Jueves Santo en tiempos de coronavirus


A continuación les reproducimos el artículo de Salvador Ruiz, director de Cáritas Diocesana de Córdoba

Apostolado Seglar
Salvador Ruiz./Foto: BJ
Salvador Ruiz./Foto: BJ
Salvador Ruiz./Foto: BJ

La grave crisis sanitaria que vivimos provocada por el COVID-19 ciertamente ha hecho que nuestras vidas cambien mucho en muy poco tiempo. Muchos de nosotros estamos confinados en nuestra casa, solos o en familia, aislados de todo lo que sucede fuera, conociendo la realidad a través del servicio público que hacen los medios de comunicación cada día. En esta situación, corremos el riesgo de no darnos cuenta de que hoy, de nuevo, es uno de esos tres jueves del año “que relucen más que el sol”. Es Jueves Santo, el Día del Amor Fraterno.

Es verdad, la situación es dramática. Más de quince mil personas han muerto, la mayoría de ellas en soledad, sin la compañía de sus seres queridos, que tampoco han podido, a su vez, recibir el consuelo de la despedida y el duelo. Nos acercamos a los ciento cincuenta mil personas enfermas, sólo contando a aquellos que han sido oficialmente confirmados en España, pues sabemos que son muchos más los no identificados. Las cifras se multiplican en todo el mundo y aún no sabemos cómo afectará a los países más pobres, donde la pandemia puede resultar un verdadero exterminio. El dolor, la incertidumbre, el miedo…, son sentimientos comunes de una inmensa mayoría de la población. A todo esto, se suma la grave situación de precariedad que sufren muchas familias estos días. Para muchísimos de ellos no es una situación nueva, no nos llamemos a confusión. Antes de esta situación, eran ya muchísimas las personas que vivían en una situación de extrema vulnerabilidad, que formaban parte de la sociedad expulsada. A estas familias, hay que añadir aquellas que estaban al filo de la navaja, que vivían en una situación de precariedad, inseguridad y estancamiento, los que estaban ya en grave riesgo de exclusión y que, en apenas tres semanas, se han visto sin nada. Trabajadores de empleos precarios muchos de ellos que, en un estado de confinamiento, no pueden sobrevivir. Y junto a todos ellos, los que sufren los males morales de la soledad, el sufrimiento, el dolor, la enfermedad o la ancianidad no acompañada. 

Nada invita a celebrar nada si limitamos nuestra mirada a la realidad que nos rodea. Pero, como decíamos antes, hoy es Jueves Santo y el sol que se abre paso entre las nubes nos hace, como cada año, mirar al cielo para buscar y fundamentar nuestra esperanza. Hace apenas unos días, el Papa Francisco, con la sensibilidad que le caracteriza siempre, ante el Crucificado de San Marcelo, antes de la oración por el fin de la pandemia y la Bendición Urbi et Orbi, expresó: “podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida”. 

Cuando leemos o escuchamos estas palabras de Francisco, agolpan nuestra cabeza miles de rostros de médicos, enfermeros y auxiliares y otros trabajadores de decenas de sectores que, de forma muchas veces heroica, se juegan la vida (y muchos se la dejan) atendiendo las necesidades de los demás. Junto con todos ellos, hoy especialmente, debemos tener un recuerdo para los cientos de voluntarios de Cáritas y de otras instituciones de la Iglesia que en estos días han visto multiplicada su actividad, desde la creatividad que sólo proporciona el amor. Ellos son la prueba palpable de que “la caridad no cierra” y que las personas que sufren pobreza y exclusión, especialmente las más vulnerables, son la opción preferente en la que la Iglesia reconoce el rostro sufriente de su Señor. Por eso, además de ser un signo para toda la Iglesia, son un ejemplo para toda esta sociedad, tan necesaria de reforzar sus valores, que con frecuencia olvida. La fe que nace del amor hasta el extremo del Jueves Santo nos asegura que el Señor sabrá recompensar lo que ahora hacen tantas personas por Él, aunque oculto bajo el velo de los sufrientes, los pobres y los excluidos. Esta situación que ahora pasamos, y que seguramente se prolongue en una crisis social sin precedentes, nos debe hacer a todos más fuertes y constantes en la búsqueda de la justicia y del bien común, en estar cercanos y atentos a las necesidades del otro, a no ser indiferentes ante el dolor ajeno y, sobre todo, a no perder la esperanza.

No nos equivoquemos, el verdadero enemigo no es un virus. Después de esta crisis vendrá otra, que puede ser económica, social o nuevamente sanitaria. Vivimos en un mundo finito en el que no faltarán dificultades que escapan de nuestro control. El enemigo a derrotar -y eso sí está en nuestra mano- es la indiferencia, el egoísmo, la desigualdad, la ambición sin límites, la indolencia… Cáritas seguirá haciendo lo que tiene que hacer, como lo ha hecho siempre: estar con los que más sufren, y eso está asegurado gracias al compromiso, dedicación y esfuerzo de sus cientos de voluntarios, técnicos y donantes -también sacerdotes y religiosos- en todas las parroquias y en los servicios generales de Cáritas Diocesana. Ellos son, de verdad, “el ángel de muchos”. Si hoy te cruzas, a través de redes sociales quizá, con alguno de ellos, no olvides dedicarle una sonrisa agradecida que sirva para felicitarle. Hoy es su día. Es Jueves Santo, el día de Cáritas.

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