos del primer confinamiento sanchista, tan de improvisación y expertos  de holografía.

Lo que sienta mal de todo esto es lo de los bares, para qué engañarnos. Ya estábamos afectados sin poder fumar, sin quitarnos la mascarilla hasta darle el primer sorbo a la leche manchada o el gintonic – si es que queda bolsillo para pagarlo- y midiendo más la distancia de nuestra mesa que un agrimensor compulsivo. La hostelería recibe un nuevo hachazo como lo reciben más sectores que no serán considerados esenciales. O sea, que ahora la probabilidad de contagiarnos encima puede estar en el lineal de un supermercado más que en la barra de la taberna. Porque el bicho , y a las cifras nos remitimos, puede aparecer en cualquier parte aunque las autoridades sanitarias y los expertos perimetren un velatorio o un bautizo. 

Nos están parcelando poco a poco y ahora nos cierran los bares a las seis. Y la natación del niño. La táctica frente a esta guerra se nos antoja difícil y en algunos casos un poco absurda, o en más casos de la cuenta, porque se trata de soplar y sorber y eso es complicado. Todo apunta a que finalmente, según me cuenta un compañero, adoptemos la línea china que es que todo el mundo se queda en casa hasta que el temporal pare. Pero a ver quién le pone ese cascabel al gato. Y lo que es peor, comprobar qué parroquianos van a quedar para según qué bares.

Hemos tratado de compaginar la vida con la pandemia y nos ha salido rana. Mucho me temo que toca agachar la cabeza de nuevo y, los que sean creyentes, rezar. Porque esto no hay comunidad autónoma ni gobierno ni grupo de expertos que lo parchee en condiciones. 

Nos ha tocado bailar con la más fea. Hay que aceptarlo. Y eso nos obliga a comprar las mahous en el super y ver lo que queda de pandemia desde el salón. Como un triste escandinavo. Y rogarle a María Santísima que nos ayude, que para eso uno es andaluz.

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