Manolo Medina, actor y empresario: “El día que a mí se me acabe el sentido del humor, pregunta a qué hora es el entierro.”


Javier Vallespín y Manolo Medina / Foto: Teatro Sí Jerez

El próximo fin de semana estarán de nuevo sobre el escenario del Teatro Avanti, ese milagro privado, independiente y cordobés de la cultura de esta tierra, tan elitista y de postureo. Manolo Medina (Jerez, 1965) y su compañero Javier Vallespín mantienen con Córdoba un largo idilio      que en el caso del jerezano, se remonta a más de 10 años. Manolo Medina lo ha sido casi todo en la vida, pero siempre cerca de la farándula, del artisteo, de los medios de comunicación, de esa vida que permite vivir varias a la vez. Manolo Medina es así como lo puedan ver, sin trampa ni cartón, y a veces se gasta una inocencia que sorprende y hasta conmueve en un hombre de su rodaje y experiencia. Seguramente porque es buena persona, amigo de sus amigos, y esto se sabe porque precisamente lo dicen sus amigos, que son muchos. En “Qué buena suerte tengo pa tó” podremos asistir a la comedia popular, directa, de las cosas cotidianas, de los clichés que todos conocemos pero que no por eso pierden su gracia ni el espíritu absurdo y surrealista que los hace divertidos. Entre los diálogos y los monólogos, una vez más tendremos la posibilidad de reír a carcajadas con palabras gruesas, tacos que son muy nuestros, situaciones que hemos vivido en algún momento y todo el arte de Manolo, que es mucho, generoso y transparente, como él mismo.

 

 Hace unos meses, esta obra se llamaba ‘Qué mala suerte tengo pa tó’. Habéis cambiado el título y la suerte.

Eso es porque si alguien tiene una hermana (la gerente de su empresa) que esté metida en cosas de yoga y eso, que la tire (risas). Que la tire directamente. Mi hermana el año pasado empezó con cosas de yoga y el namasté, y a finales de noviembre,  como a la obra le habíamos metido un montón de situaciones nuevas, me dijo “Niño, cámbiale el nombre a la obra, que lo de la mala suerte trae muy mal fario. Ponle ‘buena suerte’ que verás lo bien que nos va a ir el año que viene…” La niña se podía haber guardado la lengua un ratito y hubiera quedado la mar de bien… No será vidente en la vida, porque peor el año no puede haber sido.

¿Es esta una revisión de lo que habéis venido haciendo con Dos hombres solos…?

El otro día estuvimos actuando en el Rincón de la Victoria y nos comentaba la gente sobre las cosas nuevas que habíamos añadido. Y si te digo la verdad, muchas veces no nos damos cuenta de lo que estamos haciendo. A medida que ocurren cosas en la actualidad, las vamos añadiendo en el escenario, se van metiendo. Hay algunas que quedan como fijas y otras que se dicen ese día y no se vuelven a repetir más. De hecho que gran parte de nuestro éxito está en la espontaneidad y la frescura. Es que es una obra viva. Está viva. El 21 de agosto estábamos en Antequera, y me hizo Javi un chiste sobre el rey Juan Carlos lamentándose de que había perdido la corona, que yo no me esperaba porque no venía en el texto. Yo, que tengo la casa llena de elefantes- y no es broma- le dije que el rey estaba en mi casa. Y de eso acabamos hablando de la ‘corina-virus’. Todo improvisado. Pues eso fue lo más celebrado días después, un chiste hecho sobre la marcha y que no estaba previsto. La ‘corina-virus’.

Bueno, la improvisación os la podéis permitir porque hay mucho trabajo detrás y muchos años juntos, Javier y tú.

En mayo harán ocho años que llevo con Javier. Y no sé lo que es discutir con él. Es una de esas personas que, afortunadamente, la vida te pone en el camino para compensar, porque el otro actor que tuve eran todo problemas. Me afectó a la salud. No aparecía en las entrevistas, se portaba mal, se le iba el texto… Y estuve once años con él. En los dos últimos años no nos hablábamos. Llegábamos a pie de escenario, actuábamos, y él para su casa y yo para la mía. Por eso creo que la vida me ha compensado, porque con Javi da gusto trabajar.  Es una maravilla.

En mayo harán ocho años que llevo con Javier, y no sé lo que es discutir con él. Con Javi da gusto trabajar.  Es una maravilla.

Hablemos de trabajo. Tú ahora eres actor y empresario, pero antes has tenido muchos oficios.

