En Urgencias recuperan la calma


Tras la oleada de marzo del coronavirus, las Urgencias del Hospital Universitario Reina Sofía ofrecen un servicio adaptado y mejorado para los pacientes.

 

20181007212224 img 3009 01

A veces en Urgencias se produce el milagro y uno recupera la fe. A la memoria, de forma temblorosa y apresurada, regresa una oración que quedó olvidada en la infancia y que ni tan siquiera se supo rezar en una boda o un funeral. Puede ocurrir lo contrario y es que se abandone el sentido de la trascendencia y uno se quede como quieto, confuso entre las prisas, el miedo y esa sensación metálica y con sabor a cobre oxidado que produce la incertidumbre repentina y negra. También depende, en ese escenario de la vida y la muerte, del hombro dislocado o la perforación intestinal, si uno es protagonista o actor secundario. Bueno, en realidad uno siempre acaba teniendo un papel principal en Urgencias, si no camino del quirófano, pues pegado a la máquina del café que no nos mantendrá más despiertos ni nos despejará la incógnita de lo que sucede ahí dentro con quien lleva una parte de nuestra herida.

 

Ahí dentro es agosto, como en Córdoba, y venimos de una pandemia. Estamos en pandemia, ciertamente, aunque las urgencias se hayan trasladado a las consejerías de educación y las vacaciones ministeriales. Y la ansiedad, a los padres y docentes. Pero dentro de urgencias es agosto de 2020 y reina una relativa normalidad, todo lo normal que pueda ser la realidad en una sala de urgencias, tan surrealista a veces. En las urgencias de adultos – porque las infantiles son otro cantar más duro de reproducir en el tocadiscos de una crónica- han aprendido a convivir con un virus traidor, además de las lesiones craneoencefálicas y los infartos agudos. Como la convivencia suele ser de carácter humano es por ello que han tenido que traer más personal, que debe ser un personal específico, imagino. Hecho de otra pasta. Ya de por sí la profesión sanitaria, como otras que se enfrentan a un acuchillamineto o a una explosión o a un ahogamiento accidental o a alguna de esas cosas terribles que a veces suceden pero que parece que sólo ocurren a los demás, esa profesión, como digo, requiere estar hecho de madera de roble, o de acero. Si además en el escenario juegan las prisas, la rapidez, el diagnóstico bajo presión y el factor humano, deben merecer toda nuestra admiración verdadera y respeto en una época en la que se admira cualquier cosa y no se respeta casi nada.

La pandemia no nos ha hecho más fuertes pero sí más cautos (a algunos que no somos jóvenes), sobre todo en Urgencias, que ha compartimentado zonas para despistar al virus y que este no salte con la alegría siniestra de abril y mayo, cuando la feria estaba en los balcones, aplaudiendo, entre otros, a los que trabajan en Urgencias. Poco a poco en esa zona sin horas ni puertas cerradas del hospital Reina Sofía se ha recuperado la nueva normalidad que es la de antes pero con enfermos de respiratorio por un lado y por otro todos los demás. Durante el confinamiento las urgencias eran diferentes y en muchos momentos, escasas. Estábamos encerrados, no así los infartos, ni las caídas ni las apendicitis agudas, pero el miedo al bicho nos retuvo. Hoy nos informan desde el hospital que Urgencias recupera la salud de la estadística (320 pacientes atendidos durante el mes de agosto, aproximadamente un 18% menos que el año pasado por las mismas fechas), la cotidianidad  de la urgencia, la calma de la relativa normalidad. También nos informan del valor de la sanidad pública, pero ese es un dato conocido y reconocido: muchos hemos pasado por Urgencias y podemos seguir aquí, contándolo gracias a ellos.

20181007194408 img 2961 01