José Navalpotro, presidente de la Fundación Maecenas Educación: “Los colegios deben plantearse qué efectos emocionales va a tener pandemia en estas generaciones”


José Navalpotro / Foto: Paz Cabello

 

José Navalpotro / Foto: Paz Cabello

Hace 25 o 30 años nos imaginábamos un futuro muy parecido al que nos ofrecía el cine, quizás. Ahora estamos en ese futuro y seguramente no se corresponde con la idea que teníamos entonces. Nos dejamos llevar por la imaginación, por el arte. Hay quienes tratan de conocer el futuro, ese que llegará en breve – como ha llegado el actual- pero para eso utilizan los datos, las estadísticas y una intuición más científica que emocional. José Navalpotro (Mérida, 1966) anticipa el futuro sin dejar de estar en el presente. Pero lo suyo no es mentalismo sino observación y análisis. Y para ello además mira a las generaciones más jóvenes, a las que ahora se forman en la escuela, y trata de explicarle a los docentes que deben preparar a los alumnos para un entorno que cambiará tanto como ha cambiado el nuestro casi sin darnos cuenta.

Hace unos años recaló en Córdoba y junto con el colegio Alauda puso en marcha una fundación – Maecenas– que reúne a  profesionales inquietos y disruptivos que trabajan para que la escuela sea el entorno formativo de un mañana muy diferente a los objetivos y dinámicas tradicionales de una enseñanza que progresa no tan adecuadamente como las tecnologías y la sociedad lo hacen. Chicos que conocerán trabajos que aún no existen, formas de relacionarse diferentes, y un entorno absolutamente digitalizado. Navalpotro lo sabe y procura que además nuestros niños y adolescentes de ahora no pierdan su humanidad en ese próximo escenario. Lleva su mensaje por medio mundo y cuando tiene tiempo, se coloca unas zapatillas de deporte y se va al desierto a correr. Ha escrito un nuevo libro que hoy nos presenta y que habla, entre otras cosas, de inteligencia artificial. Y no es ciencia ficción: está dirigido a los directores de centros escolares de hoy.  

 

No es fácil encontrar libros o manuales dedicados a la gestión y dirección de centros escolares ¿Es ese uno de los motivos que le han llevado a escribir ‘Cero grados’?

La verdad es que hay mucho libro de gestión actual pero muy pocos de proyección de futuro, es decir, de hacia dónde deberían de ir las direcciones de los colegios, de los centros escolares, de cara a futuros escenarios. Creo que uno de los grandes problemas a nivel internacional, no digo ya en España o Córdoba, es que tenemos direcciones escolares poco profesionalizadas. De alguna manera, los modelos de promoción a las direcciones escolares en los países europeos está más o menos profesionalizada,  pero en España concretamente, y en determinadas tipologías de colegios, responden al dicho de “pierdes un buen profesor para ganar un mal director”. La política suele ser la de contar con buenos profesores que tienen una buena visión del colegio y de repente, en junio, les dicen que tienen que ser parte del equipo directivo y claro, ya no es lo mismo. Pasan de unas coordenadas de estar con compañeros a dirigirlos y sobre todo, una cosa muy importante y crítica, que es contar con un  proyecto. Cualquier organización, en este caso educativa, tiene que tener un  proyecto.  Una estrategia de hacia dónde debería de ir el colegio en los próximos años.

En esta pandemia se ha mirado a la administración de enseñanza, a los profesores, pero ¿qué papel han jugado los directores?

Pues mira, creo que ha habido dos escenarios o dos tipos de conducta. Ha existido una parte reactiva, o sea, de responder ante algo tremendamente desconocido. Nosotros en la era moderna no hemos conocido nada igual. Tendríamos que remontarnos a la famosa peste española para poder entender lo que era estar confinados y todo cerrado. Y entonces ha habido mucha reacción, es decir, qué puedo hacer y cómo lo puedo hacer. Y luego ha habido otros perfiles que como tenían ya su colegio adaptado a los aspectos claves que eran necesarios para sacar adelante el confinamiento de los alumnos, pues su actitud ha sido proactiva. Lo que han hecho ha sido, de alguna manera, soltar las compuertas de esa presa de proyectos, de ese almacenaje, y dejar que corriera. Yo, que he tenido la suerte en esto cuatro meses, de relacionarme a nivel internacional con muchos directores, son las dos tipologías que me he encontrado. Gente que tenía muy claro hacia dónde tenía que ir y luego otros que simplemente han dado una respuesta a los acontecimientos según iban sucediéndose.