Sí señor. Yo empecé con diez años. Estaba en el colegio de los Marianistas, que pagaba mi madre religiosamente todos los meses para nada, porque quería un hijo buen estudiante y le salió ‘artista’ (ríe). Todos los años hacíamos un festival de flauta y cada clase interpretaba una canción. Allí se podían congregar más de dos mil personas, sin exagerarte. Pues un año el presentador se puso malo, se ofreció el director para presentarlo y yo levanté la mano y le dije que no, que lo presentaba yo.  Con diez años y sin nada preparado. Cuando me bajé del escenario le dije a mi padre: “Esto es lo mío”. Y hasta hoy. No me he vuelto a bajar de un escenario. Y todo lo que he hecho ha estado relacionado con el mundo del espectáculo de una manera u otra siempre. He sido locutor y productor de televisión, de radio, reportero de calle, descubridor de artistas, manager… Trabajé durante muchísimo tiempo en el sello de discos Senador, de Sevilla, y aprendí todo lo que es la promoción de un artista a nivel profesional. Lo he tocado todo. Por un lado es currículum, es experiencia, pero por otro lado es un agobio. Como ahora soy yo el protagonista de la historia, si voy a hacer un concierto o la presentación de la obra de teatro, estoy en el camerino y mi hermana me tiene que pedir que me relaje, porque estoy pendiente de todo: prensa, equipo, relaciones públicas… Y al final estoy más pendiente de lo otro que de lo mío, que en ese momento es el escenario. Lo bueno es que ya no me la da nadie. Mi nombre ha estado puesto encima de la mesa para determinados proyectos y me he llegado a reunir con representantes que prometían el oro y el moro, pero te das cuenta que es todo palabrería.

Pensé que habías tirado a tu hermana. Veo que sigue en el camerino junto a ti.

No, porque es mi hermana. La pobre ¡qué lástima! … Mi hermana es una profesional brutal. Es la gerente de la empresa y, en teoría, debería ser yo en muchos casos, pero como yo soy muy ‘especialito’… Porque soy muy especial. Muchas decisiones prefiero que las tome ella.

Córdoba es una plaza donde siempre llenáis.

Normalmente hacemos tres funciones, lo que pasa es que ahora, con todas las normas estas, pues claro, entre función y función hay que limpiar el teatro entero. Así que no vas a hacer una función a las 7 y la otra a las 12 de la noche, como tú comprenderás. Así que hemos decidido hacerlo de esta manera y estaremos viernes, sábado y domingo. El viernes y el sábado a las 9 de la noche y el domingo a las 7 de la tarde.

El tipo de comedia que vosotros hacéis ¿se entiende en otros escenarios de España?

Los sitios que nos contratan, que nos abren sus puertas, conocen perfectamente el producto. La cuestión es el público. Nuestra obra o te gusta, o no te gusta. Porque yo entiendo también que mi papel es el del un personaje que no tiene vergüenza y con muy ‘mala boquita’ (ríe), pero sí es verdad que la tiene con todo el ‘ángel’ y el arte del mundo. Hay gente que eso no lo entiende.

Fíjate qué cosa más curiosa: cuando nos llamaron desde Bilbao, del Campos Elíseos , que es un teatro que tiene cerca de 900 localidades, nos dieron 4 días en el teatro y todos los compañeros nos preguntaban “¿A Bilbao? ¿En Bilbao os van a entender?” Se llenaron los 4 días. El director del teatros nos confesó que eso no lo había visto en su vida en el País Vasco. Nos entendían perfectamente. Y fuimos a Aranda de Duero. Dos funciones hasta la bola. No se río nadie. Gente fría y distante, que no se expresa. Termina la función y llega el alcalde y nos dice que qué maravilla, que la gente se lo había pasado fenomenal. Y claro, yo voy y le pregunto al alcalde: “Dime tú cómo es un entierro aquí, pisha

No hay que irse tan lejos. Andalucía: a Almería no vamos. No nos entienden allí. ¿Y eso cómo puede ser? Pues ocurre.

Vamos a Canarias y sin ningún tipo de problema. O Madrid. Claro ¿qué pasa en Madrid? En nuestras últimas actuaciones allí nuestro camerino daba a la calle principal y veíamos llegar los coches y se bajaban las maris con los abrigos de visón… Y yo me preguntaba ¿dónde van? Pues ‘al teatro’. En Madrid. Al primer taco que soltaba en el escenario se oía al fondo un ‘uy’ (risas). O entiendes la idiosincrasia del personaje y te quedas a disfrutar o te levantas y te vas.