Se suele confundir el modelo tradicional educativo frente a las nuevas tecnologías. Pero enseñar en este siglo es algo más que contar con la tecnología ¿no cree?

Es que en realidad la educación tiene algo que es atemporal y me refiero a la educación de  personas. Y se deben educar en función del contexto en el que están. No es lo mismo la escuela durante la primera revolución industrial que la de esta cuarta revolución industrial. Hemos tenido cuatro grandes revoluciones industriales. Quizás las más aceleradas han sido la tercera y la cuarta, pero en cada una de ellas la escuela cumplía su función. Y siempre había un poso común para todas, que era el desarrollo de personas que aportaran valor social. Es decir, el sentido de una escuela es que los alumnos lleguen al mundo, se incorporen a la sociedad, al ámbito laboral, a las relaciones familiares y sociales, con una base de aspecto humanista. Y que luego tengan la capacidad y las habilidades para poder adaptarse mucho mejor a todo ese entorno profesional. ¿Qué es lo que ha pasado? Lo que cambia de los escenarios anteriores a este es la velocidad de ese cambio. Y esa velocidad del cambio genera que tus habilidades tengan que cambiar muy deprisa también. Noah Harari, autor del famoso ‘Sapiens: De animales a dioses’, publicó un tercer libro que se titula ’21 lecciones para el siglo XXI’, en el que habla del coeficiente de adaptabilidad, es decir, una de las habilidades principales que va a necesitar el ser humano para la próxima década o mucho más allá. Antes se hablaba del coeficiente intelectual, los famosos ‘CI’ que se vendían en las escuelas con aquellos famosos tests que se realizaban para ver qué carrera podías hacer, y todo eso ha pasado. Ahora estamos en un concepto que es Darwin en el más estricto sentido. ¿Qué capacidad tiene usted para adaptarse a los cambios? Y la velocidad que se tiene para esa adaptación. Y creo que la escuela ahora mismo debe cumplir esa función: educar personas que entiendan en qué contexto van a vivir con una capacidad de adaptación rápida.

La educación tiene algo que es atemporal y me refiero a la educación de  personas. Y se deben educar en función del contexto en el que están.

Volvemos a su nuevo libro ‘Cero grados’ cuyo subtítulo es ‘ La dirección escolar en la era de la inteligencia artificial’. Si miramos un poco a nuestro alrededor lo que observamos es que cada vez existe menos ‘inteligencia natural’

¿Es que sabes lo que pasa? Con muchos términos ocurre a lo largo de la Historia. Hablar de inteligencia parece hacerlo de un término gratuito y en realidad es algo tremendamente complejo. Entonces la inteligencia natural de las personas – vuelvo un poco a la reflexión anterior- ahora mismo está en entender qué es lo que está pasando y de qué manera somos capaces de adaptarnos. Cuando se habla de inteligencia artificial se piensa que una máquina, en el más llano sentido de la explicación, sea capaz de realizar lo mismo que hace un cerebro humano. Esto se está produciendo y  hay que analizar qué está pasando socialmente. Imagina que Google decidiera cobrar 0,50 € por cada consulta que se haga, o que Facebook decida que haya que pagar una cuota de 10 € anuales. Detrás de estas macroempresas, que yo denomino jinetes del apocalipsis, está la inteligencia artificial, que está determinando todos los comportamientos y relaciones sociales. Hablar de inteligencia artificial supone hacerlo de una realidad que los colegios y las direcciones deben de conocer. Yo tengo 54 años recién cumplidos. Mi escenario laboral se va a ir hacia los 70, o seguramente más, por mi manera natural de ser. ¿Cuál va a ser mi estado en el mundo dentro de 20 años tal y como están yendo las cosas? Pues seré una persona, seguramente, robotizada, implementada con nanotecnología en  mi cuerpo, porque entiendo que eso va a ser algo normal. Tengo 7 hijos, una niña de 4 meses, que será ciudadana del siglo XXII. Llegará al 2100. Ellos van a tener que convivir de manera natural con la inteligencia artificial. Entonces, la gran pregunta que yo lanzaría sobre todo a las personas del sector educativo y que se dediquen a la dirección es “ oiga ¿cuál es su proyecto de educación para las próximas generaciones que están en nuestros colegios, en habilidades y valores?”