A Almería no vamos. No nos entienden allí. ¿Y eso cómo puede ser? Pues ocurre.

Hace poco participaste en el podcast que dedicamos al estado de las artes escénicas y el espectáculo con la crisis sanitaria. El hecho de estar tres días en Córdoba entiendo que es una buena noticia porque parece que vais teniendo trabajo.

Pues el panorama está mal, sigue estando mal. Nosotros actuamos porque necesitamos tener algunos ingresos, aunque sean mínimos,  y por otro lado necesitamos alimentarnos artísticamente con el aplauso de la gente. Necesitamos sentirnos arropados por el público. Y sobre todo, lo que necesitamos es seguir estando ahí. Estas son actuaciones que económicamente, cuando empiezas a echar las cuentas, no salen tan rentables. Para nada. Pero hay que trabajar. Hay que estar ahí. Y en los teatros, aparte del porcentaje que se llevan, hay reducción de aforo. Una reducción que tampoco es cierta para todo el mundo, porque hay salas que en cuanto empiezas a repartir butacas, en vez de un 65% te queda un 40% real del aforo. Mientras que las actuaciones han sido al aire libre y gratis, todo el mundo ha ido. Ahora, cuando son en teatro y pagando, a la gente le cuesta más trabajo. ¿Dónde está el miedo? ¿Al bishito o al dinero?

Menos público y con mascarilla. ¿Se oyen las risas?

Sí, se oyen. Pero cuando nosotros encendemos al final de la función la luz parece un hospital. Todo el mundo colorado y con  los ojitos como salidos. Qué sensación más mala, shiquillo, por Dios (risas) A la gente se le tiene que quitar el miedo de ir al teatro, que no pasa nada. Que con las medidas de seguridad se puede ir perfectamente. Tenemos que apelar además a la consciencia del público y decirle que nosotros también somos criaturitas que tenemos que seguir viviendo aunque parezca mentira (risas).

¿Y después de Córdoba?

Solo Estepona. Porque teníamos Bilbao, Valladolid, Puerto Real, Cáceres… y se ha pasado todo a primeros del año que viene y siempre ‘entre comillas’. De las cuatro actuaciones que hemos tenido en verano, tres han sido a caché. Si la taquilla va bien, estupendo, pero yendo como vamos nosotros, que somos empresa, ponle los gastos. Métele ‘lápiz’…

Con todo esto que estamos viviendo ¿habéis comprobado si la gente tiene más ganas de reírse?

La pregunta es muy buena. La gente tiene más ganas de reírse, pero como tú entres en un sitio con miedo, te ríes menos. O te ríes mal. Excepto las actuaciones que hemos tenido al aire libre en las que se notaba que la gente estaba relajada, en el resto, que han sido en recintos cerrados, se nota que el público tiene miedo. La carcajada no es la misma. Y que no vaya a toser nadie, que empieza a mirarse todo el mundo acojonado. Pero fíjate que para celebrar que un equipo de fútbol ha subido a Primera o Segunda ¡no hay problema!. O para hacer botellón o una fiesta privada en tu casa tampoco hay miedo. ¿Cómo se explica esto? Es indignante.

 

La gente tiene más ganas de reírse, pero como tú entres en un sitio con miedo, te ríes menos. O te ríes mal.

Bueno, vosotros tenéis la vacuna de la comedia que no dejáis de administrar ni en los malos tiempos.

El día que a mí se me acabe el sentido del humor, pregunta a qué hora es el entierro. No, no… eso es lo último que se pierde porque la vida tiene muchas cosas buenas. Y hay que seguir disfrutando de esas cosas buenas, y no podemos estar encerrados ni metidos de bajo de la cama. Aunque te cueste levantarte, tienes que seguir. Cuando menos te lo esperas suena el teléfono y es algo bueno, y vamos tirando. Nosotros somos un poco privilegiados. Yo he podido llorar con un ojo todo este tiempo, pero el que me queda, se está secando ya, porque las arcas se están vaciando. Pero tú piensa en la cantidad de compañeros y criaturitas que han tenido que dejar su ilusión,  guardar su talento en una maleta  y volverse a casa de los padres o a donde hayan podido. Encima te sale un ministro en este pías y te dice, con toda su poca vergüenza, que no hay ayuda para la Cultura. Y se queda tan tranquilo.

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