José Navalpotro / Foto: Paz Cabello

Pues mucho me temo que los docentes están pensando en qué va a pasar en septiembre más que en otra cosa, y creo que con motivos.

Yo siempre he dicho que un director de colegio, que es básicamente a lo que yo me dedico – a la formación de directores-, y en cualquier organización aunque no sea escolar tiene que tener una visión de luz larga y de luz corta. Y la luz corta debe ocuparte un 80% de tu tiempo. El 20%  de luz larga debe servir para planificar ese otro 80%. Esto no se tiene claro. Pienso en otros escenarios, en otras empresas que durante el confinamiento han sabido rehacer muy bien su modelo de negocio y se han adaptado a estos meses y sin embargo en la escuela ha habido gente que lo ha hecho fantásticamente bien pero en general, por lo que yo he podido observar, ha habido muchas dificultades. Y septiembre se presenta como un escenario muy complejo primero por la incertidumbre ¿cómo vamos a estar en septiembre? Esa es la gran pregunta, porque los especialistas médicos hablan de rebrotes y luego, inevitablemente, cuando tú has tenido niños sin escolarización seis meses, desde marzo hasta septiembre, ¿qué efectos emocionales van a tener estas generaciones? ¿Van a quedar influidas estas generaciones por este estado de desarrollo emocional que están viviendo? Creo que este es un planteamiento que cualquier colegio tiene que hacerse. Qué va a pasar no con el aprendizaje, porque éste puede ser recuperable, sino con los aspectos emocionales que no son recuperables y que marcan el camino afectivo de niños que están en pleno proceso de maduración. Es un ejercicio de responsabilidad que los directores hagan un llamamiento a proyectos mucho más actualizados.

Es un ejercicio de responsabilidad que los directores hagan un llamamiento a proyectos mucho más actualizados.

¿Y cuales son los proyectos actualizados de la Fundación Maecenas? Fundación, por cierto, nacida en Córdoba.

Maecenas nace en el año 2011 de la mano del colegio Alauda y su escuela infantil, Los Peques, como una iniciativa para hacer llegar nuestros proyectos al mundo. Fuimos abriendo poco a poco brechas. Hay un momento en que me voy a Washington a vivir y a partir de ahí lanzamos vías de relación con Latinoamérica y España. Creamos un puente siendo Córdoba el centro neurálgico. Fíjate que Córdoba desarrolló el primer congreso de tecnología móvil educativa en 2014 y en el año 2018 hizo el primer congreso de inteligencia artificial educativa. Fue la primera sede para después ir a otras ciudades de España.

Nuestros proyectos están, sobre todo, en tres grandes escenarios: primero, ayudar a las direcciones de los colegios a dibujar proyectos educativos que realmente apunten al futuro.  Segundo, ayudar a la formación del profesorado, porque es el músculo de desarrollo de un colegio. La visión estratégica es de la dirección pero el ejecutor final en el aula, en el día a día, son los profesores. Y creo que hay un problema muy serio de formación avanzada en el profesorado. Y luego, inevitablemente, todo lo que es la relación entre colegios que generen buenas prácticas. Durante estos años nosotros hemos llevado a Córdoba cerca de 200 directores de Latinoamérica y de España para conocer el colegio, su dinámica y la ciudad.

Somos sobre todo una fundación de innovación orientada al desarrollo de la persona y de la tecnología. Por eso el libro se llama ‘Cero grados’, porque propone la necesidad de que las direcciones sepan entender el punto de equilibrio, con la metáfora de ‘cero grados’, entre la tecnología más radical y el humanismo más puro. Es decir, que entiendan que en un extremo está la tecnología liderada por la inteligencia artificial pero que en el otro lado está la persona. Y cuando uno estudia la evolución de la tecnología llegará un momento en el que plantearse dónde va a estar el ser humano cuando en vez de programar a la máquina, sea la máquina la que programe a ésta. ¿Cuál será nuestra función? Un niño de seis años en el 2040 se estará incorporando al mundo laboral ¿Cuál será ese escenario? Y este libro trata sobre ello, sobre los proyectos que como colegio se deben tener, cuestionarse sobre las habilidades que deben tener los alumnos y que van a necesitar para los tipos de trabajo que vengan.

José Navalpotro / Foto: Paz Cabello

Hemos desarrollado una propuesta de proyecto para el aprendizaje basado en las personas. Ahora mismo se habla mucho de metodologías, el aprendizaje cooperativo, o la gamificación – aprender a través del juego- . Un estudio de Deloitte señala que en el año 2025 el 70% de las empresas utilizarán la gamificación para el desarrollo de sus estrategias. Cuando en una escuela enseñas con metodologías gamificadas te estás asegurando que se incorporen al mundo de la empresa sabiendo lo que es la gamificación y por lo tanto estás acelerando esos procesos.

Somos sobre todo una fundación de innovación orientada al desarrollo de la persona y de la tecnología.

¿Y de qué nos sirve aprender mediante gamificación si no conocemos a Aristóteles?

Totalmente de acuerdo. En el colegio Alauda tenemos una asignatura que es ‘Filosofía para niños’. No me ciño a una asignatura de primero de bachillerato y que está a punto de desaparecer. El pensamiento crítico, flexible, la flexibilidad cognitiva que te aporta la Filosofía es algo que deben tener las personas que se educan en un escenario humanista, pero sin dejar de entender, insisto, el que van a vivir en una sociedad tecnológica. En mi perfil me defino como un ‘humanista digital’ porque al final creo que la reflexión socrática tiene que existir junto a la capacidad de entender que vamos atener que trabajar en un entorno de máquinas. Y en ese punto es donde está la escuela del futuro.

Ese futuro también se nos presenta como el de un absoluto control de los ciudadanos debido a la tecnología.

Yo no sé si la tecnología genera un control exagerado. Hay que ser muy radical para entenderlo así. Creo que socialmente sí hay un desconocimiento muy grande de lo que supone darle a un ‘like’ en Facebook o hacer una búsqueda concreta en Google, porque ahí está aportando muchos aspectos personales, como cuando aceptas las famosas ‘cookies’. La privacidad me temo que va a morir. Pero a los chicos de ahora, a las generaciones de hoy, les da igual la privacidad. Sólo tiene que ver la manera en la que se pronuncian en las redes sociales. Generaciones anteriores como pueden ser la tuya y la mía vemos con asombro cómo se pueden poner algunas cosas en público en las redes sociales. Cuando contrato a una persona lo primero que hago es ver sus redes sociales, no su currículum. Miro en su Facebook, Instagram o Linkedin para ver qué comportamientos reales tiene desde el punto de vista social.

José Navalpotro / Foto: Paz Cabello

La privacidad es un tema a cuidar. Como comentaba antes, si tienes una educación bien asentada en lo moral, en lo ético, que sepa balancearse bien en un entorno de inteligencia artificial sería lo ideal. Porque otro tema que preocupa es ¿qué componente ético tendrá la programación de la inteligencia artificial? Eso sale de la escuela. La ‘ética de la programación’ viene desde la escuela, más que desde la familia. Y eso va a generar luego el tipo de sociedad que vamos a tener. Cuando se programe una máquina con un componente ético, esa máquina funcionará así, no va a cambiar su algoritmo. Y de paso se está sentando la base de una sociedad más ordenada y mucho más humana. Los futuros ingenieros tendrán que tener un pensamiento moral.

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